Lucía Jerez o Amistad Funesta

Novela por José Martí

Capítulo I (En preparación)

Una frondosa magnolia, podada por el jardinero de la casa con manos demasiado académicas, cubría aquel domingo por la mañana con su sombra a los familiares de la casa de Lucía Jerez. Las grandes flores blancas de la magnolia, plenamente abiertas en sus ramas de hojas delgadas y puntiagudas, no parecían, bajo aquel cielo claro y en el patio de aquella casa amable, las flores del árbol, sino las del día, ¡esas flores inmensas e inmaculadas, que se imaginan cuando se ama mucho! El alma humana tiene una gran necesidad de blancura. Desde que lo blanco se oscurece, la desdicha empieza. La práctica y conciencia de todas las virtudes, la posesión de las mejores cualidades, la arrogancia de los más nobles sacrificios, no bastan a consolar el alma de un solo extravío.

Eran hermosas de ver, en aquel domingo, en el cielo fulgente, la luz azul, y por entre los corredores de columnas de mármol, la magnolia elegante, entre las ramas verdes, las grandes flores blancas y en sus mecedoras de mimbre, adornadas con lazos de cinta, aquellas tres amigas, en sus vestidos de mayo: Adela, delgada y locuaz, con un ramo de rosas Jacqueminot al lado izquierdo de su traje de seda crema; Ana, ya próxima a morir, prendida sobre el corazón enfermo, en su vestido de muselina blanca, una flor azul sujeta con unas hebras de trigo; y Lucía, robusta y profunda, que no llevaba flores en su vestido de seda carmesí, «porque no se conocía aun en los jardines la flor que a ella le gustaba: ¡la flor negra!».

Las amigas cambiaban vivazmente sus impresiones de domingo. Venían de misa; de sonreír en el atrio de la catedral a sus parientes y conocidos; de pasear por las calles limpias, esmaltadas de sol, como flores desatadas sobre una bandeja de plata con dibujos de oro. Sus amigas, desde las ventanas de sus casas grandes y antiguas, las habían saludado al pasar. No había mancebo elegante en la ciudad que no estuviese aquel mediodía por las esquinas de la calle de la Victoria. La ciudad, en esas mañanas de domingo, parece una desposada. En las puertas, abiertas de par en par, como si en ese día no se temiesen enemigos, esperan a los dueños los criados, vestidos de limpio. Las familias, que apenas se han visto en la semana, se reúnen a la salida de la iglesia para ir a saludar a la madre ciega, a la hermana enferma, al padre achacoso. Los viejos ese día se remozan. Los veteranos andan con la cabeza más erguida, muy luciente el chaleco blanco, muy bruñido el puño del bastón. Los empleados parecen magistrados. A los artesanos, con su mejor chaqueta de terciopelo, sus pantalones de dril muy planchado y su sombrerín de castor fino, da gozo verlos. Los indios, en verdad, descalzos y mugrientos, en medio de tanta limpieza y luz, parecen llagas. Pero la procesión lujosa de madres fragantes y niñas galanas continúa, sembrando sonrisas por las aceras de la calle animada; y los pobres indios, que la cruzan a veces, parecen gusanos prendidos a trechos en una guirnalda. En vez de las carretas de comercio o de las arrias de mercaderías, llenan las calles, tirados por caballos altivos, carruajes lucientes. Los carruajes mismos, parece que van contentos, y como de victoria. Los pobres mismos, parecen ricos. Hay una quietud magna y una alegría casta. En las casas todo es algazara. Los nietos ¡qué ir a la puerta, y aturdir al portero, impacientes por lo que la abuela tarda! Los maridos ¡qué celos de la misa, que se les lleva, con sus mujeres queridas, la luz de la mañana! La abuela, ¡cómo viene cargada de chucherías para los nietos, de los juguetes que fue reuniendo en la semana para traerlos a la gente menor hoy domingo, de los mazapanes recién hechos que acaba de comprar en la dulcería francesa, de los caprichos de comer que su hija prefería cuando soltera, qué carruaje el de la abuela, que nunca se vacía! Y en la casa de Lucía Jerez no se sabía si había más flores en la magnolia, o en las almas.

Sobre un costurero abierto, donde Ana al ver entrar a sus amigas puso
sus enseres de coser y los ajuares de niño que regalaba a la Casa de
Expósitos, habían dejado caer Adela y Lucía sus sombreros de paja, con cintas semejantes a sus trajes, revueltas como cervatillos que retozan. en la cabeza de una señorita! Se le puede interrogar, seguro de que responde: ¡de algún elegante caballero, y de más de uno, se sabe que ha robado a hurtadillas una flor de un sombrero, o ha besado sus cintas largamente, con un beso entrañable y religioso! El sombrero de Adela era ligero y un tanto extravagante, como de niña que es capaz de enamorarse de un tenor de ópera: el de Lucía era un sombrero arrogante y
amenazador; se salían por el borde del costurero las cintas carmesíes, enroscadas sobre el sombrero de Adela como una boa sobre una tórtola: del fondo de seda negro, por los reflejos de un rayo de sol que filtraba oscilando por una rama de la magnolia, parecían salir llamas.

Estaban las tres amigas en aquella pura edad en que los caracteres todavía no se definen: ¡ay, en esos mercados es donde suelen los jóvenes generosos, que van en busca de pájaros azules, atar su vida a lindos vasos de carne que a poco tiempo, a los primeros calores fuertes de la vida, enseñan la zorra astuta, la culebra venenosa, el gato frío e impasible que les mora en el alma!

La mecedora de Ana no se movía, tal como apenas en sus labios pálidos la afable sonrisa: se buscaban con los ojos las violetas en su falda, como si siempre debiera estar llena de ellas. Adela no sin esfuerzo se mantenía en su mecedora, que unas veces estaba cerca de Ana, otras de Lucía, y vacía las más. La mecedora de Lucía, más echada hacia adelante que hacia atrás, cambiaba de súbito de posición, como obediente a un gesto enérgico y contenido de su dueña.

--Juan no viene: ¡te digo que Juan no viene!

--¿Por qué, Lucía, si sabes que si no viene te da pena?

--¿Y no te pareció Pedro Real muy arrogante? Mira, mi Ana, dame el secreto que tú tienes para que te quiera todo el mundo: porque ese caballero, es necesario que me quiera.

En un reloj de bronce labrado, embutido en un ancho plato de porcelana de ramos azules, dieron las dos.

--Lo ves, Ana, lo ves; ya Juan no viene--y se levantó Lucía; fue a uno de los jarrones de mármol colocados entre cada dos columnas, de las que de un lado y otro adornaban el sombreado patio; arrancó sin piedad de su tallo lustroso una camelia blanca, y volvió silenciosa a su mecedora, royéndole las hojas con los dientes.

--Juan viene siempre, Lucía.

Asomó en este momento por la verja dorada que dividía el zaguán de la antesala que se abría al patio, un hombre joven, vestido de negro, de quien se despedían con respeto y ternura uno de mayor edad, de ojos benignos y poblada barba, y un caballero entrado en largos años, triste, como quien ha vivido mucho, que retenía con visible placer la mano del joven entre las suyas:

--Juan, ¿por qué nació usted en esta tierra?

--Para honrarla si puedo, don Miguel, tanto como usted la ha honrado.

Fue la emoción visible en el rostro del viejo; y aun no había desaparecido del zaguán, de brazo del de la buena barba, cuando Lucía, demudado el rostro y temblándole en las pestañas las lágrimas, estaba en
pie, erguida con singular firmeza, junto a la verja dorada, y decía, clavando en Juan sus dos ojos imperiosos y negros:

--Juan, ¿por qué no habías venido?

Adela estaba prendiendo en aquel momento en sus cabellos rubios un jazmín del Cabo.

Ana cosía un lazo azul a una gorrita de recién nacido, para la Casa de Expósitos.

--Fui a rogar--respondió Juan sonriendo dulcemente--, que no apremiasen por
la renta de este mes a la señora del Valle.

--¿A la madre de Sol? ¿de Sol del Valle?

Y pensando en la niña de la pobre viuda, que no había salido aun del colegio, donde la tenía por merced la Directora, se entró Lucía, sin volver ni bajar la cabeza, por las habitaciones interiores, en tanto que Juan, que amaba a quien lo amaba, la seguía con los ojos tristemente.

* * * * *

Juan Jerez era noble criatura. Rico por sus padres, vivía sin el encogimiento egoísta que desluce tanto a un hombre joven, mas sin aquella angustiosa abundancia, siempre menor que los gastos y apetitos de sus dueños, con que los ricuelos de poco sentido malgastan en empleos estúpidos, a que llaman placeres, la hacienda de sus mayores. De sí propio, y con asiduo trabajo, se había ido creando una numerosa clientela de abogado, en cuya engañosa profesión, entre nosotros perniciosamente esparcida, le hicieron entrar, más que su voluntad, dada a más activas y generosas labores, los deseos de su padre, que en la defensa de casos limpios de comercio había acrecentado el haber que aportó al matrimonio su esposa. Y así Juan Jerez, a quien la Naturaleza había puesto aquella coraza de luz con que reviste a los amigos de los hombres, vino, por esas preocupaciones legendarias que desfloran y tuercen la vida de las generaciones nuevas en nuestros países, a pasar, entre lances de curia que a veces le hacían sentir ansias y vuelcos, los años más hermosos de una juventud sazonada e impaciente, que veía en las desigualdades de la fortuna, en la miseria de los infelices, en los esfuerzos estériles de una minoría viciada por crear pueblos sanos y fecundos, de soledades tan ricas como desiertas, de poblaciones cuantiosas de indios míseros, objeto más digno que las controversias forenses del esfuerzo y calor de un corazón noble y viril.

Llevaba Juan Jerez en el rostro pálido, la nostalgia de la acción, la luminosa enfermedad de las almas grandes, reducida por los deberes corrientes o las imposiciones del azar a oficios pequeños; y en los ojos llevaba como una desolación, que solo cuando hacía un gran bien, o trabajaba en pro de un gran objeto, se le trocaba, como un rayo de sol que entra en una tumba, en centelleante júbilo. No se le dijera entonces un abogado de estos tiempos, sino uno de aquellos trovadores que sabían tallarse, hartos ya de sus propias canciones, en el mango de su guzla la empuñadura de una espada. El fervor de los cruzados encendía en aquellos breves instantes de heroica dicha su alma buena; y su deleite, que le inundaba de una luz parecida a la de los astros, era solo comparable a la vasta amargura con que reconocía, a poco que en el mundo no encuentran auxilio, sino cuando convienen a algún interés que las vicia, las obras de pureza. Era de la raza selecta de los que no trabajan para el éxito, sino contra él. Nunca, en esos pequeños pueblos nuestros donde los hombres se encorvan tanto, ni a cambio de provechos ni de vanaglorias cedió Juan un ápice de lo que creía sagrado en él, que era su juicio de hombre y su deber de no ponerlo con ligereza o por paga al servicio de ideas o personas injustas; sino que veía Juan su inteligencia como una investidura sacerdotal, que se ha de tener siempre de manera que no noten en ella la más pequeña mácula los feligreses; y se sentía Juan, allá en sus determinaciones de noble mozo, como un sacerdote de todos los hombres, que uno a uno tenía que ir dándoles perpetua cuenta, como si fuesen sus dueños, del buen uso de su investidura.

Y cuando veía que, como entre nosotros sucede con frecuencia, un hombre joven, de palabra llameante y talento privilegiado, alquilaba por la paga o por el puesto aquella insignia divina que Juan creía ver en toda superior inteligencia, volvía los ojos sobre sí como llamas que le quemaban, tal como si viera que el ministro de un culto, por pagarse la bebida o el juego, vendiese las imágenes de sus dioses. Estos soldados mercenarios de la inteligencia lo tachaban por eso de hipócrita, lo que aumentaba la palidez de Juan Jerez, sin arrancar de sus labios una queja. Y otros decían, con más razón aparente--aunque no en el caso de él--, que aquella entereza de carácter no era grandemente meritoria en quien, rico desde la cuna, no había tenido que bregar por abrirse camino, como tantos de nuestros jóvenes pobres, en pueblos donde por viejas tradiciones coloniales se da a los hombres una educación literaria, y aun esta descosida e incompleta, que no halla luego natural empleo en nuestros países despoblados y rudimentarios, exuberantes, sin embargo, en fuerzas vivas, hoy desaprovechadas o trabajadas apenas, cuando para hacer prósperas a nuestras tierras y dignos a nuestros hombres no habría más que educarlos de manera que pudiesen sacar provecho del suelo providísimo en que nacen. A manejar la lengua hablada y escrita les enseñan, como único modo de vivir, en pueblos en que las artes delicadas que nacen del cultivo del idioma no tienen el número suficiente, no ya de consumidores, de apreciadores siquiera, que recompensen, con el precio justo de estos trabajos exquisitos, la labor intelectual de nuestros espíritus privilegiados. De modo que, como con el cultivo de la inteligencia vienen los gustos costosos, tan naturales en los hispanoamericanos como el color sonrosado en las mejillas de una niña quinceña; como en las tierras calientes y floridas, se despierta temprano el amor, que quiere casa, y lo mejor que haya en la ebanistería para amueblarla, y la seda más joyante y la pedrería más rica para que a todos maraville y encele su dueña; como la ciudad, infecunda en nuestros países nuevos, retiene en sus redes suntuosas a los que fuera de ella no saben ganar el pan, ni en ella tienen cómo ganarlo, a pesar de sus talentos, bien así como un pasmoso cincelador de espadas de taza, que sabría poblar éstas de castellanas de larga amazona desmayadas en brazos de guerreros fuertes, y otras sutiles lindezas en plata y en oro, no halla empleo en un villorrio de gente labriega, que vive en paz, o al puñal o a los puños remite el término de sus contiendas; como con nuestras cabezas hispanoamericanas, cargadas de ideas de Europa y Norteamérica, somos en nuestros propios países a manera de frutos sin mercado, cual las excrecencias de la tierra, que le pesan y estorban, y no como su natural florecimiento, sucede que los poseedores de la inteligencia, estéril entre nosotros por su mala dirección, y necesitados para subsistir de hacerla fecunda, la dedican con exceso exclusivo a los combates políticos, cuando más nobles, produciendo así un desequilibrio entre el país escaso y su política sobrada, o, apremiados por las urgencias de la vida, sirven al gobernante fuerte que les paga y corrompe, o trabajan por volcarle cuando, molestado aquel por nuevos menesterosos, les retira la paga abundante de sus funestos servicios. De estas pesadumbres públicas venían hablando el de la barba larga, el anciano de rostro triste, y Juan Jerez, cuando este, ligado desde niño por amores a su prima Lucía, se entró por el zaguán de baldosas de mármol pulido espaciosas y blancas como sus pensamientos.

* * * * *

La bondad es la flor de la fuerza. Aquel Juan brioso, que andaba siempre escondido en las ocasiones de fama y alarde, pero visible apenas se sabía de una prerrogativa de la patria desconocida o del decoro y albedrío de algún hombre hollados; aquel batallador temible y áspero, a quien jamás se atrevieron a llegar, avergonzadas de antemano, las ofertas y seducciones corruptoras a que otros vociferantes de temple venal habían prestado oídos; aquel que llevaba siempre en el rostro pálido y enjuto como el resplandor de una luz alta y desconocida, y en los ojos el centelleo de la hoja de una espada; aquel que no veía desdicha sin que creyese deber suyo remediarla, y se miraba como un delincuente cada vez que no podía poner remedio a una desdicha; aquel amantísimo corazón, que sobre todo desamparo vaciaba su piedad inagotable, y sobre toda humildad, energía o hermosura prodigaba apasionadamente su amor, había cedido, en su vida de libros y abstracciones, a la dulce necesidad, tantas veces funesta, de apretar sobre su corazón una manecita blanca. La de esta o la de aquella le importaban poco; y él, en la mujer, veía más el símbolo de las hermosuras ideadas que un ser real.

Lo que en el mundo corre con nombre de buenas fortunas, y no son, por lo común, de una parte o de otra, más que odiosas vilezas, habían salido, una que otra vez, al camino de aquel joven rico a cuyo rostro venía, de los adentros del alma, la irresistible belleza de un noble espíritu. Pero esas buenas fortunas, que en el primer instante llenan el corazón de los efluvios trastornadores de la primavera, y dan al hombre la autoridad confiada de quien posee y conquista; esos amoríos de ocasión, miel en el borde, hiel en el fondo, que se pagan con la moneda más valiosa y más cara, la de la propia limpieza; esos amores irregulares y sobresaltados, elegante disfraz de bajos apetitos, que se aceptan por desocupación o vanidad, y roen luego la vida, como úlceras, solo lograron en el ánimo de Juan Jerez despertar el asombro de que, so pretexto o nombre de cariño, vivan hombres y mujeres, sin caer muertos de odio a sí mismos, en medio de tan torpes liviandades. Y no cedía a ellas, porque la repulsión que le inspiraba, cualesquiera que fuesen sus gracias, una mujer que cerca de la mesa de trabajo de su esposo o junto a la cuna de su hijo no temblaba de ofrecerlas, era mayor que las penosas satisfacciones que la complicidad con una amante liviana produce a un hombre honrado.

Era la de Juan Jerez una de aquellas almas infelices que solo pueden hacer lo grande y amar lo puro. Poeta genuino, que sacaba de los espectáculos que veía en sí mismo, y de los dolores y sorpresas de su espíritu, unos versos extraños, adoloridos y profundos, que parecían dagas arrancadas de su propio pecho, padecía de esa necesidad de la belleza que como un marchamo ardiente, señala a los escogidos del canto. Aquella razón serena, que los problemas sociales o las pasiones comunes no oscurecían nunca, se le ofuscaba hasta hacerle llegar a la prodigalidad de sí mismo, en virtud de un inmoderado agradecimiento. Había en aquel carácter una extraña y violenta necesidad del martirio, y si por la superioridad de su alma le era difícil hallar compañeros que se la estimaran y animasen, él, necesitado de darse, que en su bien propio para nada se quería, y se veía a sí mismo como una propiedad de los demás que guardaba él en depósito, se daba como un esclavo a cuantos parecían amarle y entender su delicadeza o desear su bien.

