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Poesías Dispersas-1868-1898
MUERTO
¡Espíritu, a soñar! ¡Soñando, crece
La eternidad en ti, Dios en la altura!
El Cielo y el Infierno
Hermanos son, hermanos en lo eterno:
¡Sobre la Eternidad yo me levante,
En la savia vital mi fuego encienda,
Todo a mi lado resplandezca y cante,
A mis plantas lo ilímite se extienda,
Y cuanto el sol alumbra y cubre el
cielo
Cantares traiga aquí para este duelo!
¿Quién sabe cuándo ha sido?
¿Quién piensa que él ha muerto?
¡Desde que aquel cadáver ha vivido,
El Universo todo está despierto!
Y desde que a la luz de aquella frente
Su seno abrió la madre Galilea,
Cadáver no hay que bajo el sol no aliente
Y eterno vivo en el sepulcro sea.
El cavó las atmósferas dormidas;
El contrajo los miembros fatigados;
En haz de luces concentró las idas
Mieses descoloridas
De los campos del hombre abandonados;
¡Ungiólo en fuego, lo esparció por
tierra,
Durmió sobre él, y redimió la Tierra!
¡Hermano, hermano fuerte!
¡Oh padre, padre altivo,
Que adivinó las vidas de la muerte
Y eternamente resplandece vivo!
¡Oh padre, que se sienta
Donde el sol de los mundos se calienta!
¡Oh sol que no anochece!
¡Ojos de amor que eternamente lloran!
Fuego de paz que eternamente crece;
Brazos que al mundo por el mundo imploran,
Cuando a un mísero golpe de su planta
En polvo hiere el mundo que levanta.
El hombre en que moriste,
La cruz en que te hollaron,
La madre en que gemiste,
Y el sol que con tu muerte iluminaron,
¡Ni hombre, ni cruz, ni sol, ni madre
fueron!
Abandonado al Génesis dormía,
Y el Universo entero se moría,
Y los besos del Génesis surgieron.
Y si de tantas lágrimas lloradas
Algo quedó en la tierra estremecida,
Las de la madre fueron, derramadas
Como en la tumba hundida,
Los postrimeros cantos de la vida.
¡Oh llanto de una madre, nueva aurora
Que al agotado aliento resucita
En que todo el espíritu se llora
Y todo el fuego redentor palpita!
¡Si el Génesis muriera,
Si todo se acabara,
El llanto de una madre vivo fuera,
Y porque el hijo por quien llora viera,
La nada con el hijo fecundara!
¡Oh madre, mi María!
Porque hubieran tus labios de mi boca
El beso postrimer, y la sombría
Existencia fatal que el polvo invoca
No sintiese el horror de tu agonía,
¡Oh, madre! aquí en la Tierra,
En la cárcel imbécil que me encierra,
Devorando mis miembros viviría!
¡Aquél! Fue grande Aquél; pero en la
cima
De la grandeza paternal no hay monte
Que de dolor de pequeñez no gima,
Ni hay rayos en el Sol, ni hay horizonte
Que de besar sus huellas se levante,
Ni mar que no murmure,
Ni labio que no jure,
Ni mundo que no cante.
Hay cantos para ti: canta el mezquino
Ser de la tierra el oro y el palacio,
Y a ti, padre divino,
¡El mundo entona el canto del espacio!
Un leño se cruzó con otro leño;
Un cadáver—Jesús—hundió
la arcilla,
Y al resplandor espléndido de un sueño,
Cayó en tierra del mundo la rodilla.
¡Un siglo acaba, nace otra centuria,
Y el hombre de la cruz canta abrazado,
Y sobre el vil cadáver de la Injuria,
El Universo adora arrodillado!
México, 23 de marzo de 1875
Publicada en la Revista Universal, México, 25 de marzo
de 1875.
o si prefieres,
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
Tel.: 239-455-8407
