José Antonio Páez por José Martí, (cont.)
Aquellos honores eran eco del asombro con que los Estados Unidos oyeron contar,
y leyeron en libros y diarios ingleses, las proezas del llanero épico que
con el decoro y hombría de su trato supo más tarde, en su destierro de veinte
años en New York, mantener para el hombre resignado la admiración que despertó
el guerrero. Sus amigos de entonces son hoy magnates de la banca, columnas
de la religión, cabezas de la milicia, candidatos a la Presidencia de la República.
Aún lo recordamos, dicen, cortés y verboso, puntual en sus
citas, muy pulcro en el vestir, lleno de generosidad y de anécdotas, amigo
de las damas y del baile, sin que lo de general y presidente se le viera más
que en algún gesto de imperio de la mano o en alguna centella de los ojos.
¡Aún recuerdan al prócer arrogante que en las noches de invierno les contó
las guerras increíbles de aquellos hombres que cargaban, como Sánchez, un
cañón a cuestas; de aquellas mujeres, que decían a sus esposos, como la de
Olmedilla: prefiero verte revolcar en tu sangre antes que humillado
y prisionero; de aquellos jinetes que amansaban al amanecer al potro
salvaje con que a la tarde iban dando caza, asta contra anca, al enemigo.
Así quisieron sus amigos de antes despedir con majestad al que tantas veces
les apareció con ella. Así honró a aquella lanza insaciable el pueblo que
se opuso, por razones de convenencia, a que coronara su obra.
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