* * * * *

Lucía, como una flor que el sol encorva sobre su tallo débil cuando esplende en todo su fuego el mediodía; que como toda naturaleza subyugadora necesitaba ser subyugada; que de un modo confuso e impaciente, y sin aquel orden y humildad que revelan la fuerza verdadera, amaba lo extraordinario y poderoso, y gustaba de los caballos desalados, de los ascensos por la montaña, de las noches de tempestad y de los troncos abatidos; Lucía, que, niña aun, cuando parecía que la sobremesa de personas mayores en los gratos almuerzos de domingo debía fatigarle, olvidaba los juegos de su edad, y el coger las flores del jardín, y el ver andar en parejas por el agua clara de la fuente los pececillos de plata y de oro, y el peinar las plumas blandas de su último sombrero, por escuchar, hundida en su silla, con los ojos brillantes y abiertos, aquellas aladas palabras, grandes como águilas, que Juan reprimía siempre delante de gente extraña o común, pero dejaba salir a caudales de sus labios, como lanzas adornadas de cintas y de flores, apenas se sentía, cual pájaro perseguido en su nido caliente, entre almas buenas que le escuchaban con amor; Lucía, en quien un deseo se clavaba como en los peces se clavan los anzuelos, y de tener que renunciar a algún deseo, quedaba rota y sangrando, como cuando el anzuelo se le retira queda la carne del pez; Lucía que, con su encarnizado pensamiento, había poblado el cielo que miraba, y los florales cuyas hojas gustaba de quebrar, y las paredes de la casa en que lo escribía con lápices de colores, y el pavimento a que con los brazos caídos sobre los de su mecedora solía quedarse mirando largamente; de aquel nombre adorado de Juan Jerez, que en todas partes por donde miraba le resplandecía, porque ella lo fijaba en todas partes con su voluntad y su mirada como los obreros de la fábrica de Eibar, en España, embuten los hilos de plata y de oro sobre la lámina negra del hierro esmerilado; Lucía, que cuando veía entrar a Juan, sentía resonar en su pecho unas como arpas que tuviesen alas, y abrirse en el aire, grandes como soles, unas rosas azules, ribeteadas de negro, y cada vez que lo veía salir, le tendía con desdén la mano fría, colérica de que se fuese, y no podía hablarle, porque se le llenaban de lágrimas los ojos; Lucía, en quien las flores de la edad escondían la lava candente que como las vetas de metales preciosos en las minas le culebreaban en el pecho; Lucía, que padecía de amarle, y le amaba irrevocablemente, y era bella a los ojos de Juan Jerez, puesto que era pura, sintió una noche, una noche de su santo, en que antes de salir para el teatro se abandonaba a sus pensamientos con una mano puesta sobre el mármol del espejo, que Juan Jerez, lisonjeado por aquella magnífica tristeza, daba un beso, largo y blando, en su otra mano. Toda la habitación le pareció a Lucía llena de flores; del cristal del espejo creyó ver salir llamas; cerró los ojos, como se cierran siempre en todo instante de dicha suprema, tal como si la felicidad tuviese también su pudor, y para que no cayese en tierra, los mismos brazos de Juan tuvieron delicadamente que servir de apoyo a aquel cuerpo envuelto en tules blancos, de que en aquella hora de nacimiento parecía brotar luz. Pero Juan aquella noche se acostó triste, y Lucía misma, que amaneció junto a la ventana en su vestido de tules, abrigados los hombros en una aérea nube azul, se sentía, aromada como un vaso de perfumes, pero seria y recelosa....

* * * * *

--Ana mía, Ana mía, aquí está Pedro Real. ¡Míralo qué arrogante!

--Arrodíllate, Adela: arrodíllate ahora mismo--le respondió dulcemente Ana, volviendo a ella su hermosa cabeza de ondulantes cabellos castaños--; mientras que Juan, que venía de hacer paces con Lucía refugiada en la antesala, salía a la verja del zaguán a recibir al amigo de la casa.

Adela se arrodilló, cruzados los brazos sobre las rodillas de Ana; y Ana hizo como que le vendaba los labios con una cinta azul, y le dijo al oído, como quien ciñe un escudo o ampara de un golpe, estas palabras:

--Una niña honesta no deja conocer que le gusta un calavera, hasta que no haya recibido de él tantas muestras de respeto, que nadie pueda dudar que no la solicita para su juguete.

Adela se levantó riendo, y puestos los ojos, entre curiosos y burlones, en el galán caballero, que del brazo de Juan venía hacia ellas, los esperó de pie al lado de Ana, que con su serio continente, nunca duro, parecía querer atenuar en favor de Adela misma, su excesiva viveza. Pedro, aturdido y más amigo de las mariposas que de las tórtolas, saludó a Adela primero.

Ana retuvo un instante en su mano delgada la de Pedro, y con aquellos derechos de señora casada que da a las jóvenes la cercanía de la muerte.

--Aquí--le dijo--, Pedro: aquí toda esta tarde a mi lado--¡Quién sabe si, enfrente de aquella hermosa figura de hombre joven, no le pesaba a la> pobre Ana, a pesar de su alma de sacerdotisa, dejar la vida! ¡Quién sabe si quería solo evitar que la movible Adela, revoloteando en torno de aquella luz de belleza, se lastimase las alas!

Porque aquella Ana era tal que, por donde ella iba, resplandecía. Y aunque brillase el sol, como por encima de la gran magnolia estaba brillando aquella tarde, alrededor de Ana se veía una claridad de estrella. Corrían arroyos dulces por los corazones cuando estaba en presencia de ella. Si cantaba, con una voz que se esparcía por los adentros del alma, como la luz de la mañana por los campos verdes, dejaba en el espíritu una grata intranquilidad, como de quien ha entrevisto, puesto por un momento fuera del mundo, aquellas musicales claridades que solo en las horas de hacer bien, o de tratar a quien lo hace, distingue entre sus propias nieblas el alma. Y cuando hablaba< aquella dulce Ana, purificaba.

Pedro era bueno, y comenzó a alabarle, no el rostro, iluminado ya por aquella luz de muerte que atrae a las almas superiores y aterra a las almas vulgares, sino el ajuar de niño a que estaba poniendo Ana las últimas cintas. Pero ya no era ella sola la que cosía, y armaba lazos, y los probaba en diferentes lados del gorro de recién nacido: Adela súbitamente se había convertido en una gran trabajadora. Ya no saltaba de un lugar a otro, como cuando juntas conversaban hacía un rato ella, Ana y Lucía, sino que había puesto su silla muy junto a la de Ana. Y ella también, iba a estar sentada al lado de Ana toda la tarde. En sus mejillas pálidas, había dos puntos encendidos que ganaban en viveza a las cintas del gorro, y realzaban la mirada impaciente de sus ojos brillantes y atrevidos. Se le desprendía el cabello inquieto, como si quisiese, libre de redes, soltarse en ondas libres por la espalda. En los movimientos nerviosos de su cabeza, dos o tres hojas de la rosa encarnada que llevaba prendida en el peinado, cayeron al suelo. Pedro las veía caer. Adela, locuaz y voluble, ya andaba en la canastilla, ya revolvía en la falda de Ana los adornos del gorro, ya cogía como útil el que acababa de desechar con un mohín de impaciencia, ya sacudía y erguía un momento la ligera cabeza, fina y rebelde, como la de un potro indómito. Sobre las losas de mármol blanco se destacaban, como gotas de sangre, las hojas de rosa.

Se hablaba de aquellas cosas banales de que conversan en estas tertulias de domingo, la gente joven de nuestros países. El tenor, ¡oh el tenor! había estado admirable. Ella se moría por las voces del tenor. Es un papel encantador el de Francisco I. Pero la señora de Ramírez, ¡cómo había tenido el valor de ir vestida con los colores del partido que fusiló a su esposo!, es verdad que se casa con un coronel del partido contrario, que firmó como auditor en el proceso del señor Ramírez. Es muy buen mozo el coronel, es muy buen mozo. Pero la señora Ramírez ha gastado mucho, ya no es tan rica como antes; tuvo a siete bordadoras empleadas un mes en bordarle de oro el vestido de terciopelo negro que llevó a _Rigoletto_, era muy pesado el vestido. ¡Oh! ¿Y Teresa Luz? lindísima, Teresa Luz: bueno, la boca, sí, la boca no es perfecta, los labios son demasiado finos; ¡ah, los ojos! bueno, los ojos son un poco fríos, no calientan, no penetran: pero qué vaguedad tan dulce; hacen pensar en las espumas de la mar. Y, ¡cómo persigue a María Vargas ese caballerete que ha venido de París, con sus versos copiados de François Coppee, y su política de alquiler, que vino, sirviendo a la oposición y ya está poco menos que con el Gobierno! El padre de María Vargas va a ser Ministro y él quiere ser diputado. Elegante sí es. El peinado es ridículo, con la raya en mitad de la cabeza y la frente escondida bajo las ondas. Ni a las mujeres está bien eso de cubrirse la frente, donde está la luz del rostro. Que el cabello la sombree un poco con sus ondas naturales; pero ¿a qué cubrir la frente, espejo donde los amantes se asoman a ver su propia alma, tabla de mármol blanco donde se firman las promesas puras, nido de las manos lastimadas en los afanes de la vida? Cuando se padece mucho, no se desea un beso en los labios sino en la frente. Y ese mismo poetín lo dijo muy bien el otro día en sus versos «A una niña muerta», era algo así como esto: las rosas del alma suben a las mejillas; las estrellas del alma, a la frente. Hay algo de tenebroso y de inquietante en esas frentes cubiertas. No, Adela, no, a usted le está encantadora esa selva de ricitos: así pintaban en los cuadros de antes a los cupidos revoloteando sobre la frente de las diosas. No, Adela, no le hagas caso: esas frentes cubiertas, me dan miedo. Es que ya se piensan unas cosas, que las mujeres se cubren la frente de miedo de que se las vean. Oh, no, Ana: ¿qué han de pensar ustedes más que jazmines y claveles? Pues que no, Pedro: rompa usted las frentes, y verá dentro, en unos tiestitos que parecen bocas abiertas, unas plantas secas, que dan unas florecitas redondas y amarillas. Y Ana iba así ennobleciendo la conversación, porque Dios le había dado el privilegio de las flores: el de perfumar. Adela, silenciosa hacía un momento, alzó la cabeza y mantuvo algún tiempo los ojos fijos delante de sí, viendo como el perfil céltico de Pedro, con su hermosa barba negra, se destacaba, a la luz sana de la tarde, sobre el zócalo de mármol que revestía una de las anchas columnas del corredor de la casa. Bajó la cabeza, y a este movimiento, se desprendió de ella la rosa encarnada, que cayó deshaciéndose a los pies de Pedro.

* * * * *

Juan y Lucía aparecieron por el corredor, ella como arrepentida y sumisa, él como siempre, sereno y bondadoso. Hermosa era la pareja, tal como se venían lentamente acercando al grupo de sus amigas en el patio. Altos los dos, Lucía, más de lo que sentaba a sus años y sexo, Juan, de aquella elevada estatura, realzada por las proporciones de las formas, que en sí misma lleva algo de espíritu, y parece dispuesta por la naturaleza al heroísmo y al triunfo. Y allá, en la penumbra del corredor, como un rayo de luz diese sobre el rostro de Juan, y de su brazo, aunque un poco a su zaga, venía Lucía, en la frente de él, vasta y blanca, parecía que se abría una rosa de plata: y de la de Lucía se veían solo, en la sombra oscura del rostro, sus dos ojos llameantes, como dos amenazas.

--Está Ana imprudente--dijo Juan con su voz de caricia--: ¿cómo no tiene miedo a este aire del crepúsculo?

--¡Pero si es ya el mío natural, Juan querido! Vamos, Pedro: deme el brazo.

--Pero pronto, Pedro, que esta es la hora en que los aromas suben de las flores, y si no la haces presa, se nos escapa.

--¡Este Juan bueno! ¿No es verdad, Juan, que Lucía es una loca? Ya Adela y Pedro me están al lado cuchicheando, de apetito. Vamos, pues, que a esta hora la gente dichosa tiene deseo de tomar el chocolate.

El chocolate fragante les esperaba, servido en una mesa de ónix, en la linda antesala. Era aquel un capricho de domingo. Gustan siempre los jóvenes de lo desordenado e imprevisto. En el comedor, con dos caballeros de edad, discutía las cosas públicas el buen tío de Lucía y Ana, caballero de gorro de seda y pantuflas bordadas. La abuelita de la casa, la madre del señor tío, no salía ya de su alcoba, donde recordaba y rezaba.

* * * * *

La antesala era linda y pequeña, como que se tiene que ser pequeño para ser lindo. De unos tulipanes de cristal trenzado, suspendidos en un ramo del techo por un tubo oculto entre hojas de tulipán simuladas en bronce, caía sobre la mesa de ónix la claridad anaranjada y suave de la lámpara de luz eléctrica incandescente. No había más asientos que pequeñas mecedoras de Viena, de rejilla menuda y madera negra. El pavimento de mosaico de colores tenues que, como el de los atrios de Pompeya, tenía la inscripción «Salve» en el umbral, estaba lleno de banquetas revueltas, como de habitación en que se vive: porque las habitaciones se han de tener lindas, no para enseñarlas, por vanidad, a las visitas, sino para vivir en ellas. Mejora y alivia el contacto constante de lo bello. Todo en la tierra, en estos tiempos negros, tiende a rebajar el alma, todo, libros y cuadros, negocios y afectos, ¡aun en nuestros países azules! Conviene tener siempre delante de los ojos, alrededor, ornando las paredes, animando los rincones donde se refugia la sombra, objetos bellos, que la coloreen y la disipen.

Linda era la antesala, pintado el techo con los bordes de guirnaldas de flores silvestres, las paredes cubiertas, en sus marcos de roble liso dorado, de cuadros de Madrazo y de Nittis, de Fortuny y de Pasini, grabados en Goupil; de dos en dos estaban colgados los cuadros, y entre cada dos grupos de ellos, un estantillo de ébano, lleno de libros, no más ancho que los cuadros, ni más alto ni bajo que el grupo. En la mitad del testero que daba frente a la puerta del corredor, una esbelta columna de mármol negro sustentaba un aéreo busto de la Mignon de Goethe, en mármol blanco, a cuyos pies, en un gran vaso de porcelana de Tokio, de ramazones azules, Ana ponía siempre mazos de jazmines y de lirios. Una vez la traviesa Adela había colgado al cuello de Mignon una guirnalda de claveles encarnados. En este testero no había libros, ni cuadros que no fuesen grabados de episodios de la vida de la triste niña, y distribuidos como un halo en la pared en derredor del busto. Y en las esquinas de la habitación, en caballetes negros, sin ornamentos dorados, ostentaban su rica encuadernación cuatro grandes volúmenes: _El Cuervo_ de Edgar Poe, el Cuervo desgarrador y fatídico, con láminas de Gustavo Doré, que se llevan la mente por los espacios vagos en alas de caballos sin freno: el _Rubaiyat_ el poema persa, el poema del vino moderado y las rosas frescas, con los dibujos apodícticos del norteamericano Elihu Vedder; un rico ejemplar manuscrito, empastado en seda lila, de _Las Noches_, de Alfredo de Musset; y un _Wilhelm Meister_ el libro de Mignon, cuya pasta original, recargada de arabescos insignificantes, había hecho reemplazar Juan, en París, por una de tafilete negro mate embutido con piedras preciosas: topacios tan claros como el alma de la niña, turquesas, azules como sus ojos; no esmeraldas, porque no hubo en aquella vaporosa vida; ópalos, como sus sueños; y un rubí grande y saliente, como su corazón hinchado y roto. En aquel singular regalo a Lucía, gastó Juan sus ganancias de un año. Por los bajos de la pared, y a manera de sillas, había, en trípodes de ébano, pequeños vasos chinos, de colores suaves, con mucho amarillo y escaso rojo. Las paredes, pintadas al óleo, con guirnaldas de flores, eran blancas. Causaba aquella antesala, en cuyo arreglo influyó Juan, una impresión de fe y de luz.

* * * * *

Y allí se sentaron los cinco jóvenes, a gustar en sus tazas de coco el rico chocolate de la casa, que en hacerlo fragante era famosa. No tenía mucho azúcar, ni era espeso. ¡Para gente mayor, el chocolate espeso! Adela, caprichosa, pedía para sí la taza que tuviese más espuma.

--Esta, Adela--le dijo Juan, poniendo ante ella, antes de sentarse, una de las tazas de coco negro, en la que la espuma hervía tornasolada.

--¡Malvado!--le dijo Adela, mientras que todos reían--; ¡me has dado la de la ardilla!

Eran unas tazas, extrañas también, en que Juan, amigo de cosas, patrias, había sabido hacer que el artífice combinara la novedad y el arte. Las tazas eran de esos coquillos negros de óvalo perfecto, que los indígenas realzan con caprichosas labores y leyendas, sumisas éstas como su condición, y aquellas pomposas, atrevidas y extrañas, muy llenas de alas y de serpientes, recuerdos tenaces de un arte original y desconocido que la conquista hundió en la tierra, a botes de lanza. Y estos coquillos negros estaban muy pulidos por dentro, y en todo su exterior trabajados en relieve sutil como encaje. Cada taza descansaba en una trípode de plata, formada por un atributo de algún ave o fiera de América, y las dos asas eran dos preciosas miniaturas, en plata también, del animal simbolizado en la trípode. En tres colas de ardilla se asentaba la taza de Adela, y a su chocolate se asomaban las dos ardillas, como a un mar de nueces. Dos quetzales altivos, dos quetzales de cola de tres plumas, larga la del centro como una flecha verde, se asían a los bordes de la taza de Ana: ¡el quetzal noble, que cuando cae cautivo o ve rota la pluma larga de su cola, muere! Las asas de la taza de Lucía eran dos pumas elásticos y fieros, en la opuesta colocación dedos enemigos que se acechan: descansaba sobre tres garras de puma, el león americano. Dos águilas eran las asas de la de Juan; y la de Pedro, la del buen mozo Pedro, dos monos capuchinos.

* * * * *

Juan quería a Pedro, como los espíritus fuertes quieren a los débiles, y como, a modo de nota de color o de grano de locura, quiere, cual forma suavísima del pecado, la gente que no es ligera a la que lo es.

Los hombres austeros tienen en la compañía momentánea de esos pisaverdes alocados el mismo género de placer que las damas de familia que asisten de tapadillo a un baile de máscaras. Hay cierto espíritu de independencia en el pecado, que lo hace simpático cuando no es excesivo. Pocas son por el mundo las criaturas que, hallándose con las encías provistas de dientes, se deciden a no morder, o reconocen que hay un placer más profundo que el de hincar los dientes, y es no usarlos. Pues, ¿para qué es la dentadura, se dicen los más; sobre todo cuando la tienen buena, sino para lucirla, y triturar los manjares que se lleguen a la boca? Y Pedro era de los que lucían la dentadura.

Incapaz, tal vez, de causar mal en conciencia, el daño estaba en que él no sabía cuando causaba mal, o en que, siendo la satisfacción de un deseo, él no veía en ella mal alguno, sino que toda hermosura, por serlo, le parecía de él, y en su propia belleza, la belleza funesta de un hombre perezoso y adocenado, veía como un título natural, título de león, sobre los bienes de la tierra, y el mayor de ellos, que son sus bellas criaturas. Pedro tenía en los ojos aquel inquieto centelleo que subyuga y convida: en actos y palabras, la insolente firmeza que da la costumbre de la victoria, y en su misma arrogancia tal olvido de que la tenía, que era la mayor perfección y el más temible encanto de ella.

