Poesías cubanas
La Cubana por Gertrudis Gómez de Avellaneda
Naciste en la tierra virgen
que, por el mar abrazada,
bajo del trópico ardiente
aspira del sol la llama.
Naciste en aquellos campos
do la mano soberana
con mil rasgos atrevidos
su inmenso poder señala.
Allá do en bosques eternos,
perenne mansión del aura,
no se albergan crudas fieras,
ni viles sierpes se arrastran;
mas do en la noche tranquila,
turbando la ardiente calma,
responde al tierno sinsonte
la tórtola enamorada.|
Allá do en montes altivos
se ostentan las verdes faldas
oprimidas con el peso
de nunca marchitas galas:
allá do cruzan arroyos
sus cristalinas guirnaldas,
en torno de agrestes ceibas,
de erguidos cedros y palmas;
a cuyos pies -y al abrigo
de sus siempres frescas ramas-
florece el útil cacao,
se mece la dulce caña,
y el cálido café luce
sus pulidas flores blancas,
y sus granos purpurinos,
y sus hojas de esmeraldas.
Allá donde nunca el hielo,
aprisionando las aguas,
de sus líquidos cristales
el blanco murmullo acalla.
Allá donde el cierzo rudo
jamás despliega sus alas,
ni presta la nieve al suelo
aspecto de vejez cana;
más donde -del sol al rayo-
de amor sus hondas entrañas
siente hervir la tierra, y tiembla,
y se sacude agitada.
Dónde huracanes potentes
inmensos campos arrasan,
y a la voz ronca del trueno
se ensordecen las montañas...
Allá naciste, y es fama
que el sol, al verte, detuvo
por un instante su marcha.
Por eso, dicen que vierten
tus ojos su activa llama,
y que es tu tez tan hermosa,
no deslumbrando por alba.
Y si allá nacida fuiste,
por aquel astro animada,
entre huracanes y brisas,
entre ceibas y entre cañas,
¿qué mucho que en ti se vean
combinaciones tan raras
de pasión y de dulzura,
de languidez y pujanza?
¿Qué mucho que en ti asocien
la fortaleza y la gracia;
hechizos muelles del cuerpo;
excelsas dotes del alma?
Y si arrullada dormiste,
en los años de tu infancia,
por el mar y por el trueno,
por sinsontes y por auras,
¿qué mucho que en eco lances
de tu armoniosa garganta
esos cantos que sorprenden
que electrizan y avasallan?
¿Qué mucho que su voz pura,
ya vigorosa, ya blanca,
alcance los varios tonos
de cien pasiones contrarias?
¡Hija del trópico ardiente!
¡Digna imagen de tu patria!
¡Virgen, joven como ella,
como ella fuerte y lozana!
¡En ti la gozan mis ojos,
en ti mi pecho la ama,
en ti la admira mi mente
y en ti mi lira la canta!
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©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
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