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Próceres hispanoamericanos

José Antonio Páez por José Martí, (cont.)

¿Podrá un cubano, a quien estos recuerdos estremecen, olvidar que, cuando tras dieciséis años de pelea, descansaba por fin la lanza de Páez en el Palacio de la Presidencia de Venezuela, a una voz de Bolívar saltó sobre la cuja, dispuesta a cruzar el mar con el batallón de “Junín”, “que va magnífico”, para caer en un puerto cubano, dar libres a los negros y coronar así su gloria de redentores con una hazaña que impidieron la sublevación de Bustamante en el Perú, adonde Junín tuvo que volver a marchas prontas, y la protesta del Gobierno de Washington, que “no deseaba cambio alguno en la condición ni en la posición política de Cuba?” Bolívar sí lo deseaba, que, solicitado por los cubanos de México y ayudado por los mexicanos, quiso a la vez dar empleo feliz al ejército ocioso y sacar de la servidumbre, para seguridad y adelanto de la América, ¡a la isla que parece salir, en nombre de ella, a contar su hermosura y brindar sus asilos al viajero cansado de la mar! Páez sí lo deseaba, que al oír, ya cano y viejo, renovarse la lucha de América en la isla, ¡volvió a pedir su caballo y su lanza! ¡Oh, llanero famoso! tú erraste luego, como yerra el militar que se despoja, por el lauro venenoso del poder civil, de la corona inmarcesible que los pueblos tributan a sus héroes desinteresados; tú creías tener razón para olvidar el juramento que empeñaste al cura; tú te dejaste seducir por el poder, cuyo trabajo complicado exige las virtudes que más se quebrantan en la guerra; ¡pero jamás fuiste cruel, ni derramaste para tu provecho la sangre de los tuyos, ni deprimiste, para mantener un falso engrandecimiento, el carácter de tus conciudadanos! ¡Dondequiera que estés, duerme! ¡Mientras haya americanos, tendrás templos; mientras haya cubanos, tendrás hijos!

José Martí, El Porvenir. Nueva York, 11 de junio de 1890, Tomo 8, La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1975, p. 219.