Viajero afortunado; con el caudal ya corto de su madre, por tierras de afuera, perdió en ellas, donde son pecadillos las que a nosotros nos parecen con justicia infamias, aquel delicado concepto de la mujer sin el que, por grandes esfuerzos que haga luego la mente, no le es lícito gozar, puesto que no le es lícito creer en el amor de la más limpia criatura. Todos aquellos placeres que no vienen derechamente y en razón de los afectos legítimos, aunque sean champaña de la vanidad, son acíbar de la memoria. Eso en los más honrados, que en los que no lo son, de tanto andar entre frutas estrujadas, llegan a enviciarse los ojos de manera que no tienen más arte ni placer que los de estrujar frutas. Solo Ana, de cuantas jóvenes había conocido a su vuelta de las malas tierras de afuera, le había inspirado, aun antes de su enfermedad, un respeto que en sus horas de reposo solía trocarse en un pensamiento persistente y blando. Pero Ana se iba al cielo: Ana, que jamás hubiera puesto a aquel turbulento mancebo de señor de su alma apacible, como un palacio de nácar; pero que, por esa fatal perversión que atrae a los espíritus desemejantes, no había visto sin un doloroso interés y una turbación primaveral, aquella rica hermosura de hombre, airosa y firme, puesta por la naturaleza como vestidura a un alma escasa, tal como suelen algunos cantantes transportar a inefables deliquios y etéreas esferas a sus oyentes, con la expresión en notas querellosas y cristalinas, blancas como las palomas o agudas como puñales, de pasiones que sus espíritus burdos son incapaces de entender ni de sentir. ¿Quién no ha visto romper en actos y palabras brutales contra su delicada mujer a un tenor que acababa de cantar, con sobrehumano poder, el «Spirto Gentil» de la _Favorita_? Tal la hermosura sobre las almas escasas.

Y Juan, por aquella seguridad de los caracteres incorruptibles, por aquella benignidad de los espíritus superiores, por aquella afición a lo pintoresco de las imaginaciones poéticas, y por lazos de niño, que no se rompen sin gran dolor del corazón, Juan quería a Pedro.

Hablaban de las últimas modas, de que en París se rehabilita el color verde, de que en París, decía Pedro, nada más se vive.

--Pues yo no--decía Ana--. Cuando Lucía sea ya señora formal, adonde vamos los tres es a Italia y a España: ¿verdad, Juan?

--Verdad, Ana. Adonde la Naturaleza es bella y el arte ha sido perfecto. A Granada, donde el hombre logró lo que no ha logrado en pueblo alguno de la tierra: cincelar en las piedras sus sueños; a Nápoles, donde el alma se siente contenta, como si hubiera llegado a su término. ¿Tú no querrás, Lucía?

--Yo no quiero que tú veas nada, Juan. Yo te haré en ese cuarto la Alhambra, y en este patio Nápoles; y tapiaré las puertas, ¡y así viajaremos!

Rieron todos; pero Adela ya había echado camino de París, quién sabe con qué compañero, los deseos alegres. Ella quería saberlo todo, no de aquella tranquila vida interior y regalada, al calor de la estufa, leyendo libros buenos, después de curiosear discretamente por entre las novedades francesas, y estudiar con empeño tanta riqueza artística como París encierra; sino la vida teatral y nerviosa, la vida de museo que en París generalmente se vive, siempre en pie, siempre cansado, siempre adolorido; la vida de las heroínas de teatro, de las gentes que se enseñan, damas que enloquecen, de los nababs que deslumbran con el pródigo empleo de su fortuna.

Y mientras que Juan, generoso, dando suelta al espíritu impaciente, sacaba ante los ojos de Lucía, para que se le fuese aquietando el carácter, y se preparaba a acompañarle por el viaje de la existencia, las interioridades luminosas de su alma peculiar y excelsa, y decía cosas que, por la nobleza que enseñaban o la felicidad que prometían, hacían asomar lágrimas de ternura y de piedad a los ojos de Ana-Adela y Pedro, en plena Francia, iban y venían, como del brazo, por bosques y bulevares. «La Judic ya no se viste con Worth. La mano de la Judic es la más bonita de París. En las carreras es donde se lucen los mejores vestidos. ¡Qué linda estaría Adela, en el pescante de un coche de carreras, con un vestido de tila muy suave, adornado con pasamanería de plata! ¡Ah, y con un guía como Pedro, que conocía tan bien la ciudad, qué pronto no se estaría al corriente de todo! ¡Allí no se vive con estas trabas de aquí, donde todo es malo! La mujer es aquí una esclava disfrazada: allí es donde es la reina. Eso es París ahora: el reinado de la mujer. Acá, todo es pecado: si se sale, si se entra, si se da el brazo a un amigo, si se lee un libro ameno. ¡Pero esa es una falta de respeto, eso es ir contra las obras de la naturaleza! ¿Porque una flor nace en un vaso de Sevres, se la ha de privar del aire y de la luz? ¿Porque la mujer nace más hermosa que el hombre, se le ha de oprimir el pensamiento, y so pretexto de un recato gazmoño, obligarla a que viva,
escondiendo sus impresiones, como un ladrón esconde su tesoro en una cueva? Es preciso, Adelita, es preciso. Las mujeres más lindas de París son las sudamericanas. ¡Oh, no habría en París otra tan chispeante como ella!».

--Vea, Pedro--interrumpió a este punto Ana, con aquella sonrisa suya que hacía más eficaces sus reproches--, déjeme quieta a Adela. Usted sabe quem yo pinto, ¿verdad?

--Pinta unos cuadritos que parecen música; todos llenos de una luz que sube; con muchos ángeles y serafines. ¿Por qué no nos enseñas el último, Ana mía? Es lindísimo, Pedro, y sumamente extraño.

--¡Adela, Adela!

--De veras que es muy extraño. Es como en una esquina de jardín y el ciclo es claro, muy claro y muy lindo. Un joven... muy buen mozo... vestido con un traje gris muy elegante, se mira las manos asombrado. Acaba de romper un lirio, que ha caído a sus pies, y le han quedado las manos manchadas de sangre.

--¿Qué le parece, Pedro, de mi cuadro?

--Un éxito seguro. Yo conocí en París a un pintor de México, un Manuel Ocaranza, que hacía cosas como esas.

--Entre los caballeros que rompen o manchan lirios quisiera yo que tuviese éxito mi cuadro. ¡Quién pintara de veras, y no hiciera esos borrones míos! Pedro: borrón y todo, en cuanto me ponga mejor, voy a hacer una copia para usted.

--¡Para mí! Juan, ¿por qué no es este el tiempo en que no era mal visto que los caballeros besasen la mano a las damas?

--Para usted, pero a condición de que lo ponga en un lugar tan visible que por todas partes le salte a los ojos. Y ¿por qué estamos hablando ahora de mis obras maestras? ¡Ah! porque usted me le hablaba a Adela
mucho de París. ¡Otro cuadro voy a empezar en cuanto me ponga buena! Sobre una colina voy a pintar un monstruo sentado. Pondré la luna en cenit, para que caiga de lleno sobre el lomo del monstruo, y me permita
simular con líneas de luz en las partes salientes los edificios de París más famosos. Y mientras la luna le acaricia el lomo, y se ve por el contraste del perfil luminoso toda la negrura de su cuerpo, el monstruo,
con cabeza de mujer, estará devorando rosas. Allá por un rincón se verán jóvenes flacas y desmelenadas que huyen, con las túnicas rotas, levantando las manos al cielo.

--Lucía--dijo Juan reprimiendo mal las lágrimas, al oído de su prima, siempre absorta--: ¡y que esta pobre Ana se nos muera!

Pedro no hallaba palabras oportunas, sino aquella confusión y malestar que la gente dada a la frivolidad y el gozo experimenta en la compañía íntima de una de esas criaturas que pasan por la tierra, a manera de
visión, extinguiéndose plácidamente, con la feliz capacidad de adivinar las cosas puras, sobrehumanas, y la hermosa indignación por la batalla de apetitos feroces en que se consume, la tierra.

--De fieras, yo conozco dos clases--decía una vez Ana--: una se viste de pieles, devora animales, y anda sobre garras; otra se viste de trajes elegantes, come animales y almas y anda sobre una sombrilla o un bastón.
No somos más que fieras reformadas.

Aquella Ana, cuando estaba en la intimidad, solía decir de estas cosas singulares. ¿Dónde había sufrido tanto la pobre niña salida apenas del círculo de su casa venturosa, que así había aprendido a conocer y
perdonar? ¿Se vive antes de vivir? ¿O las estrellas, ganosas de hacer un viaje de recreo por la tierra, suelen por algún tiempo alojarse en un cuerpo humano? ¡Ay! por eso duran tan poco los cuerpos en que se alojan
las estrellas.

* * * * *

--¿Conque Ana pinta, y La Revista de Artes está buscando cuadros de autores del país que dar a conocer, y este Juan pecador no ha hecho ya publicar esas maravillas en La Revista?

--Esta Ana nuestra, Pedro, se nos enoja de que la queramos sacar a luz. Ella no quiere que se vean sus cuadros hasta que no los juzgue bastante acabados para resistir la crítica. Pero la verdad es, Ana, que Pedro
Real tiene razón.

--¿Razón, Pedro Real?--dijo Ana con una risa cristalina, de madre generosa--. No, Juan. Es verdad que las cosas de arte que no son absolutamente necesarias, no deben hacerse sino cuando se pueden hacer enteramente bien, y estas cosas que yo hago, que veo vivas y claras en
lo hondo de mi mente, y con tal realidad que me parece que las palpo, me quedan luego en la tela tan contrahechas y duras que creo que mis visiones me van a castigar, y me regañan, y toman mis pinceles de la
caja, y a mí de una oreja, y me llevan delante del cuadro para que vea cómo borran coléricas la mala pintura que hice de ellas. Y luego, ¿qué he de saber yo, sin más dibujo que el que me enseñó el señor Mazuchellí,
ni más colores que estos tan pálidos que saco de mí misma?

Seguía Lucía con ojos inquietos la fisonomía de Juan, profundamente interesado en lo que, en uno de esos momentos de explicación de sí mismos que gustan de tener los que llevan algo en sí y se sienten morir,
iba diciendo Ana. ¡Qué Juan aquel, que la tenía al lado, y pensaba en otra cosa! Ana, sí, Ana era muy buena; pero ¿qué derecho tenía Juan a olvidarse tanto de Lucía, y estando a su lado, poner tanta atención en las rarezas de Ana? Cuando ella estaba a su lado, ella debía ser su
único pensamiento. Y apretaba sus labios; se le encendían de pronto, como de un vuelco de la sangre las mejillas; enrollaba nerviosamente en el dedo índice de la mano izquierda un finísimo pañuelo de batista y encaje. Y lo enrolló tanto y tanto, y lo desenrollaba con tal violencia, que yendo rápidamente de una mano a la otra, el lindo pañuelo parecía una víbora, una de esas víboras blancas que se ven en la costa yucateca.

--Pero no es por eso por lo que no enseño yo a nadie mis cuadritos--siguió Ana--; sino porque cuando los estoy pintando, me alegro o me entristezco como una loca, sin saber por qué: salto de contento, yo que no puedo saltar ya mucho, cuando creo que con un rasgo de pincel le he dado a unos ojos, o a la tórtola viuda que pinté el mes pasado, la expresión que yo quería; y si pinto una desdicha, me parece que es de veras, y me
paso horas enteras mirándola, o me enojo conmigo misma si es de aquellas que yo no puedo remediar, como en esas dos telitas mías que tú conoces, Juan, _La madre sin hijo_ y el hombre que se muere en un sillón, mirando en la chimenea el fuego apagado: _El hombre sin amor_. No se ría, Pedro, de esta colección de extravagancias. Ni diga que estos asuntos son para
personas mayores; las enfermas son como unas viejitas, y tienen derecho a esos atrevimientos.

--Pero, ¿cómo--le dijo Pedro subyugado--, no han de tener sus cuadros todo el encanto y el color de ópalo de su alma?

--¡Oh! ¡oh! a lisonja llaman: vea que ya no es de buen gusto ser lisonjero. La lisonja en la conversación, Pedro, es ya como la Arcadia en la pintura: ¡cosa de principiantes!

--Pero, ¿por qué decías, puso aquí Juan, que no querías exhibir tus cuadros?

--Porque como desde que los imagino hasta que los acabo voy poniendo en ellos tanto de mi alma, al fin ya no llegan a ser telas, sino mi alma misma, y me da vergüenza de que me la vean, y me parece que he pecado con atreverme a asuntos que están mejor para nube que para colores, y como solo yo sé cuánta paloma arrulla, y cuánta violeta se abre, y cuánta estrella lucen lo que pinto; como yo sola siento cómo me duele el
corazón, o se me llena todo el pecho de lágrimas o me laten las sienes, como si me las azotasen alas, cuando estoy pintando; como nadie más que yo sabe que esos pedazos de lienzo, por desdichados que me salgan, son
pedazos de entrañas mías en que he puesto con mi mejor voluntad lo mejor que hay en mí, ¡me da como una soberbia de pensar que si los enseño en público, uno de esos críticos sabios o cabalierines presuntuosos me
diga, por lucir un nombre recién aprendido de pintor extranjero, o una linda frase, que esto que yo hago es de Chaplin o de Lefevre, o a mi cuadrito _Flores vivas_, que he descargado sobre él una escopeta llena de colores! ¿Te acuerdas? ¡como si no supiera yo que cada flor de aquellas es una persona que yo conozco, y no hubiera yo estudiado tres o cuatro personas de un mismo carácter, antes de simbolizar el carácter en
una flor; como si no supiese yo quién es aquella rosa roja, altiva, con sombras negras, que se levanta por sobre todas las demás en su tallo sin hojas, y aquella otra flor azul que mira al cielo como si fuese a
hacerse pájaro y a tender a él las alas, y aquel aguinaldo lindo que trepa humildemente, como un niño castigado, por el tallo de la rosa roja. ¡Malos! ¡escopeta cargada de colores!

--Ana: yo sí que te recogería a ti, con tu raíz, como una flor, y en aquel gran vaso indio que hay en mi mesa de escribir, te tendría perpetuamente, para que nunca se me desconsolase el alma.

--Juan--dijo Lucía, como a la vez conteniéndose y levantándose--: ¿quieres venir a oír el «M'odi tu» que me trajiste el sábado? ¡No lo has oído todavía!

--¡Ah! y a propósito, no saben ustedes--dijo Pedro como poniéndose ya en pie para despedirse--, que la cabeza ideal que ha publicado en su último número _La Revista de Artes_....

--¿Qué cabeza?--preguntó Lucía--¿una que parece de una virgen de Rafael, pero con ojos americanos, con un talle que parece el cáliz de un lirio?

--Esa misma, Lucía: pues no es una cabeza ideal, sino la de una niña que va a salir la semana que viene del colegio, y dicen que es un pasmo de hermosura: es la cabeza de Leonor del Valle.

Se puso en pie Lucía con un movimiento que pareció un salto; y Juan alzó del suelo, para devolvérselo, el pañuelo, roto.

* * * * *

Capítulo II

Como veinte años antes de la historia que vamos narrando, llegaron a la ciudad donde sucedió, un caballero de mediana edad y su esposa, nacidos
ambos en España, de donde, en fuerza de cierta indómita condición del honrado don Manuel del Valle, que le hizo mal mirado de las gentes del poder como cabecilla y vocero de las ideas liberales, decidió al fin salir el señor don Manuel; no tanto porque no le bastase al Sustento su humilde mesa de abogado de provincia, cuanto porque siempre tenía, por moverse o por estarse quedo, al guindilla, como llaman allá al policía, encima; y porque, a consecuencia de querer la libertad limpia y para
buenos fines, se quedó con tan pocos amigos entre los mismos que parecían defenderla, y lo miraban como a un celador enojoso, que esto más le ayudó a determinar, de un golpe de cabeza, venir a «las Repúblicas de América», imaginando, que donde no había reina liviana, no habría gente oprimida, ni aquella trabilla de cortesanos perezosos y aduladores, que a don Manuel le parecían vergüenza rematada de su especie, y, por ser hombre él, como un pecado propio.

Era de no acabar de oírle, y tenerle que rogar que se calmase, cuando con aquel lenguaje pintoresco y desembarazado recordaba, no sin su buena cerrazón de truenos y relámpagos y unas amenazas grandes como torres, los bellacos oficios de tal o de cual marquesa, que auxiliando ligerezas ajenas querían hacer, por lo comunes, menos culpables las propias; o tal historia de un capitán de guardias, que pareció bien en la corte con su ruda belleza de montañés y su cabello abundante y alborotado, y apenas entrevió su buena fortuna tomó prestados unos dineros, con que enrizarse, en lo del peluquero la cabellera, y en lo del sastre vestir de paño bueno, y en lo del calzador comprarse unos botitos, con que estar galán en la hora en que debía ir a palacio, donde al volver el capitán con estas donosuras, pareció tan feo y presumido que en poco estuvo que perdiese algo más que la capitanía. Y de unas jiras, o fiestas de campo, hablaba de tal manera don Manuel, así como de ciertas cenas en la fonda de un francés, que cuando contaba de ellas no podía estar sentado; y daba con el puño sobre la mesa que le andaba cerca, como para acentuar las palabras, y arreciaban los truenos, y abría
cuantas ventanas o puertas hallaba a mano. Se desfiguraba el buen caballero español, de santa ira, la cual, como apenado luego de haberle dado riendas en tierra que al fin no era la suya, venía siempre a parar
en que don Manuel tocase en la guitarra que se había traído cuando el viaje, con una ternura que solía humedecer los ojos suyos y los ajenos, unas serenatas de su propia música, que más que de la rondalla aragonesa que le servía como de arranque y _ritornello_, tenía de desesperada canción de amores de un trovador muerto de ellos por la dama de un duro castellano, en un castillo, allá tras de los mares, que el trovador no había de ver jamás.

En esos días la linda doña Andrea, cuyas largas trenzas de color castaño eran la envidia de cuantas se las conocían, extremaba unas pocas habilidades de cocina, que se trajo de España, adivinando que complacería con ellas más tarde a su marido. Y cuando en el cuarto de
los libros, que en verdad era la sala de la casa, centelleaba don Manuel, sacudiéndose más que echándose sobre uno y otro hombro alternativamente los cabos de la capa que so pretexto de frío se quitaba
raras veces, era fijo que andaba entrando y saliendo por la cocina, con su cuerpo elegante y modesto, la buena señora doña Andrea, poniendo mano en un pisto manchego, o aderezando unas farinetas de Salamanca que a escondidas había pedido a sus parientes en España, o preparando, con más voluntad que arte, un arroz con chorizo, de cuyos primores, que acababan
de calmar las iras del republicano, jamás dijo mal don Manuel del Valle, aun cuando en sus adentros reconociese que algo se había quemado allí, o sufrido accidente mayor: o los chorizos, o el arroz, o entrambos. ¡Fuera de la patria, si piedras negras se reciben de ella, de las piedras negras parece que sale luz de astro!

Era de acero fino don Manuel, y tan honrado, que nunca, por muchos que fueran sus apuros, puso su inteligencia y saber, ni excesivos ni escasos, al servicio de tantos poderosos e intrigantes como andan por el mundo, quienes suelen estar prontos a sacar de agonía a las gentes de talento menesterosas, con tal que éstas se presten a ayudar con sus habilidades el éxito de las tramas con que aquellos promueven y sustentan su fortuna: de tal modo que, si se va a ver, está hoy viviendo la gente con tantas mañas, que es ya hasta de mal gusto ser honrado.

En este diario y en aquel, no bien puso el pie en el país, escribió el señor Valle con mano ejercitada, aunque un tanto febril y descompuesta, sus azotainas contra las monarquías y vilezas que engendra, y sus himnos, encendidos como cantos de batalla, en loor de la libertad, de que «los campos nuevos y los altos montes y los anchos ríos de esta linda América, parecen natural sustento».

Mas a poco de esto, hacía veinticinco años a la fecha de nuestra historia tales cosas iba viendo nuestro señor don Manuel que volvió a tomar la capa, que por inútil había colgado en el rincón más hondo del armario, y cada día se fue callando más, y escribiendo menos, y arrebujándose mejor en ella, hasta que guardó las plumas, y muy apegado ya a la clemente temperatura del país y al dulce trato de sus hijos para pensar en abandonarlo, determinó abrir escuela; si bien no introdujo en el arte de enseñar, por no ser aun este muy sabido tampoco en España, novedad alguna que acomodase mejor a la educación de los hispanoamericanos fáciles y ardientes, que los torpes métodos en uso, ello es que con su Iturzaeta y su Aritmética de Krüger y su Dibujo Lineal, y unas encendidas lecciones de Historia, de que salía bufando y
escapando Felipe Segundo como comido de llamas, el señor Valle sacó una generación de discípulos, un tanto románticos y dados a lo maravilloso, pero que fueron a su tiempo mancebos de honor y enemigos tenaces de los
gobiernos tiránicos. Tanto que hubo vez en que, por cosas como las de poner en su lugar a Felipe Segundo, estuvo a punto el señor don Manuel de ir, con su capa y su cuaderno de Iturzaeta, a dar en manos de los
guindillas americanos «en estas mismísimas Repúblicas de América». A la fecha de nuestra historia, hacía ya unos veinticinco años de esto.

Tan casero era don Manuel, que apenas pasaba año sin que los discípulos tuviesen ocasión de celebrar, cuál con una gallina, cuál con un par de pichones, cuál con un pavo, la presencia de un nuevo ornamento vivo de
la casa.

--Y ¿qué ha sido, don Manuel? ¿Algún Aristogitón que haya de librar a la patria del tirano?

--¡Calle usted, paisano, calle usted; un malakoff más!--Malakoff, llamaban entonces, por la torre famosa en la guerra de Crimea, a lo que en llano se ha llamado siempre miriñaque o crinolina.

Y don Manuel quería mucho a sus hijos, y se prometía vivir cuanto pudiese para ellos; pero le andaba desde hacía algún tiempo por el lado izquierdo del pecho un carcominillo que le molestaba de verdad, como una
cestita de llamas que estuviera allí encendida, de día y de noche, y no se apagase nunca. Y como cuando la cestita le quemaba con más fuerza sentía él un poco paralizado el brazo del corazón, y todo el cuerpo
vibrante como las cuerdas de un violín, y después de eso le venían de pronto unos apetitos de llorar y una necesidad de tenderse por tierra, que le ponían muy triste, aquel buen don Manuel no veía sin susto cómo
le iban naciendo tantos hijos, que en el caso de su muerte habían de ser más un estorbo que una ayuda para «esa pobre Andrea, que es mujer muy señora y bonaza, pero ¡para poco, para poco!».

* * * * *

Cinco hijas llegó a tener don Manuel del Valle, mas antes de ellas le había nacido un hijo, que desde niño empezó a dar señales de ser alma de pro. Tenía gustos raros y bravura desmedida, no tanto para lidiar con sus compañeros, aunque no rehuía la lidia en casos necesarios, como para afrontar situaciones difíciles, que requerían algo más que la fiereza de la sangre o la presteza de los puños. Una vez, con unos cuantos
compañeros suyos, publicó en el colegio un periodiquín manuscrito, y por supuesto revolucionario, contra cierto pedante profesor que prohibía a sus alumnos argumentarles sobre los puntos que les enseñaba; y como un colegial aficionado al lápiz pintase de pavo real a este maestrazo, en una lámina repartida con el periodiquín, y don Manuel, en vista de la queja del pavo real, amenazara en sala plena con expulsar del colegio en consejo de disciplina al autor de la descortesía, aunque fuese su propio hijo, el gentil Manuelillo, digno primogénito del egregio varón, quiso quitar de sus compañeros toda culpa, y echarla entera sobre sí; y
levantándose de su asiento, dijo, con gran perplejidad del pobre don Manuel, y murmullos de admiración de la asamblea:

--Pues, señor Director: yo solo he sido.

Y pasaba las noches en claro, luego que se le extinguía la vela escasa que le daban, leyendo a la luz de la luna. O echaba a caminar, con las _Empresas_ de Saavedra Fajardo bajo el brazo, por las calles umbrosas de la Alameda, y creyéndose a veces nueva encarnación de las grandes figuras de la historia, cuyos gérmenes le parecía sentir en sí, y otras desesperando de hacer cosa que pudiera igualarlo a ellas, rompía a llorar, de desesperación y de ternura. O se iba de noche a la orilla de la mar, a que le salpicasen el rostro las gotas frescas que saltaban del agua salada al reventar contra las rocas.

Leía cuanto libro le caía a la mano. Montaba en cuanto caballo veía a su alcance: y mejor si lo hallaba en pelo; y si había que saltar una cerca mejor. En una noche se aprendía los libros que en todo el año escolar no
podían a veces dominar sus compañeros; y aunque la Historia Natural y la Universal y cuanto añadiese algo útil a su saber y le estimulase el juicio y la verba, eran sus materias preferidas, a pocas ojeadas penetraba el sentido de la más negra lección de Álgebra, tanto que su
maestro, un ingeniero muy mentado y brusco, le ofreció enseñarle, en premio de su aplicación, la manera de calcular lo infinitésimo.

Escribía Manuelillo, en semejanza de lo que estaba en boga entonces, unas letrillas y artículos de costumbres que ya mostraban a un enamorado de la buena lengua; pero a poco se soltó por natural empuje, con vuelos
suyos propios, y empezó a enderezar a los gobernantes que no dirigen honradamente a sus pueblos, unas odas tan a lo pindárico, y recibidas con tal favor entre la gente estudiantesca, que en una revuelta que
tramaron contra el Gobierno unos patricios que andaban muy solos, pues llevaban consigo la buena doctrina, fue hecho preso don Manuelillo, quien en verdad tenía en la sangre el microbio sedicioso; y bien que tuvieron que empeñarse los amigos pudientes de don Manuel para que en gracia de su edad saliese libre el Pindarito, a quien su padre, riñéndole con los labios, en que le temblaban los bigotes, como los árboles cuando va a caer la lluvia, y aprobándole con el corazón, envió a seguir, en lo que cometió grandísimo error, estudios de Derecho en la
Universidad de Salamanca, más desfavorecida que otras de España, y no muy gloriosa ahora, pero donde tenía la angustiada doña Andrea los buenos parientes que le enviaban las farinetas.

Se fue el de las odas en un bergantín que había venido cargado de vinos de Cádiz; y sentadito en la popa del barco, fijaba en la costa de su patria los ojos anegados de tan triste manera, que a pesar del águila nueva que llevaba en el alma, le parecía que iba todo muerto y sin
capacidad de resurrección y que era él como un árbol prendido a aquella costa por las raíces, al que el buque llevaba atado por las ramas pujando mar afuera, de modo que sin raíces se quedaba el árbol, si lograba arrancarlo de la costa la fuerza del buque, y moría: o como el tronco no podía resistir aquella tirantez, se quebraría al fin, y moría también; pero lo que don Manuelillo veía claro, era que moría de todos modos. Lo cual, ¡ay! fue verdad, cuatro años más tarde, cuando de
Salamanca había hallado aquel niño manera de pasar, como ayo en la casa de un conde carlista, a estudiar a Madrid. Se murió de unas fiebres enemigas, que le empezaron con grandes aturdimientos de cabeza, y unas
visiones dolorosas y tenaces que él mismo describía en su cama revuelta, de delirante, con palabras fogosas y desencajadas, que parecían una caja de joyas rotas; y sobre todo, una visión que tenía siempre delante de los ojos, y creía que se le venía encima, y le echaba un aire encendido en la frente, y se iba de mal humor, y se volvía a él de lejos, llamándole con muchos brazos: la visión de una palma en llamas. En su tierra, las llanuras que rodeaban la ciudad estaban cubiertas de palmas.

* * * * *

No murió don Manuel del pesar de que hubiese muerto su hijo, aunque bien pudo ser; sino que dos años antes, y sin que Manuelillo lo supiese, se sentó un día en su sillón, muy envuelto en su capa, y con la guitarra al lado, como si sintiese en el alma unas muy dulces músicas, a la vez que un frescor húmedo y sabroso, que no era el de todos los días, sino mucho más grato. Doña Andrea estaba sentada en una banqueta a sus pies, y, lo
miraba con los ojos secos, y crecidos, y le tenía las manos. Dos hijas lloraban abrazadas en un rincón: la mayor, más valiente, le acariciaba con la mano los cabellos, o lo entretenía con frases zalameras, mientras
le preparaba una bebida; de pronto, desasiéndose bruscamente de las manos de doña Andrea, abrió don Manuel los brazos y los labios como buscando aire; los cerró violentamente alrededor de la cabeza de doña
Andrea, a quien besó en la frente con un beso frenético; se irguió como si quisiera levantarse, con los brazos al cielo; cayó sobre el respaldo del asiento, estremeciéndosele el cuerpo horrendamente, como cuando en tormenta furiosa un barco arrebatado sacude la cadena que lo sujeta al muelle; se le llenó de sangre todo el rostro, como si en lo interior del cuerpo se le hubiese roto el vaso que la guarda y distribuye; y blanco, y sonriendo, con la mano casualmente caída sobre el mango de su guitarra, quedó muerto. Pero nunca se lo quiso decir doña Andrea a Manuelillo, a quien contaban que el padre no escribía porque sufría de
reumatismo en las manos, para que no le entrase el miedo por las angustias de la casa, y quisiese venir a socorrerlas, interrumpiendo antes de tiempo sus estudios. Y era también que doña Andrea conocía que
su pobre hijo había nacido comido de aquellas ansias de redención y evangélica quijotería que le habían enfermado el corazón al padre, y acelerado su muerte, y como en la tierra en que vivían había tanto que
redimir, y tanta cosa cautiva que libertar, y tanto entuerto que poner derecho, veía la buena Madre, con espanto, la hora de que su hijo volviese a su patria, cuya hora, en su pensar, sería la del sacrificio de Manuelillo.

--¡Ay!--decía doña Andrea--, una vez que un amigo, de la casa le hablaba con esperanzas del porvenir del hijo. Él será infeliz, y nos hará aun más infelices sin quererlo. Él quiere mucho a los demás, y muy poco a sí mismo. Él no sabe hacer víctimas, sino serlo. Afortunadamente, aunque de todos modos, por desdicha de doña Andrea, Manuelillo había partido de la tierra antes de volver a ver la suya propia, ¡detrás de la palma encendida!

¿Quién que ve un vaso roto, o un edificio en ruina, o una palma caída, no piensa en las viudas? A don Manuel no le habían bastado las fuerzas, y en tierra extraña esto había sido mucho, más que para ir cubriendo
decorosamente con los productos de su trabajo las necesidades domésticas. Ya el ayudar a Manuelillo a mantenerse en España le había puesto en muy grandes apuros.

Estos tiempos nuestros están desquiciados, y con el derrumbe de las antiguas vallas sociales y las finezas de la educación, ha venido a crearse una nueva y vastísima clase de aristócratas de la inteligencia, con todas las necesidades de parecer y gustos ricos que de ella vienen, sin que haya habido tiempo aun, en lo rápido del vuelco, para que el cambio en la organización y repartimiento de las fortunas corresponda a la brusca alteración en las relaciones sociales, producidas por las
libertades políticas y la vulgarización de los conocimientos. Una hacienda ordenada es el fondo de la felicidad universal. Y búsquese en los pueblos, en las casas, en el amor mismo más acendrado y seguro, la
causa de tantos trastornos y rupturas, que los oscurecen y afean, cuando no son causa del apartamiento, o de la muerte, que es otra forma de él:
la hacienda es el estómago de la felicidad. Maridos, amantes, personas que aun tenéis que vivir y anheláis prosperar: ¡organizad bien vuestra hacienda!

De este desequilibrio, casi universal hoy, padecía la casa de don Manuel, obligado con sus medios de hombre pobre a mantenerse, aunque sin ostentación ni despilfarro, como caballero rico. ¿Ni quién se niega, si
los quiere bien, a que sus hijos brillantes e inteligentes, aprendan esas cosas de arte, el dibujar, el pintar, el tocar piano, que alegran tanto la casa, y elevan, si son bien comprendidas y caen en buena tierra, el carácter de quien las posee, esas cosas de arte que apenas
hace un siglo eran todavía propiedad casi exclusiva de reinas y princesas? ¿Quién que ve a sus pequeñines finos y delicados, en virtud de esa aristocracia del espíritu que en estos tiempos nuevos han sustituido a la aristocracia degenerada de la sangre, no gusta de vestirlos de linda manera, en acuerdo con el propio buen gusto cultivado, que no se contenta con falsificaciones y bellaquerías, y de modo que el vestir complete y revele la distinción del alma de los queridos niños? Uno, padrazo ya, con el corazón estremecido y la frente arrugada, se contenta con un traje negro bien cepillado y sin manchas, con el cual, y una cara honrada, se está bien y se es bien recibido en todas partes; pero, ¡para la mujer, a quien hemos hecho sufrir tanto! ¡para los hijos, que nos vuelven locos y ambiciosos, y nos ponen en el corazón la embriaguez del vino, y en las manos el arma de los conquistadores! ¡para ellos, oh, para ellos, todo nos parece poco!

De manera que, cuando don Manuel murió, solo había en la casa los objetos de su uso y adorno, en que no dejaba de adivinarse más el buen gusto que la holgura, los libros de don Manuel, que miraba la madre como
pensamientos vivos de su esposo, que debían guardarse íntegros a su hijo ausente, y los enseres de la escuela, que un ayudante de don Manuel, que apenas le vio muerto se alzó con la mayor parte de sus discípulos, halló manera de comprar a la viuda, abandonada así por el que en conciencia debió continuar ayudándola, en una suma corta, la mayor, sin embargo, que después de la muerte de don Manuel se vio nunca en aquella pobre
casa. Hacen pensar en las viudas las palmas caídas.

Este o aquel amigo, es verdad, querían saber de vez en cuando qué tal le iba yendo a la pobre señora. ¡Oh! se interesaban mucho por su suerte. Ya ella sabía: en cuanto le ocurriese algo no tenía más que mandar. Para
cualquier cosa, para cualquier cosa estaban a su disposición. Y venían en visita solemne, en día de fiesta, cuando suponían que había gente en la casa; y se iban haciendo muchas cortesías, como si con la ceremonia
de ellas quisiesen hacer olvidar la mayor intimidad que podría obligarlos a prestar un servicio más activo. Da espanto ver cuán sola se queda una casa en que ha entrado la desgracia: da deseos de morir.

¿Qué se haría doña Andrea, con tantas hijas, dos de ellas ya crecidas; con el hijo en España, aunque ya el noble mozo había prohibido, aun suponiendo a su padre vivo, que le enviasen dinero? ¿qué se haría con sus hijas pequeñas, que eran, las tres, por lo modestas y unidas, la gala del colegio; con Leonor, la última flor de sus entrañas, la que las gentes detenían en la calle para mirarla a su placer, asombradas de su hermosura? ¿qué se haría doña Andrea? Así, cortado el tronco, se secan
las ramas del árbol, un tiempo verdes, abandonadas sobre la tierra. ¡Pero los libros de don Manuel no! esos no se tocaban: nada más que a sacudirlos, en la piececita que les destinó en la casa pobrísima que
tomó luego, permitía la señora que entrasen una vez al mes. O cuando, ciertos domingos, las demás niñas iban a casa de alguna conocida a pasar la tarde, doña Andrea se entraba sola en la habitación, con Leonor de la
mano, y allí a la sombra de aquellos tomos, sentada en el sillón en que murió su marido, se abandonaba a conversaciones mentales, que parecían hacerle gran bien, porque salía de ellas en un estado de silenciosa
majestad, y como más clara de rostro y levantada de estatura; de tal modo que las hijas cuando volvían de su visita, conocían siempre, por la mayor blandura en los ademanes, y expresión de dolorosa felicidad de su
rostro, si doña Andrea había estado en el cuarto de los libros. Nunca Leonor parecía fatigada de acompañar a su madre en aquellas entrevistas: sino que, aunque ya para entonces tenía sus diez años, se sentaba en la falda de su madre, apretada en su regazo o abrazada a su cuello, o se echaba a sus pies, reclinando en sus rodillas la cabeza, con cuyos cabellos finos jugaba la viuda, distraída. De vez en cuando, pocas vedes, la cogía doña Andrea en un brusco movimiento en sus brazos, y
besando con locura la cabeza de la niña rompía en amarguísimos sollozos. Leonor, silenciosamente, humedecía en todo este tiempo la mano de su
madre con sus besos.

* * * * *

De España se trajo pocas cosas don Manuel, y doña Andrea menos, que era de familia hidalga y pobre. Y todo, poco a poco, para atender a las necesidades de la casa, fue saliendo de ella: hasta unas perlas
margaritas que había llevado de América a Salamanca un tío, abuelo de doña Andrea, y un aguacate de esmeralda de la misma procedencia, que recibió de sus padres como regalo de matrimonio; hasta unas cucharas y
vasos de plata que se estrenaron cuando se casó la madre de don Manuel, y este solía enseñar con orgullo a sus amigos americanos, para probar en sus horas de desconfianza de la libertad, cuánto más sólidos eran los
tiempos, cosas y artífices de antaño.

Y todas las maravillas de la casa fueron cayendo en manos de inclementes compradores; una escena autógrafa de _El Delincuente Honrado_ de Jovellanos; una colección de monedas romanas y árabes de Zaragoza, de las cuales las árabes estimulaban la fantasía y avivaban las miradas de Manuelillo cada vez que el padre le permitía curiosear en ellas; una carta de doña Juana la Loca, que nunca fue loca, a menos que amar bien no sea locura, y en cuya carta, escrita de manos del secretario Passamonte, se dicen cosas tan dignas y tan tiernas que dejaban enamorados de la reina a los que las leían, y dulcemente conmovidas las
entrañas.

Así se fueron otras dos joyas que don Manuel había estimado mucho, y mostraba con la fruición de un goloso que se complace traviesamente en hacer gustar a sus amigos un plato cuya receta está decidido a no
dejarles conocer jamás: un estudio en madera de la cabeza de San Francisco, de Alonso Cano, y un dibujo de Goya, con lápiz rojo, dulce como una cabeza del mismo Rafael.

Con las cucharas de plata se pagó un mes la casa; la esmeralda dio para tres meses; con las monedas fueron ayudándose medio año. Un desvergonzado compró la cabeza, en un día de angustia, en cinco pesos. Un tanto se auxiliaban con unos cuantos pesos que, muy mal cobrados y muy regañados, ganaban doña Andrea y las hijas mayores enseñando a algunas niñas pequeñas del barrio pobre donde habían ido a refugiarse en su penuria. Pero el dibujo de Goya, ese si se vendió bien. Ese, él solo, produjo tanto como las margaritas y las cucharas de plata, y el aguacate. El dibujo de Goya, única prenda que no se arrepintió doña Andrea de haber vendido, porque le trajo un amigo, lo compró Juan Jerez; Juan Jerez que cuando murió en Madrid Manuelillo, y la madre extremada por los gastos en que la puso una enfermedad grave de su niña Leonor, se halló un día pensando con espanto en que era necesario venderlos, compró los libros a doña Andrea, mas no se los llevó consigo, sino que se los dejó a ella «porque él no tenía donde ponerlos, y cuando los necesitase, ya se los pediría». Muy ruin tiene que ser el mundo, y doña Andrea sabía de sobra que suele ser ruin, para que ese día no hubiese satisfecho su impulso de besar a Juan la mano.

Pero Juan, joven rico y de padres y amistades que no hacían suponer que
buscase esposa en aquella casa desamparada y humilde, comprendió que no
debía ser visita de ella, donde ya eran alegría de los ojos y del
corazón, más por lo honestas que por lo lindas, las dos niñas mayores, y
muy distraído el pensamiento en cosas de la mayor alteza, y muy fino y
generoso, y muy sujeto ya por el agradecimiento del amor que le mostraba
a su prima Lucía, ni visitaba frecuentemente la casa de doña Andrea, ni
hacía alarde de no visitarla, como que le llevó su propio médico cuando
la enfermedad de Leonor, y volvió cuando la venta de los libros, y
cuando sabía alguna aflicción de la señora, que con su influjo, el no
con su dinero que solía escasearle, podía tener remedio.

* * * * *

Lo que, como un lirio de noche en una habitación oscura, tuvo en medio
de todas estas agonías iluminada el alma de doña Andrea, y le aseguró en
su creencia bondadosa en la nobleza de la especie humana, fue que, ya
porque en realidad le apenase la suerte de la viuda, ya porque creyera
que había de parecer mal, siendo como el don Manuel bien querido, y
maestro como ella, que permitieran la salida de sus hijas del colegio
por falta de paga, la directora del Instituto de la Merced, el más
famoso y rico del país, hizo un día, en un hermoso coche, una visita,
que fue muy sonada, a casa de doña Andrea, y allí le dijo
magnánimamente, cosa que enseguida vociferó y celebró mucho la prensa,
que las tres niñas recibirían en su colegio, si ella no lo mandaba de
otro modo, toda su educación, como externas, sin gasto alguno. Aquella
vez sí que doña Andrea, sin los miramientos que en el caso de Juan
habían más tarde de impedírselo, cubrió de besos la mano de la
directora, quien la trató con una hermosa bondad pontificia, y como una
mujer inmaculada trata a una culpable, tras de lo cual se volvió muy
oronda a su colegio, en su arrogante coche.

Es verdad que las niñas no decían a doña Andrea que, aunque no las había
en el colegio más aplicadas que ellas, ni que llevaran los vestiditos
más blancos y bien cuidados, ni que, en la clase y recreo mostrasen
mayor compostura, los vales a fin de semana, y los primeros puestos en
las competencias, y los premios en los exámenes, no eran nunca para
ellas; los regaños, sí. Cuando la niña del ministro había derramado un
tintero, de seguro que no había sido la niña del ministro, ¿cómo había
de ser la hija del ministro? había sido una de las tres niñas del Valle.
La hija de Mr. Floripond, el poderoso banquero, la fea, la huesuda, la
descuidada, la envidiosa Iselda, había escondido, donde no pudiese ser
hallado, su caja de lápices de dibujar: por supuesto, la caja no
aparecía: «¡Allí todas las niñas tenían dinero para comprar sus cajas!
¡las únicas que no tenían dinero allí eran las tres del Valle!» y las
registraban, a las pobrecitas, que se dejaban registrar con la cara
llena de lágrimas, y los brazos en cruz, cuando por fortuna la niña de
otro banquero, menos rico que Mr. Floripond, dijo que había visto a
Iselda poner la caja de lápices en la bolsa de Leonor. Pero tan buenas,
y serviciales fueron, tan apretaditas se sentaban siempre las tres, sin
jugar, o jugando entre sí, en la hora de recreo; con tal mansedumbre
obedecían los mandatos más destemplados e injustos; con tal sumisión,
por el amor de su madre, soportaban aquellos rigores, que las ayudantes
del colegio, solas y desamparadas ellas mismas, comenzaron a tratarlas
con alguna ternura, a encomendarles la copia de las listas de la clase,
a darles a afilar sus lápices, a distinguirlas con esos pequeños favores
de los maestros que ponen tan orondos a los niños, y que las tres hijas
de del Valle recompensaban con una premura en el servirlos y una
modestia y gracia tal, que les ganaba las almas más duras. Esta
bondadosa disposición de las ayudantes subió de punto cuando la
directora, que no tenía hijos, y era aun una muy bella mujer, dio
muestras de aficionarse tan especialmente a Leonor, que algunas tardes
la dejaba a comer a su mesa, enviándola luego a doña Andrea con un
afectuoso recado; y un domingo la sacó a pasear en su carruaje,
complaciéndose visiblemente aquel día en responder con su mejor sonrisa
a todos los saludos.

Porque los que poseen una buena condición, si bien la persiguen
implacablemente en los demás cuando por causa de la posición o edad de
estos, teman que lleguen a ser rivales, se complacen, por el contrario,
por una especie de prolongación de egoísmo y por una fuerza de atracción
que parece incontrastable y de naturaleza divina, en reconocer y
proclamar en otros la condición que ellos mismos poseen, cuando no puede
llegar a estorbarles.

Se aman y admiran a sí propios en los que, fuera ya de este peligro de
rivalidad, tienen las mismas condiciones de ellos. Los miran como una
renovación de sí mismos, como un consuelo de sus facultades que decaen,
como si se viesen aun a sí propios tales como son aquellas criaturas
nuevas, y no como ya van siendo ellos. Y las atraen a sí, y las retienen
a su lado, como si quisiesen fijar, para que no se les escapase, la
condición que ya sienten que los abandona. Hay, además, gran motivo de
orgullo en oír celebrar la especie de mérito por que uno se distingue.

Verdad es que no había tampoco mejor manera de llamar la atención sobre
sí que llevar cerca a Leonor. ¡Qué mirada, que parecía una plegaria!
¡Qué óvalo el del rostro, más perfecto y puro! ¡Qué cutis, que parecía
que daba luz! ¡Qué encanto en toda ella, y qué armonía! De noche doña
Andrea, que como a la menor de sus hijas la tuvo siempre en su lecho, no
bien la veía dormida, la descubría para verla mejor; le apartaba los
cabellos de la frente y se los alzaba por detrás para mirarle el cuello,
le tomaba las manos, como podía tomar dos tórtolas, y se las besaba
cuidadosamente; le acariciaba los pies, y se los cubría a lentos besos.

Alfombra hubiera querido ser doña Andrea, para que su hija no se
lastimase nunca los pies, y para que anduviese sobre ella. Alfombra,
cinta para su cuello, agua, aire, todo lo que ella tocase y necesitase
para vivir, como si no tuviese otras hijas, quería ser para ella doña
Andrea. Solía Leonor despertarse cuando su madre estaba contemplándola
de esta manera; y entreabriendo dichosamente los ojos amantes y
atrayéndola a sí con sus brazos, se dormía otra vez, con la cabeza de su
madre entre ellos; de su madre que apenas dormía.

¡Cómo no padecería la pobre señora cuando la directora del colegio,
estando ya Leonor en sus trece años, la vino a ver, como quien hace un
gran servicio, y en verdad para el porvenir de Leonor lo era, para que
lo permitiese retener a Leonor en el colegio como alumna interna! En el
primer instante, doña Andrea se sintió caer al suelo, y, sin palabras,
se quedó mirando a la directora fijamente, como a una enemiga. De
pensarlo no más, ya le pareció que le habían sacado el corazón del
pecho.

Balbuceó las gracias. La directora entendió que aceptaba.

--Leonor, doña Andrea, está destinada por su hermosura a llamar la
atención de una manera extraordinaria. Es niña todavía, y ya ve usted
cómo anda por la ciudad la fama de su belleza. Usted comprende que a mí
me es más costoso tenerla en el colegio como a interna; pero creo de mi
deber, por cariño a usted y al señor don Manuel, acabar mi obra.

Y la madre parecía que quería adelantar una objeción; y la mujer
hermosa, que en realidad, en fuerza de la plácida beldad de Leonor,
había concebido por ella un tierno afecto, decía precipitadamente estas
buenas razones, que la madre veía lucir delante de sí, como puñales
encendidos.

--Porque usted ve, doña Andrea, que la posición de Leonor en el mundo, va
a ser sumamente delicada. La situación a que están ustedes reducidas las
obliga a vivir apartadas de la sociedad, y en una esfera en que, por su
misma distinción natural y por la educación que está recibiendo, no
puede encontrar marido proporcionado para ella. Acabando de educarse en
mi colegio como interna, se rozará mucho más, en estos tres años, con
las niñas más elegantes y ricas de la ciudad, que se harán sus amigas
íntimas; yo misma iré cuidando especialmente de favorecer aquellas
amistades que le puedan convenir más cuando salga al mundo, y le ayuden
a mantenerse en una esfera a que de otro modo, sin más que su belleza,
en la posición en que ustedes están, no podría llegar nunca. Hermosa e
inteligente como es, y moviéndose en buenos círculos, será mucho más
fácil que inspire el respeto de jóvenes que de otro modo la perseguirían
sin respetarla, y encuentre acaso entre ellos el marido que la haga
venturosa. ¡Me espanta, doña Andrea--dijo la directora que observaba el
efecto de sus palabras en la pobre madre--, me espanta pensar en la
suerte que correría Leonor, tan hermosa como va a ser, en el desamparo
en que tienen ustedes que vivir, sobre todo si llegase usted a faltarle!
Piense usted en que necesitamos protegerla de su misma hermosura.

Y la directora, ya apiadada del gran dolor reflejado en las facciones de
doña Andrea, que no tenía fuerzas para abrir los labios, ya deseosa de
alcanzar con halagos su anhelo, había tomado las manos de doña Andrea, y
se las acariciaba bondadosamente.

Entró Leonor en este instante, y en el punto de verla, fue como si los
torrentes de llanto apretados por la agonía se saliesen al fin de sus
ojos; no dijo palabras, sino inolvidables sollozos; y se lanzó al
encuentro de su hija, y se abrazó con ella estrechísimamente.

--Yo no iré, mamá, yo no iré--le decía Leonor al oído--, sin que lo oyese
la directora; aunque ya Leonor le había dicho a esta que, si quería doña
Andrea, ella quería ir.

A los pocos momentos doña Andrea, pálida, sentada ya junto a Leonor, a
quien tenía de la mano, pudo por fin hablar. ¡Porque era ceder a cuanto
le quedaba de don Manuel, a aquellas noches queridas suyas de silencio,
en que su alma, a solas con su amargura y con su niña, recordaba y
vivía; porque conforme se había ido apartando de todo, en sus hijas, y
en Leonor, como un símbolo de todas ellas, se había refugiado, con la
tenacidad de las almas sencillas que no tienen fuerza más que para amor;
porque dar a Leonor era como dar todas las luces y todas las rosas de la
vida!

Por fin pudo hablar, y con una voz opaca y baja, como de quien habla de
muy lejos, dijo:

--Bueno, señora, bueno. Y Dios le pagará su buena intención. Leonor se
quedará en el colegio.

Y ya hemos visto en los comienzos de esta historia que estaba Leonor a
punto de salir de él.

* * * * *


Capítulo III


¿De qué ha de estar hablando toda la ciudad, sino de Sol del Valle? Era
como la mañana que sigue al día en que se ha revelado un orador
poderoso. Era como el amanecer de un drama nuevo. Era esa conmoción
inevitable que, a pesar de su vulgaridad ingénita, experimentan los
hombres cuando aparece súbitamente ante ellos alguna cualidad suprema.
Después se coligan todos, en silencio primero, abiertamente luego, y dan
sobre lo que admiraron. Se irritan de haber sido sorprendidos. Se
encolerizan sordamente, por ver en otro la condición que no poseen. Y
mientras más inteligencia tengan para comprender su importancia, más la
abominan, y al infeliz que la alberga. Al principio, por no parecer
envidiosos, hacen como que la acatan: y, como que es de fuertes no
temer, ponen un empeño desmedido en alabar al mismo a quien envidian,
pero poco a poco, y sin decirse nada, reunidos por el encono común, van
agrupándose, cuchicheando, haciéndose revelaciones. Se ha exagerado.
Bien mirado, no es lo que se decía. Ya se ha visto eso mismo. Esos ojos
no deben ser suyos. De seguro que se recorta la boca con carmín. La
línea de la espalda no es bastante pura. No, no es bastante pura. Parece
como que hay una verruga en la espalda. No es verruga, es lobanillo. No
es lobanillo, es joroba. Y acaba la gente por tener la joroba en los
ojos, de tal modo que llega de veras a verla en la espalda, ¡porque la
lleva en sí! Ea; eso es fijo: los hombres no perdonan jamás a aquellos a
quienes se han visto obligados a admirar.

Pero allá, en un rincón del pecho, duerme como un portero soñoliento la
necesidad de la grandeza. Es fama que, para dar al champaña su
fragancia, destilan en cada botella, por un procedimiento desconocido,
tres gotas de un licor misterioso. Así la necesidad de la grandeza, como
esas tres gotas exquisitas, está en el fondo del alma. Duerme como si
nunca hubiese de despertar, ¡oh, suele dormir mucho! ¡oh, hay almas en
que el portero no despierta nunca! Tiene el sueño pesado, en cosas de
grandeza, y sobre todo en estos tiempos, el alma humana. Mil
duendecillos, de figuras repugnantes, manos de araña, vientre hinchado,
boca encendida, de doble hilera de dientes, ojos redondos y libidinosos,
giran constantemente alrededor de portero dormido, y le echan en los
oídos jugo de adormideras, y se lo dan a respirar, y se lo untan en las
sienes, y con pinceles muy delicados le humedecen las palmas de las
manos, y se les encuclillan sobre las piernas, y se sientan sobre el
respaldo del sillón, mirando hostilmente a todos lados, para que nadie
se acerque a despertar al portero: ¡mucho suele dormir la grandeza en el
alma humana! Pero cuando despierta, y abre los brazos, al primer
movimiento pone en fuga a la banda de duendecillos de vientre hinchado.
Y el alma entonces se esfuerza en ser noble, avergonzada de tanto tiempo
de no haberlo sido. Solo que los duendecillos están escondidos detrás de
las puertas, y cuando les vuelve a picar el hambre, porque se han jurado
comerse al portero poco a poco, empiezan a dejar escapar otra vez el
aroma de las adormideras, que a manera de cendales espesos va turbando
los ojos y velando la frente del portero vencido; y no ha pasado mucho
tiempo desde que puso a los duendes en fuga, cuando ya vuelven estos en
confusión, se descuelgan de las ventanas, se dejan caer por las hojas de
las puertas, salen de bajo las losas descompuestas del piso, y abriendo
las grandes bocas en una risa que no suena, se le suben agilísimamente
por las piernas y brazos, y uno se le para en un hombro, y otro se le
sienta en un brazo, y todos agitan en alto, con un ruido de rata que
roe, las adormideras. Tal es el sueño del alma humana.

¿De qué ha de estar hablando toda la ciudad, sino de Sol del Valle?

De ella, porque hablan de la fiesta de anoche: de ella, porque la fiesta
alcanzó inesperadamente, a influjo de aquella niña ayer desconocida, una
elevación y entusiasmo que ni los mismos que contribuyeron a ello
volverían a alcanzar jamás. Tal como suelen los astros juntarse en el
cielo, ¡ay! para chocar y deshacerse casi siempre, así, con no mejor
destino, suelen encontrarse en la tierra, como se encontraron anoche, el
genio, y ese otro genio, la hermosura.

* * * * *

De fama singular había venido precedido a la ciudad el pianista húngaro
Keleffy. Rico de nacimiento, y enriquecido aun más por su arte, no
viajaba, como otros, en busca de fortuna. Viajaba porque estaba lleno de
águilas, que le comían el cuerpo, y querían espacio ancho, y se ahogaban
en la prisión de la ciudad. Viajaba porque casó con una mujer a quien
creyó amar, y la halló luego como una copa sorda, en que las armonías de
su alma no encontraban eco, de lo que le vino postración tan grande que
ni fuerzas tenía aquel músico-atleta, para mover las manos sobre el
piano: hasta que lo tomó un amigo leal del brazo, y le dijo «Cúrate», y
lo llevó a un bosque, y lo trajo luego al mar, cuyas músicas se le
entraron por el alma medio muerta, se quedaron en ella, sentadas y con
la cabeza alta, como leones que husmean el desierto, y salieron al fin
de nuevo al mundo en unas fantasías arrebatadas que en el barco que lo
llevaba por los mares improvisaba Keleffy, las que eran tales, que si se
cerraban los ojos cuando se las oía, parecía que se levantaban por el
aire, agrandándose conforme subían, unas estrellas muy radiosas, sobre
un cielo de un negro hondo y temible, y otras veces, como que en las
nubes de colores ligeros iban dibujándose unas como guirnaldas de flores
silvestres, de un azul muy puro, de que colgaban unos cestos de luz:
¿qué es la música sino la compañera y guía del espíritu en su viaje por
los espacios? Los que tienen ojos en el alma, han visto eso que hacían
ver las fantasías que en el mar improvisaba Keleffy: otros hay, que no
ven, por lo que niegan muy orondos que lo que ellos no han visto, otros
lo vean. Es seguro que un topo no ha podido jamás concebir un águila.

Keleffy viajaba por América, porque le habían dicho que en nuestro cielo
del Sur lucen los astros como no lucen en ninguna otra parte del cielo,
y porque le hablaban de unas flores nuestras, grandes como cabeza de
mujer y blancas como la leche, que crecen en los países del Atlántico, y
de unas anchas hojas que se crían en nuestra costa exuberante, y
arrancan de la madre tierra y se tienden voluptuosamente sobre ella,
como los brazos de una divinidad vestida de esmeraldas, que llamasen,
perennemente abiertas, a los que no tienen miedo de amar los misterios y
las diosas.

Y aquel dolor de vivir sin cariño, y sin derecho para inspirarlo ni
aceptarlo, puesto que estaba ligado a una mujer a quien no amaba; aquel
dolor que no dormía, ni tenía paces, ni le quería salir del pecho, y le
tenía la fantasía como apretada por serpientes, lo que daba a todo su
música un aire de combate y tortura que solía privarla del equilibrio y
proporción armoniosa que las obras durables de arte necesitan; aquel
dolor, en un espíritu hermoso que, en la especie de peste amatoria que
está enllagando el mundo en los pueblos antiguos, había salvado, como
una paloma herida, un apego ardentísimo a lo casto; aquel dolor, que a
veces con las manos crispadas se buscaba el triste músico por sobre el
corazón, como para arrancárselo de raíz, aunque se tuviera que arrancar
el corazón con él; aquel dolor no le dejaba punto de reposo, le hacía
parecer a las veces extravagante y huraño, y aunque por la suavidad de
su mirada y el ardor de su discurso se atrajese desde el primer
instante, como un domador de oficio, la voluntad de los que le veían,
poco a poco sentía él que en aquellos afectos iba entrando la sorda
hostilidad con que los espíritus comunes persiguen a los hombres de alma
superior, y aquella especie de miedo, si no de terror, con que los
hombres, famélicos de goces, huyen, como de un apestado, de quien, bajo
la pesadumbre de un infortunio, ni sabe dar alegrías, ni tiene el ánimo
dispuesto a compartirlas.

* * * * *

Ya en la ciudad de nuestro cuento, cuya gente acomodada había ido toda,
y en más de una ocasión, de viaje por Europa, donde apenas había casa
sin piano, y, lo que es mejor, sin quien tocase en él con natural buen
gusto, tenía Keleffy numerosos y ardientes amigos; tanto entre los
músicos sesudos, por el arte exquisito de sus composiciones, como entre
la gente joven y sensible, por la melodiosa tristeza de sus romanzas. De
modo que cuando se supo que Keleffy venía, y no como un artista que se
exhibe sino como un hombre que padece, determinó la sociedad elegante
recibirle con una hermosísima fiesta, que quisieron fuese como la más
bella que se hubiera visto en la ciudad, ya porque del talento de
Keleffy se decían maravillas, ya porque esta buena ciudad de nuestro
cuento no quería ser menos que otras de América, donde el pianista había
sido ruidosamente agasajado.

En la «casa de mármol» dispusieron que se celebrase la gran fiesta: con
un tapiz rojo cubrieron las anchas escaleras; los rincones, ya en las
salas, ya en los patios, los llenaron de palmas; en cada descanso de la
escalera central había un enorme vaso chino lleno de plantas de camelia
en flor; todo un saloncito, el de recibir, fue colgado de seda amarilla;
de higares ocultos por cortinas venía un ruido de fuentes. Cuando se
entraba en el salón, en aquella noche fresca de la primavera, con todos
los balcones abiertos a la noche, con tanta hermosa mujer vestida de
telas ligeras de colores suaves, con tanto abanico de plumas, muy de
moda entonces, moviéndose pausadamente, y con aquel vago rumor de fiesta
que comienza, parecía que se entraba en un enorme cesto de alas. La tapa
del piano, levantado para dar mayor sonoridad a las notas, parecía, como
dominándolas a todas, una gran ala negra.

Keleffy, que discernía la suma de verdadero afecto mezclada en aquella
fiesta de la curiosidad y sentía desde su llegada a América como si
constantemente estuviesen encendidos en su alma dos grandes ojos negros;
Keleffy a quien fue dulce no hallar casa, donde sus últimos dolores,
vaciados en sus romanzas y nocturnos, no hubiesen encontrado manos
tiernas y amigas, que se las devolvían a sus propios oídos como
atenuados y en camino de consuelo, porque «en Europa se toca--decía
Keleffy--, pero aquí se acaricia el piano»; Keleffy, que no notaba
desacuerdo entre el casto modo con que quería él su magnífico arte, y
aquella fiesta discreta y generosa, en que se sentía el concurso como
penetrado de respeto, en la esfera inquieta y deleitosa de lo
extraordinario; Keleffy, aunque de una manera apesarada y melancólica, y
más de quien se aleja que de quien llega, tocó en el piano de madera
negra, que bajo sus manos parecía a veces salterio, flauta a veces, y a
veces órgano, algunas de sus delicadas composiciones, no aquellas en que
se hubiera dicho que el mar subía en montes y caía roto en cristales, o
que braceaba un hombre con un toro, y le hendía el testuz, y le doblaba
las piernas, y lo echaba por tierra, sino aquellas otras flexibles
fantasías que, a tener color, hubieran sido pálidas, y a ser cosas
visibles, hubiesen parecido un paisaje de crepúsculo.

* * * * *

En esto, se oyó en todo el salón un rumor súbito, semejante al que en
días de fiestas nacionales se oye en la muchedumbre de las plazas cuando
rompe en un ramo de estrellas en el aire un fuego de artificio. ¡Ya se
sabía que en el Instituto de la Merced había una niña muy bella! que era
Sol del Valle; ¡pero no se sabía que era tan bella! Y fue al piano;
porque ella era la discípula querida del Instituto y ninguna como ella
entendía aquella plegaria de Keleffy, «¡Oh, madre mía», y la tocó,
trémula al principio, olvidada después en su música y por esto más
bella; y cuando se levantó del piano, el rumor fue de asombro ante la
hermosura de la niña, no ante el talento de la pianista, no común por
otra parte; y Keleffy la miraba, como si con ella se fuese ya una parte
de él; y, al verla andar, la concurrencia aplaudía, como si la música no
hubiera cesado, o como si se sintiese favorecida por la visita de un ser
de esferas superiores, u orgullosa de ser gente humana, cuando había
entre los seres humanos tan grande hermosura.

¿Cómo era? ¡Quién lo supo mejor que Keleffy! La miró, la miró con ojos
desesperados y avarientos. Era como una copa de nácar, en quien nadie
hubiese aun puesto los labios. Tenía esa hermosura de la aurora, que
arroba y ennoblece. Una palma de luz era. Keleffy no la hablaba, sino la
veía. La niña, cuando se sentó al lado de la directora, casi rompió en
lágrimas. La revelación, la primera sensación del propio poder, lisonjea
y asusta. Se tuvo miedo la niña, y aunque muy contenta de sí, halagada
por aquel rumor como si le rozasen la frente con muy blandas plumas, se
sintió sola y en riesgo, y buscó con los ojos, en una mirada de angustia
a doña Andrea, ¡ay! a doña Andrea que, conforme iban pasando los años,
se hundía en sí misma, para ver mejor a don Manuel, de tal manera que
ya, si sonreía siempre, apenas hablaba. Se conversaba apresuradamente.
Todos los ojos estaban sobre ella. ¿Quién es? ¿Quién es? Las mujeres no
la celebraban, se erguían en sus asientos para verla; movían rápidamente
el abanico, cuchicheaban a su sombra con su compañera; se volvían a
mirarla otra vez. Los hombres, sentían en sí como una rienda rota; y
algunos, como un ala. Hablaban con desusada animación. Se juntaban en
corrillos. La median con los ojos. Ya la veían de su brazo ostentándola
en el salón, y le estrechaban el talle en el baile ardiente y atrevido;
ya meditaban la frase encomiástica con que habían de deslumbrar al ser
presentados a ella. «¿Conque esa es Sol del Valle?». «¿En qué casas
visita?». «¿Va a casa de Lucía Jerez?». «Juan Jerez es amigo de la
señora». «Allí está Juan Jerez; que nos presente». «Yo soy amigo de la
directora: vamos». «¿Quién nos presentará a ella?». ¡Pobre niña! Su
alcoba no la vio nunca como la dejaron aquellos curiosos. No es para la
mayor parte de los hombres una obra santa, y una copa de espíritu la
hermosura; sino una manzana apetitosa. Si hubiera un lente que
permitiese a las mujeres ver, tales como les pasean por el cráneo los
pensamientos de los hombres, y lo que les anda en el corazón, los
querrían mucho menos.

Pero no era un hombre, no, el que con más insistencia, y un cierto
encono mezclado ya de amor, miraba a Sol del Valle, y con dificultad
contenía el llanto que se le venía a mares a los ojos, abiertos, en los
que se movían los párpados apenas. La conocía en aquel momento, y ya la
amaba y la odiaba. La quería como a una hermana; ¡qué misterios de estas
naturalezas bravías e iracundas! y la odiaba con un aborrecimiento
irresistible y trágico. Y cuando un caballero apuesto y cortés, que
saludaba mucha gente a su paso, se acercó, por lo mismo que vivía en
esfera social más alta, más que a saludar, a proteger a Sol del Valle,
cuando Juan Jerez llegó al fin al lado de la niña, y Lucía Jerez, que
era quien de aquella manera la miraba, los vio juntos, cerró los ojos,
inclinó la cabeza sobre el hombro como quien se muere; se le puso todo
el rostro amarillo; y solo al cabo de algún tiempo, al influjo del aire
que agitaban sus compañeras con los abanicos, volvió a abrir los ojos,
que parecían turbios, como si hubiera cruzado por su pensamiento un ave
negra.

Y Keleffy en aquellos instantes tenía subyugada y muda a la
concurrencia. Allí sus esperanzas puras de otros tiempos; sus agonías de
esposo triste; el desorden de una mente que se escapa; el mar sereno
luego; la flora toda americana, ardiente y rica; el encogimiento sombrío
del alma infeliz ante la naturaleza hermosa; una como invasión de luz
que encendiese la atmósfera, y penetrase por los rincones más negros de
la tierra, y a través de las ondas de la mar, a sus cuevas de azul y
corales; una como águila herida, con una llaga en el pecho que parecía
una rosa, huyendo, a grandes golpes de ala, cielo arriba, con gritos
desesperados y estridentes. Así, como un espíritu que se despide, tocó
Keleffy el piano. Jamás pudo tanto, ni nadie le oyó así segunda vez.
Para Sol era aquella fantasía; para Sol, a quien ni volvería a ver
nunca, ni dejaría de ver jamás. Solo los que persiguen en vano la
pureza, saben lo que regocija y exalta el hallarla. Solo los que mueren
de amor a la hermosura entienden cómo, sin vil pensamiento, ya a punto
de decir adiós para siempre a la ciudad amiga, tocó aquella noche en el
piano Keleffy. Pero tocó de tal manera que, aun para la gente inculta,
es todavía aquel un momento inolvidable. «Nos llevaba como un
triunfador», decía un cronista al día siguiente, «sujetos a su carro.
¿Adónde íbamos? nadie lo sabía. Ya era un rayo que daba sobre un monte,
como el acero de un gigante sobre el castillo donde supone a su dama
encantada; ya un león con alas, que iba de nube en nube; ya un sol
virgen que de un bosque temido, como de un nido de serpientes, se
levanta; ya un recodo de selva nunca vista, donde los árboles no tenían
hojas, sino flores; ya un pino colosal que, con estruendo de gemidos, se
quebraba; era una grande alma que se abría. Mucho se había hecho admirar
el apasionado húngaro en el comienzo de la fiesta; mas, aquella
arrebatadora fantasía, aquel desborde de notas; ora plañideras, ora
terribles, que parecían la historia de una vida, aquella, que fue su
última pieza de la noche, porque nadie después de ella osó pedirle más,
vino tan inmediatamente después de la aparición de la señorita Sol del
Valle, orgullo desde hoy de la ciudad que todos reconocimos en la
improvisación maravillosa del pianista el influjo que en él, como en
cuantos anoche la vieron, con su vestido blanco y su aureola de
inocencia, ejerció la pasmosa hermosura de la niña. Nace bien esta
beldad extraordinaria, con el genio a sus plantas».

* * * * *

Dos amigas están sentadas a la sombra de la magnolia, nuestra antigua
conocida. En un sillón está sentada Lucía. Otras sillas de mimbre
esperan a sus dueñas, que andan preparando dulces por los adentros de la
casa, o con Ana, que no está bien hoy. Está muy pálida. No se espera
gente de afuera aquella tarde; Juan Jerez no está en la ciudad: fue el
viernes a defender en el tribunal de un pueblo vecino los derechos de
unos indios a sus tierras, y aun no ha vuelto. Lucía hubiera estado más
triste, si no hubiera tenido a su amiga a su lado. Juan no puede venir.
Ferrocarril no hay hoy. A caballo, es muy lejos. A los pies de Lucía, en
una banqueta, con los brazos cruzados sobre las rodillas de la niña,
¿quién es la que está sentada, y la mira con largas miradas, que se
entran por el alma como reinas hermosas que van a buscar en ella su
aposento, y a quedarse en ella; y la deja jugar con su cabeza, cuya
cabellera castaña destrenza y revuelve, y alisa luego hacia arriba con
mucho cuidado, de modo que se le vea el noble cuello? A los pies de
Lucía está Sol del Valle.

* * * * *

Desde la noche de la fiesta de Keleffy, Lucía y Sol se han visto muchas
veces. ¿De conocerla, cómo había de librarse, en estas ciudades nuestras
en que todo el mundo se conoce? Aquella misma noche, y no fue Juan por
cierto, Lucía, muy adulada por la directora del Instituto de la Merced,
de donde había salido tres años antes, se vio en brazos de Sol, que la
miraba llena de esperanza y ternura. Se levantó la directora y llevó a
Sol de la mano a donde Lucía estaba, taciturna. Las vio venir, y se echó
atrás.

--¡Vienen a mí, a mí!--se dijo.

--Lucía, aquí te traigo una amiga, para que te la pongas en el corazón, y
me la cuides como cosa de tu casa. En tus manos la puedo dejar: tú no
eres envidiosa.

Y a Sol se le encendía el rostro, sin saber qué decir, y a Lucía se le
desvanecía el color, buscando en balde fuerzas con que mover la mano y
abrir los labios en una sonrisa.

--Pero esto no ha de ser así, no.

Y la directora puso el brazo de Sol en el de Lucía, y acompañadas de
miradas celosas, se refugió por algunos momentos con ellas en un balcón,
cuya baranda de granito estaba oculta bajo una enredadera florecida de
rosas salomónicas. El balcón era grande y solemne; la noche, ya muy
entrada, y el cielo, cariñoso y locuaz, como se pone en nuestros países
cuando el aire está claro, y parece como que platican y se hacen visitas
las estrellas.

--Y ante todo, Lucía y Sol, dense un beso.

--Mira, Lucía--dijo la directora juntando en sus manos las de las los
niñas y hablando como si no estuviese Sol con ellas, quien se sentía las
mejillas ardientes, y el pecho apretado con lo que la maestra iba
diciendo, tanto, que por un instante vio el cielo todo negro, y como que
desde su casita la estaba llamando doña Andrea--. Mira, Lucía, tú sabes
cómo entra en la vida Sol del Valle, como lo sabe todo el mundo. Su
padre se ha muerto. Su madre está en la mayor pobreza. Yo, que la quiero
como a una hija, he procurado educarla para que se salve del peligro de
ser hermosa siendo tan pobre.

Sintió Lucía en aquel instante como si la mano de Sol le temblase en la
suya, y hubiese hecho un movimiento por retirarla y ponerse en pie.

--Señora....

--No, no, Lucía. La que va a ser mujer de Juan Jerez....

La sombra de una de las cortinas de la enredadera, que flotaba al
influjo del aire, escondió en este instante el rostro de Sol.

--... merece que yo ponga en sus manos, para que me la enseñe al mundo a
su lado y me la proteja, la joya de la casa con que ha sido Juan Jerez
tan bueno.

Aquí la cortina flotante de la enredadera cubrió con su sombra el rostro
de Lucía.

--Juan....

--Juan ha sido muy bueno--dijo como con cierta prisa voluntaria la
directora--. Él apenas conoce a Sol, porque ha ido muy poco a casa de
doña Andrea; pero como es tan generoso, se alegrará de que tú ampares a
esta niña, con el respeto de tu casa, de los que, porque la verán
desvalida....

Más blanco que su vestido pudo verse en este momento, el rostro de Sol.

--... querrán faltarle al respeto. Ya Sol ha acabado su colegio; pero
para que mi obra no quede incompleta, voy a dejarla en él como
profesora, y así ayudará a su madre a llevar los gastos de la casa, y le
hemos tomado ya a doña Andrea una casita mejor, cerca del Instituto. Yo
espero--añadió la señora gravemente, y como si las estrellas no
estuviesen brillando en el cielo--, que Sol será una buena maestra. Yo,
Lucía, no podré llevarla a todas partes, porque ya he dejado de ser
joven, y los cuidados del colegio me lo impiden; pero quiero que tú
hagas mis veces, y ya lo sabes--dijo con una ligera emoción en la voz
dando un beso en la mejilla de Lucía--, cuídamela. Que sientan que el que
no pueda llegar hasta ti, no puede llegar hasta ella. Cuando haya una
fiesta, llévala. Ella se vestirá siempre linda, porque yo la he enseñado
a hacérselo todo y es maestra en coser. Convídala a tu casa, para que
nadie tenga reparo en convidarla a la suya: que el que entra en tu casa
puede entrar en todas partes. Sol es tan bonita como agradecida.

--Sí, sí, señora--interrumpió Lucía que en sus mejillas propias estaba
sintiendo la palidez de las de Sol--. Yo la llevaré conmigo. Yo sí, yo
sí, ahora mismo la presentaré a todas mis amigas. Iremos juntas la
Semana Santa. No me digas que no, Sol. Iremos al teatro siempre juntas.

Y el cariño le iba creciendo con las palabras, que decía
amontonadamente, como si tuviese prisa por olvidarse de algo, o quisiese
vengarse de sí misma.

--Bueno, vamos entonces, que yo veo que la gente curiosea porque estamos
cuchicheando tanto tiempo. Vamos.

Sol no hablaba. Lucía, como que quería defenderla de la directora, que
entraba ya en el salón con su paso pomposo.

--Enseguida, señora, enseguida. Entre usted y detrás vamos nosotras. Voy
a coger dos rosas de esta enredadera: esta para Sol--y se la prendió con
mucha ternura, mirándola amorosamente en los ojos--; esta, que es la
menos bonita, para mí.

--¡Oh, usted es tan buena!

--¿Usted? No, Sol, yo soy tu hermana. No hagas caso de lo que dice la
directora. Yo te querré siempre como una hermana--y abrió los brazos, y
apretó en ellos a Sol, a la que llevaba sin miedo, prestísimamente.

--¡Oh!--dijo Sol de pronto ahogando un grito. Y se llevó la mano al seno,
y la sacó con la punta de los dedos roja. Era que al abrazarla Lucía, se
le clavó en el seno una espina de la rosa.

Con su propio pañuelo secó Lucía la sangre, y de brazo las dos entraron
en la sala. Lucía también estaba hermosa.

* * * * *

--¿Cómo entenderte, Lucía?--decía Juan a su prima unos quince días después
de la noche de la fiesta, con una intención severa en las palabras que
él con Lucía nunca había usado--. Desde hace unos quince días, espera,
creo que me acuerdo, desde la noche de Keleffy, te encuentro tan
injusta, que a veces, creo que no me quieres.

--¡Juan! ¡Juan!

--Bueno, Lucía: tú sí me quieres. Pero ¿qué te hago yo que explique esas
durezas tuyas de carácter, para mí que vengo a ti como viene el sediento
a un vaso de ternuras? Más cariño no puedes desear. Pensar, yo sí pienso
en todo lo más difícil y atrevido; pero querer, Lucía, yo no quiero más
que a ti. Yo he vivido poco; pero tengo miedo de vivir y sé lo que es,
porque veo a los vivos. Me parece que todos están manchados, y en cuanto
alcanzan a ver un hombre puro empiezan a correrle detrás para llenarle
la túnica de manchas. La verdad es que yo, que quiero mucho a los
hombres, vivo huyendo de ellos. Siento a veces una melancolía dolorosa.
¿Qué me falta? La fortuna me ha tratado bien. Mis padres me viven. Me es
permitido ser bueno. Y además, te tengo--le dijo tomándola, cariñosamente
de la mano que Lucía le abandonó como apenada y absorta.

--Te tengo, y de ti me vienen, y en ti busco, las fuerzas frescas que
necesito para que el corazón no se me espante y debilite. Cada vez que
me asomo a los hombres, me echo atrás como si viera un abismo; pero de
cada vez que vengo a verte, saco un brío para batallar y un poder de
perdón que hacen que nada me parezca difícil para que yo lo acometa. No
te rías, Lucía; pero es la verdad. ¿Tú has leído unos versos de
Longfellow que se llaman «Excelsior»? Un joven, en una tempestad de
nieve, sube por un puerto pobre, montaña arriba, con una bandera en la
mano que dice: «Excelsior». No te sonrías: yo sé que sabes tú latín:
«¡Más alto!». Un anciano le dice que no vaya adelante, que el torrente
ruge abajo y la tempestad ¡se viene encima: «¡Más alto!». Una joven
linda, ¡no tan linda como tú!, le dice: «Descansa la cabeza fatigada en
mi seno». Y al joven se le humedecen los ojos azules, pero aparta de sí
a la enamorada y le dice: «¡Más alto!».

--¡Ah no! pero tú no me apartarás a mí de ti. Yo te quito la bandera de
las manos. Tú te quedas conmigo. ¡Yo soy lo más alto!

--No, Lucía: los dos juntos llevaremos la bandera. Yo te tomo para todo
el viaje. Mira que, como soy bueno, no voy a ser feliz. ¡No te me
canses!--y le besó la mano.

Lucía le acariciaba con los ojos la cabeza.

--Y el joven al fin siguió adelante: y los monjes lo hallaron muerto al
día siguiente, medio sepultado en la nieve; pero con la mano asida a la
bandera, que decía: «¡Más alto!». Pues bien, Lucía: cuando no te me
pones majadera, cuando no me haces lo que ayer, que me miraste de frente
como con odio y te burlaste de mí y de mi bondad, y sin saberlo llegaste
hasta dudar de mi honradez, cuando no te me vuelves loca como ayer, me
parece cuando salgo de aquí, que me brilla en las manos la bandera. Y
veo a todo el mundo pequeño, y a mí como un gigante dichoso. Y siento
mayor necesidad, una vehemente necesidad de amar y perdonar a todo el
mundo. En la mujer, Lucía, como que es la hermosura mayor que se conoce,
creemos los poetas hallar como un perfume natural todas las excelencias
del espíritu; por eso los poetas se apegan con tal ardor a las mujeres a
quienes aman, sobre todo a la primera a quien quieren de veras, que no
es casi nunca la primera a quien han creído querer, por eso cuando creen
que algún acto pueril o inconsiderado las desfigura, o imaginan ellos
alguna frivolidad o impureza, se ponen fuera de sí, y sienten unos
dolores mortales, y tratan a su amante con la indignación con que se
trata a los ladrones y a los traidores, porque como en su mente las
hicieran depositarias de todas las grandezas y claridades que apetecen,
cuando creen ver que no las tienen, les parece que han estado
usurpándoles y engañándoles con maldad refinada, y creen que se
derrumban como un monte roto, por la tierra, y mueren aunque sigan
viviendo, abrazados a las hojas caídas de su rosa blanca. Los poetas de
raza mueren. Los poetas segundones, los tenientes y alféreces; de la
poesía, los poetas falsificados, siguen su camino por el mundo besando
en venganza cuantos labios se les ofrecen, con los suyos, rojos y
húmedos en lo que se ve, ¡pero en lo que no se ve tintos de veneno!
Vamos, Lucía, me estás poniendo hoy muy hablador. Tú ves, no lo puedo
evitar. Si me oyeran otras gentes, dirían que era un pedante. Tú no lo
dices, ¿verdad? Es que en cuanto estoy algún tiempo cerca de ti, de ti
que nadie ha manchado, de ti en quien nadie ha puesto los labios
impuros, de ti en quien mido yo como la carne de todas mis ideas y como
una almohada de estrellas donde reclino, cuando nadie me ve, la cabeza
cansada, estas cosas extrañas, Lucía, me vienen a los labios tan
naturalmente que lo falso sería no recordarlas. Por fuera me suelen
acusar de que soy rebuscado y exagerado, y tú habrás notado que ya yo
hablo muy poco. ¿Qué culpa tengo yo de que sea así mi naturaleza, y de
que al influjo de tu cariño enseñe todas sus flores?

Y le besó las dos manos, como pudiera un niño haber besado dos tórtolas.

Así, aunque no parezca cierto, suelen hablar y sentir algunos seres
«vivos y efectivos», como dicen las lápidas de los nichos en que están
enterrados los oficiales militares muertos en el servicio de la corona
española. Así exactamente, y sin quitar ni poner ápice, era como sentía
y hablaba Juan Jerez.

* * * * *

--Tú me perdonas, Juan--dijo Lucía antes de que hubieran pasado algunos
momentos, bajos los ojos y la voz, como pecador contrito que pide
humildemente la absolución de su pecado--. Juan yo no sé que es, ni sé
para qué te quiero, aunque si sé que te quiero por lo mismo que vivo, y
que si no te quisiera no viviría. Y mira, Juan, te miento; ahora mismo
te estoy mintiendo, yo creo que no sé por qué te quiero, pero debo
saberlo muy bien, sin notarlo yo, porque sé por qué pueden quererte los
demás. Y como si te conocen, han de quererte como yo te quiero, ¡no me
regañes Juan! ¡yo no quisiera que tú conocieses a nadie! ¡Yo te querría
mudo, yo te querría ciego: así no me verías más que a mí, que le
cerraría el paso a todo el mundo, y estaría siempre ahí, y como dentro
de ti, a tus pies donde quisiera estar ahora! ¿Tú me perdonas, Juan?
Luego, yo no soy soberbia, y no creo que yo solo soy hermosa: ¡tú dices
que yo soy hermosa! yo sé que fuera de mí hay muchas cosas y muchas
personas bellas y grandes; yo sé que no están en mí todas las hermosuras
de la tierra, y como a ti te caben en el alma todas, y eres tan bueno
que te he visto recoger las flores pisadas en las calles y ponerlas con
mucho cuidado donde nadie las pise, creo, Juan, que yo no te basto, que
cualquier cosa o persona hermosa, te gustaría tanto como yo, y odio un
libro si lo lees, y un amigo si lo vas a ver, y una mujer si dicen que
es bella y puedes verla tú. Quisiera reunir yo en mí misma todas las
bellezas del mundo, y que nadie más que yo tuviera hermosura alguna
sobre la tierra. Porque te quiero, Juan, lo odio todo. Y yo no soy mala,
Juan; yo me avergüenzo de eso, y luego me entran remordimientos, y
besaría los pies de los que un momento antes quería no ver vivos, y de
mi sangre les daría para que viviesen si se muriesen; ¡pero hay
instantes, Juan, en que odio a todas las cosas, a todos los hombres y a
todas las mujeres! ¡Oh, a todas las mujeres! Cuando no estás a mi lado,
y pienso en alguien que pueda agradar tus ojos u ocupar tu pensamiento,
creémelo, Juan; ¡ni sé lo que veo, ni sé qué es lo que me posee, pero me
das horror, Juan y te aborrezco entonces, y odio tus mismas cualidades,
y te las echo en cara, como ayer, para ver si llegas tú a odiarlas, y a
no ser tan bueno, y si así no te quieren! Eso es, Juan, no es más que
eso. A veces, y te lo diré a ti solo, sufro tanto que me tiendo en el
suelo en mi cuarto, cuando no me ven, como una muerta. Necesito sentir
en las sienes mucho tiempo el frío del mármol. Me levanto, como si
estuviera por dentro toda despedazada. Me muero de una envidia enorme
por todo lo que tú puedas querer y lo que pueda quererte. Yo no sé si
eso es malo, Juan: ¿tú me perdonas?

La magnolia, nuestra antigua conocida oyó, a las últimas luces de la
tarde, el final de esta conversación congojosa.

* * * * *

Lindo es el montecito que domina por el Este a la ciudad, donde a brazo
partido lucharon antaño, macana contra lanza y carne contra hierro, el
jefe de los indios y el jefe de los castellanos, y de barranco en
barranco abrazados, matándose y admirándose iban cayendo, hasta que al
fin, ya exhausto, e hiriéndose con su propia macana la cabeza, cayó el
indio a los pies del español, que se levantó la visera, dejando ver el
rostro bañado en sangre, y besó al indio muerto en la mano. Luego, como
que era recio de subir, le escogieron para sus penitencias los devotos,
y es fama que por su falda pedregosa subían de rodillas en lo más fuerte
del sol, los penitentes, contando el rosario.

Vinieron gentes nuevas, y como que el monte es corto y de forma bella, y
desde él se ve a la ciudad, con sus casas bajas, de patios de arbolado,
como una gran cesta de esmeraldas y ópalos, limpiaron de piedras y
yerbajos la tierra que, bien abonada, no resultó ingrata; y de la mejor
parte del monte hicieron un jardín que entre los pueblos de América no
tiene rival, puesto que no es uno de esos jardinuelos de flores
enclenques, y arbustos podados, con trocitos de césped entre enverjados
de alambre, que más que cosa alguna dan idea de esclavitud y artificio,
y de los que con desagrado se aparta la gente buena y discreta; sino uno
como bosque de nuestras tierras, con nuestras propias y grandes flores y
nuestros árboles frutales, dispuestos con tal arte que están allí con
gracia y abandono, y en grupos irregulares y como poco cuidados, de tal
manera que no parece que aquellos bambúes, plátanos y naranjos han sido
llevados allí por las manos de jardinero, ni aquellos lirios de agua,
puestos como en montón que bordan el estrecho arroyo cargado de aguas
secas, fueron allí trasplantados como en realidad fueron: antes bien,
parece que todo aquello floreció allí de suyo y con libre albedrío, de
modo que allí el alma se goza y comunica sin temor, y no bien hay en la
ciudad una persona feliz, ya necesita ir a decírselo al montecito que
nunca se ve solo, ni de día ni de noche.

Por allí, en la tarde en que vamos caminando, halló Pedro Real razón
para encontrarse a caballo, el cual dejó en la cumbre, mientras que,
golpeándose con el latiguillo los botines, se perdía, sin recordar el
cuadro de Ana, por la calle de los lirios. Por allí, y sin saber por
cierto que Pedro andaba cerca, acababa Adela, con tres amigas suyas, que
estrenaban unos sombreros de paja crema adornados con lilas, de bajar
del carruaje, que en la cumbre, con los caballos, esperaba. Por allí,
sin que lo supiese Adela tampoco, aunque sí lo sabía Pedro, andaban
lentamente, con las dos niñas menores, Sol y doña Andrea: doña Andrea,
que desde que el colegio le devolvió a su Sol y podía a su sabor recrear
los ojos, con cierto pesar de verle el alma un poco blanda y perezosa,
en aquella niña suya de «cutis tan trasparente--decía ella--como una nube
que vi una vez, en París, en un medio punto de Murillo», andaba siempre
hablando consigo en voz baja, como si rezase; y otras regañaba por todo,
ella que no regañaba antes jamás, pues lo que quería en realidad, sin
atreverse, era regañar a Sol, de quien se encendía en celos y en miedos,
cada vez que oía preparativos de fiesta o de paseo, que por cierto no
eran muchos, pero sobrados ya para que temiese con justicia doña Andrea
por su tesoro. Ni con el mayor bienestar que con el sueldo de Sol en el
colegio había entrado en la casa, se contentaba doña Andrea; y a veces
se dio la gran injusticia de que aquella hermosura que ella tanto
mimaba, y que desde la infancia de la niña cuidaba ella y favorecía, se
la echase en cara como un pecado, que le llevó un día a prorrumpir en
este curiosísimo despropósito, que a algunas personas pareció tan
gracioso como cuerdo: «Si Manuel viviera, tú no serías tan hermosa».
Enojábase, doña Andrea, cuando oía, allá por la hora en que Sol volvía
con una criada anciana del colegio, la pisada atrevida del caballo de
cierto caballero que ella muy especialmente aborrecía; y si Sol hubiese
mostrado, que nunca lo mostró, deseos de ver la arrogante cabalgadura,
fuera de una vez que se asomó sonriendo y no descontenta, a verla pasar
detrás de sus persianas, es seguro que por allí hubieran encontrado
salida las amarguras de doña Andrea, que miraba a aquel gallardísimo
galán, a Pedro Real, como a abominable enemigo. Ni a galán alguno
hubiera soportado doña Andrea, cuyos pesares aumentaba la certidumbre de
que aquel que ella hubiera querido por tenerlo muy en el alma, que
poseyese a su Sol, no sería de Sol nunca, por lo alto que estaba, y
porque era ya de otra. Mas aquella mansísima señora se estremecía cuando
pensaba que, por parecer proporcionados en la gran hermosura externa,
pudiesen algún día acercarse en amores aquel catador de labios
encendidos y aquella copa de vino nuevo. Sentía fuerzas viriles doña
Andrea, y determinación de emplearlas, cada vez que el caballo de Pedro
Real piafaba sobre los adoquines de la calle. ¡Como si los cuerpos
enseñasen el alma que llevan dentro! Una vez, en una habitación recamada
de nácar, se encontró refugiado a un bandido. Da horror asomarse a
muchos hombres inteligentes y bellos. Se sale huyendo, como de una
madriguera. Y ya se sabía por toda la ciudad, con envidia de muchas
locuelas, que tras de Sol del Valle había echado Pedro Real todos sus
deseos, sus ojos melodiosos, su varonil figura, sus caballos
caracoleadores, sus ímpetus de enamorado de leyenda. Y lo despótico de
la afición se le conocía en que, bruscamente, y como si no hubiera
estado perturbando con vislumbres de amor sus almas nuevas, cesó de
decir gallardías, a afectar desdenes a aquellas que más de cerca le
tuvieron desde su llegada de París, ya porque de público se las señalase
como las conquistas más apetecidas, ya porque lo picante de su trato le
diese fácil ocasión para aquellas conversaciones salpimentadas que son
muy de uso entre aquellos de nuestros caballeros jóvenes que han visto
tierras, y suplen con lo atrevido del discurso la escasez de la gracia y
el intelecto. La conversación con las damas ha de ser de plata fina, y
trabajada en filigrana leve, como la trabajan en Génova y México.

En ser visto donde Sol del Valle había de verlo, ponía Pedro Real el
mayor cuidado; en que no se la viera sin que se le viese a él; si al
teatro, bajo el palco a que fue Sol, que fue el de la directora, y no
más que dos veces, estaba la luneta de Pedro; si en Semana Santa, por
donde Sol iba con Lucía y Adela, Pedro, sin piedad por Adela, aparecía.
Decirle, nada le había dicho. Ni escribirle. Ni nadie afectaba, al
saludarla en público, encogimiento y moderación mayores. Y parecía más
arrogante, porque no iba tan pulido. Ni le decía, ni le escribía; pero
quería llenarle el aire de él. A la salida del teatro, la segunda noche
que fue a él Sol, ofrecía un pequeñuelo de sombrero de pita y pies
descalzos un ramo de camelias color de rosa, que eran allí muy
apreciadas y caras. Y en el punto en que salió Sol, y con rapidez tal
que pareció a todos cosa artística, tomó el ramo Pedro Real, lo deshizo
de modo que las camelias cayeron al suelo, casi a los pies de Sol, y
dijo, como si no quisiera ser oído más que del amigo que tenía al lado:
«Puesto que no es de quien debe ser, que no sea de nadie». Y como la
fantasía que la hermosura de Sol arrancó a Keleffy era ya a manera de
leyenda en la ciudad, Pedro Real, con tacto y profundidad mayores de los
que pudieran suponérsele, compró, para que nadie volviese a tocar en él,
el piano en que habían tocado aquella noche Sol y Keleffy.

* * * * *

Sonaban por la ciudad alegremente las chirimías, los pífanos y los
tambores. Los balcones de la calle de la Victoria eran cestos de rosas,
con todas las damas y niñas de la ciudad asomadas a ellos. Por cada
bocacalle entraba en la de la Victoria, con su banda de tamborines a la
cabeza, una compañía de milicianos. Unos llevaban pantalón blanco de
dril, con casaquín de lana perla, cruzado el pecho de anchas correas
blancas, con asta plateada. Otros iban de blanco y rojo, blanco el
pantalón, la casaca roja. Iban otros más de ciudadanos, y aunque menos
brillantes, más viriles: llevaban un pantalón de azul oscuro y uno como
gabán corto y justo, cerrado con doble hilera de botones de oro por
delante: el sombrero era de fieltro negro de alas anchas, con un delgado
cordón de oro, que caía con dos bellotas a la espalda. En las esquinas
iban las compañías tomando puesto. ¡Qué conmovedoras las banderas rotas!
¡Qué arrogantes, y como sacerdotes, los que las llevaban! Parecían altos
aunque no lo fueran. No parecían bien, cerca de aquellos pabellones
desgarrados, los banderines de seda y flores de oro en que con letras de
realce iban bordados los números de las compañías. ¡Qué correr
desalados, el de los muchachos por las calles! Verdad que hasta los
hombres mayores, periódico en mano y bastón al aire, corrían. A algunos,
se les saltaban las lágrimas. Parecía como que de adentro empujaba
alguien a las gentes. Cuando una banda sonaba a distancia, como si
estuviera yéndose, los muchachos, aun los más crecidos, corrían tras
ella, con la cara angustiada, como si se les fuera la vida. Y los más
pequeños, cruzando de un lado para otro, mirados desde los balcones,
parecían los granos sueltos de un racimo de uvas. Las nueve serían de la
mañana, y el cielo estaba alegre, como si le pareciese bien lo que
sucedía en la tierra. Era el día del año señalado para llevar flores a
las tumbas de los soldados muertos en defensa de la independencia de la
patria. Entre compañía y compañía, iban carros enormes en la procesión,
tirados por caballos blancos, y henchidos de tiestos de flores. Allá en
el cementerio había, sobre cada tumba, clavada una bandera.

¿Qué caballerín, de los elegantes de la ciudad, no estaba aquella
mañana, con un ramo de flores en el ojal, saludando a las damas y niñas
desde su caballo? Los estudiantes, no, esos no estaban por las calles,
aunque en los balcones tenían a sus hermanas y a sus novias: los
estudiantes estaban en la procesión, vestidos de negro, y entre
admirados y envidiosos de los muertos a quienes iban a visitar, porque
estos, al fin, ya habían muerto en defensa de su patria, pero ellos
todavía no: y saludaban a sus hermanas y novias en los balcones, como si
se despidieran de ellas. Los estudiantes fueron en masa a honrar a los
muertos. Los estudiantes que son el baluarte de la Libertad, y su
ejército más firme. Las universidades parecen inútiles, pero de allí
salen los mártires y los apóstoles. Y en aquella ciudad ¿quién no sabía
que cuando había una libertad en peligro, un periódico en amenaza, una
urna de sufragio en riesgo, los estudiantes se reunían, vestidos como
para fiesta, y descubiertas las cabezas y cogidos del brazo, se iban por
las calles pidiendo justicia; o daban tinta a las prensas en un sótano,
e imprimían lo que no podían decir; se reunían en la antigua Alameda,
cuando en las cátedras querían quebrarles los maestros el decoro, y de
un tronco hacían silla para el mejor de entre ellos, que nombraban
catedrático, y al amor de los árboles, por entre cuyas ramas parecía el
cielo como un sutil bordado, sentado sobre los libros decía con gran
entusiasmo sus lecciones; o en silencio, y desafiando la muerte, pálidos
como ángeles, juntos como hermanos, entraban por la calle que iba a la
casa pública en que habían de depositar sus votos, una vez que el
Gobierno no quería que votaran más que sus secuaces, y fueron cayendo
uno a uno, sin echarse atrás, los unos sobre los otros, atravesados
pechos y cabezas por las balas, que en descargas nutridas desataban
sobre ellos los soldados? Aquel día quedó en salvo por maravilla Juan
Jerez, porque un tío de Pedro Real desvió el fusil de un soldado que le
apuntaba. Por eso, cuando los estudiantes pasaban en la procesión,
vestidos de negro, con una flor amarilla en el ojal, los pañuelos de
todos los balcones soltábanse al viento, y los hombres se quitaban los
sombreros en la calle, como cuando pasaban las banderas; y solían las
niñas desprenderse del pecho, y echar sobre los estudiantes, sus ramos
de rosas.

En un balcón, con sus dos hermanas mayores y la directora, estaba Sol
del Valle. En otro, con un vestido que la hacía parecer como una imagen
de plata, una linda imagen pagana, estaba Adela. Más allá, donde Sol y
Adela podían verlas, ocupaba un ancho balcón, amparado del sol por un
toldo de lona, Lucía con varias personas de la familia de su madre, y
Ana. En una silla de manos habían traído a Ana hasta la casa. Muy mala
estaba, sin que ella misma lo supiese bien; estaba muy mala. Pero ella
quería ver, «con su derecho de artista, aquella fiesta de los colores; a
la tierra le faltaba ahora color, ¿verdad, Juan? Mira, si no, como todo
el mundo se viste de negro. Quiero oír música, Lucía: quiero oír mucha
música. Quiero ver las banderas al viento». Y allí estaba en el ancho
balcón, vestida de blanco, muy abrigada, como si hubiese mucho frío,
mirando avariciosamente, como si temiera no volver a ver lo que veía, y
sintiendo como dentro del pecho, porque no se las viesen, le estaban
cayendo las lágrimas.

Lucía distinguió a Sol, y miró si estaba en el balcón, o dentro, Juan
Jerez. Sol, no bien vio a Lucía, no quitó de ella los ojos, para que
supiese que estaba allí, y cuando le pareció que Lucía la estaba viendo,
la saludó cariñosamente con la mano, a la vez que con la sonrisa y con
los ojos. Prefería ella que Lucía la mirase, a que la miraran los
jóvenes mejor conocidos en la ciudad, que siempre hallaban manera de
detenerse más de lo natural frente a su balcón. A Pedro Real, pagó con
un movimiento de cabeza, su humilde saludo, cuando pasó a caballo; y no
lo vio con pena, ni con afecto que debiera afligir a doña Andrea, todo
lo cual vio Adela desde su balcón, aunque estaba de espaldas. Pero Lucía
se había entrado por el alma de Sol, desde la noche en que le pareció
sentir goce cuando se clavó en su seno la espina de la rosa. Lucía,
ardiente y despótica, sumisa a veces como una enamorada, rígida y
frenética enseguida sin causa aparente, y bella entonces como una rosa
roja, ejercía, por lo mismo que no lo deseaba, un poderoso influjo en el
espíritu de Sol, tímido y nuevo. Era Sol como para que la llevasen en la
vida de la mano, más preparada por la Naturaleza para que la quisiesen
que para querer, feliz por ver que lo eran los que tenía cerca de sí,
pero no por especial generosidad, sino por cierta incapacidad suya de
ser ni muy venturosa ni muy desdichada. Tenía el encanto de las rosas
blancas. Un dueño le era preciso, y Lucía fue su dueña.

Lucía había ido a verla; a buscarla en su coche para que paseasen
juntas; a que fuese a su casa a que la conociera Ana; y Ana la quiso
retratar; pero Lucía no quiso «porque ahora Ana estaba fatigada, y la
retrataría cuando estuviese más fuerte», lo que, puesto que Lucía lo
decía, no pareció mal a Sol. Lucía fue a vestirla una de las noches que
iba Sol al teatro, y no fue ella: ¿por qué no iría ella? Juan Jerez
tampoco fue esa noche; y por cierto que esa vez Lucía le llevó, para que
lo luciese, un collar de perlas: «A mí no me lo conocen, Sol: yo nunca
me pongo perlas»; pero doña Andrea, que ya había comenzado a dar
muestras de una brusquedad y entereza desusadas, tomó a Lucía por las
dos manos con que estaba ofreciendo el collar a Sol, que no veía mucho
pecado en llevarlo, y mirando a la amiga de su hija en los ojos, y
apretando sus manos con cariño a la vez que con firmeza, le dijo con
acento que dejaba pocas dudas: «No, mi niña, no», lo que Lucía entendió
muy bien, y quedó como olvidado el collar de perlas. A la mañana
siguiente, a la hora de que Sol fuese a sus clases, fue Lucía a buscarla
para que diesen una vuelta en el coche por cerca del colegio, y le
preguntó con ahínco sobresaltado y doloroso, que a quién vio, que quién
subió a su palco, que a quién llamó la atención, que dónde estaba Pedro
Real: «¡Oh! Pedro Real, tan buen mozo; ¿no te gusta Pedro Real? Yo creo
que Pedro Real llamaría la atención en todas partes. Has visto cómo
desde que te conoce no se ocupa de nadie Pedro Real»; pero pronto acabó
de hablar de esto Lucía. Quién estaba en el teatro, no le importaba
mucho saberlo: Juan no había estado; pero ¿a la salida quién estaba? ¿no
recuerdas quién estaba a la salida? ¿Estaba...? y no acababa de
preguntar quién había estado. Ni sabía Sol por quién le preguntaba. No:
Sol no había visto a nadie. Iba muy contenta. La directora la había
tratado con mucho cariño. Sí, Pedro Real había estado; pero no a
saludarla: nadie había subido a saludarla. La habían mirado mucho.
Decían que el cónsul francés había dicho una cosa muy bonita de ella.
Pero al salir, no, no vio a nadie. Sol quería llegar pronto, porque se
había quedado triste doña Andrea. Y al llegar en esta conversación al
colegio, Lucía besó a Sol con tanta frialdad, que la niña se detuvo un
momento mirándola con ojos dolorosos, que no apearon el ceño de su
amiga. Y de pronto, por muchos días, cesó Lucía de verla. Sol se había
afligido, y doña Andrea no; aunque la ponía orgullosa que le quisiesen a
su hija; pero Lucía no: ella no veía nunca con gusto a Lucía. Un día
antes de la procesión Lucía había vuelto a la casa de Sol. Que la
perdonase. Que Ana estaba muy sola. Que Sol estaba más linda que nunca.
«Mira, mañana te mandaré la camelia más linda que tenga en casa. Yo no
te digo que vengas a mi balcón, porque.... Yo sé que tú vas al balcón de
la directora. Pero mira, vas a estar lindísima; ponte la camelia en la
cabeza, a la derecha, para que yo pueda vértela desde mi balcón». Y le
tomó las manos, y se las besó; y conforme conversaba con Sol, se pasaba
suavemente la mano de ella por su mejilla; y cuando le dijo adiós, la
miraba como si supiera que corría algún peligro, y le avisase de él, y
cuando fue hacia el coche, ya se le iban desbordando las lágrimas.

--¡Allí está, allí está!--dijo como involuntariamente, y reprimiéndose
enseguida que lo había dicho, una de las hermanas de Sol, la mayor, la
que no era bella, la que no tenía más que dos ojos muy negros y
acariciadores, expresivos y dulces como los de la llama, el animal que
muere cuando le hablan con rudeza.

--¿Quién?

--No, no era nadie: Juan Jerez, en el balcón de Lucía.

--Sí, ya lo veo. Lucía está mirando para acá--y se desprendió, y volvió a
prender, para que Lucía lo notase, y supiera que pensaba en ella--.
Hermanita--dijo de pronto Sol en voz baja--; hermanita, ¿no te parece que
Juan Jerez es muy bueno? Yo quisiera verlo más. Nunca lo he visto cuando
he ido a casa de Lucía. Yo no sé qué tiene, pero me parece mejor que
todos los demás. ¿Tú crees que él querrá mucho a Lucía?

Hermanita no quería decir nada, hacía como que no oía.

--Juan Jerez iba antes algunas veces a casa, antes de que yo saliese del
colegio; ¿verdad? Cuéntame, tú que lo conoces. Yo sé que él se va a
casar con Lucía, aunque ella no me habla de él nunca; pero a mí me gusta
hablar de él. A Lucía no me atrevo a preguntarle, como ella no me
dice... Él ha sido muy bueno con mamá, ¿no? ¡La directora lo quiere
tanto! Mira, allí vuelve a pasar Pedro Real: ¡es buen mozo de veras!
pero yo le hallo unos ojos extraños, no son tan dulces como los de Juan.
No sé; pero el único que me dijo algo la noche de Keleffy, que no se me
ha olvidado, fue Juan Jerez.

Hermanita no decía palabra. Se le habían puesto los ojos muy negros y
grandes como para contener algo que se salía a ellos.

Ella, que no miraba hacia el balcón, sentía que Juan Jerez había tenido
puesta buen tiempo su mirada larga y bondadosa en Sol. Juan, que
acariciaba los mármoles, que seguía por las calles a los niños descalzos
hasta que sabía donde vivían, que levantaba del suelo las flores
pisadas, si no lo veían, y les peinaba los pétalos, y las ponía donde no
pudiesen pisarlas más. De la misma manera, y con aquel deleite honrado
que produce en un espíritu fino la contemplación de la hermosura, había
Juan mirado a Sol largamente.

Lucía no estaba allí entonces. ¡Pobre Ana! Cuando ya iban pasando los
últimos soldados, palideció, se le cubrió el rostro de sudor, cerró los
ojos, y cayó sobre sus rodillas. La llevaron cargada para adentro, a
volverle el sentido. Parecía una santa, vestida de blanco, con su cara
amarilla. Lucía no se apartaba de su lado; Ana había vuelto en sí; Lucía
había mirado ya muchas veces a la puerta, como preguntándose dónde
estaría Juan. «¿En el balcón? ¡Que no esté en el balcón!». Y aun
desmayada Ana, por poco no le abandona la mano.

--¡Vete, vete con Juan!--le dijo Ana, apenas abrió los ojos, y le notó el
trastorno; y con la mano y la sonrisa la echaba hacia la puerta
suavemente.

--Bueno, bueno, vengo enseguida.

Y fue al balcón derechamente.

--¡Juan!

--¿Y Ana? ¿Cómo está Ana?

El balcón de la directora estaba ya vacío.

--Ya está bien: ya está bien. ¡Yo no sabía dónde tú estabas!

* * * * *

Y volvemos ahora al pie de la magnolia, cuando ya llevaba días de
sucedido todo esto, y Sol estaba en una banqueta a los pies de Lucía,
sentada en un sillón de hierro. Ana, con sus caprichos de madre, había
querido que le llevasen aquel domingo a Sol. «¡Es tan buena, Lucía! Tú
no tienes que tenerle miedo: tú también eres hermosa. Mira: yo veo a las
personas hermosas como si fueran sagradas. Cuando son malas no: me
parecen vasos japoneses llenos de fango; pero mientras son buenas, no te
rías, me parece, cuando estoy delante de ellas, que soy un monaguillo y
que le estoy alzando la cogulla, como en la misa, a un sacerdote. Vamos,
tráeme a Sol; ¿pero es de veras que Juan no viene hoy?».

--¡Es de veras! Sí, sí; ahora mismo voy, y te traigo a Sol.

Sol vino, y otras amigas de Ana, mas no Adela. Vivía ya Ana en un sillón
de enfermo, porque andar le era penoso, y reclinarse no podía. Ya, como
las tardes cuando se está yendo la luz, tenía el rostro a la vez claro y
confuso, y todo él como bañado de una dulce bondad. Ni deseos tenía,
porque de la tierra deseó poco mientras estuvo en ella, y lo que Ana le
hubiera pedido a la tierra, de seguro que en ella no estaba, y tal vez
estaría fuera de ella. Ni sentía Ana la muerte, porque no le parecía a
ella que fuese muerte aquello que dentro de sí sentía crecientemente, y
era como una ascensión. Cosas muy lindas debía ver, conforme se iba
muriendo, sin saber que las veía, porque se le reflejaban en el rostro.
La frente la tenía como de cera, alta y bruñida, y hundidas las paredes
de las sienes. Aquellos ojos eran una plegaria. Tenía fina la nariz,
como una línea. Los labios violados y secos, eran como una fuente de
perdón. No decía sino caridades. Sola, sí, no quería estar ella. Tampoco
se quiere estar solo cuando se va a entrar en un viaje: tampoco, cuando
se está en las cercanías de la boda. Es lo desconocido, y se le teme. Se
busca la compañía de los que nos aman. Y más que con otras se había
encariñado Ana, en su enfermedad, con Sol, cuya perfecta hermosura lo
era más, si cabe, por aquel inocente abandono que de todo interés y
pensamiento de sí tenía la niña. Y Ana estaba mejor cuando tenía a Sol
cogida de la mano, en cuyas horas Lucía, sentada cerca de ellas, era
buena.

Dormía Ana en aquellos momentos, cuando en el patio hablaban Lucía y
Sol. Hablaban del colegio, que había dado su examen en aquella semana, y
dejaba a Sol libre durante dos meses: y a Sol no le gustaba mucho
enseñar, no, «pero sí me gusta: ¿no ves que así no pasa mamá apuros?
¡Mamá!». Y Sol contaba a Lucía, sin ver que a esta al oírlo se le
arrugaba el ceño, cómo inquietaban a doña Andrea los cuidados de Pedro
Real, de que no hablaba la señora, porque la niña no se fijase más en
él; pero ella no, ella no pensaba en eso.

--No, ¿por qué no?

--No sé: yo no pienso todavía en eso; me gusta, sí, me gusta verle pasear
la calle y cuidarse de mí; pero más me gusta venir acá, o que tú vayas a
verme, y estar con Ana y contigo. Luego, Pedro Real me da miedo. Cuando
me mira, no me parece que me quiere a mí. Yo no sé explicarlo, pero es
como si quisiera en mí otra cosa que no soy yo misma. Porque a mí me
parece, ¡anda, Lucía, tú puedes decirme de eso! a mí me parece que
cuando un hombre nos quiere, debemos como vernos en sus ojos, así como
si estuviéramos en ellos, y dos veces que he visto de cerca a Pedro
Real, pues no me ha parecido encontrarme en sus ojos. ¿No es, verdad,
Lucía, que cuando a uno lo quieren le sucede a uno eso?

En la mano de Lucía se encogió de pronto el cabello de Sol con que
jugaba.

--¡Ay! me haces daño.

--¿Quieres que vayamos a ver cómo está Ana?

Y ya se estaba poniendo en pie para ir a verla, y arreglándose Sol los
cabellos, aquellos cabellos suyos finos, de color castaño con reflejos
dorados, cuando a un tiempo se oyeron dos diversos ruidos: uno en el
cuarto de Ana, como de mucha gente que se moviera y hablara
agitadamente, otro a la puerta de la calle, donde, con aire
desembarazado, saltaba un hombre opuesto, de una mula de camino.

--¡Juan!--murmuró Lucía, poniéndose más blanca que las camelias.

--¿Juan Jerez?--dijo Sol alegrándosele el rostro, y acabando
apresuradamente de sujetarse las trenzas.

Lucía, en pie y ceñuda, y con los ojos puestos sobre Sol, a quien
turbaba aquel silencio, aguardó apoyada en la silla de hierro, a Juan
que, reparando apenas en Sol, venía hacía su prima con las manos
tendidas.

--Señorita Sol, ¿qué me le ha hecho a mi Lucía? ¿Por qué no sales a
recibirme? ¿para castigarme porque por verte hoy he andado veintidós
leguas en mula?

A Lucía se le veían temblar los labios imperceptiblemente, y como crecer
los ojos. Su mano se sacudía entre las de Juan, que la miraba con
asombro.

Sol hacía como que sobre una mesita un poco alejada arreglaba las flores
de un vaso.

--Lucía, ¿qué tienes?

--¡Sol, Lucía, vengan!--dijo acercándose a ellas una de sus amigas que
salía del cuarto de Ana precipitadamente--. Ah, Juan, que bueno que esté
aquí. Ve, Lucía, ve, yo creo que Ana se muere.

--¡Ana!

--Sí, mande enseguida por el médico.

Saltó Juan en la mula, y echó a escape. Sol ya estaba al lado de Ana,
Lucía miró muy despacio a la puerta de la calle, miró con ira a aquella
por donde había entrado Sol, y se quedó unos momentos de pie, sola en el
patio, los dos brazos caídos, y apretados a los costados, fijos los ojos
delante de sí tenazmente. Y echó a andar hacia el cuarto de Ana después
de haber mirado a su alrededor a todos los lados, como si temiese.

* * * * *

¡Al campo! ¡al campo! Todos van al campo. Todos, sí, todos. Adela y
Pedro Real, Lucía y Juan, y Ana y Sol. Y, por supuesto, las personas
mayores que por no influir directamente en los sucesos de esta narración
no figuran en ella. ¡Al campo todos!

El médico llegó aquel domingo en momentos en que Ana abría los ojos, que
a Sol arrodillada al borde de su cama fue lo primero que vieron.

--¡Ah, tú, Sol!--y Sol le pasaba la mano por la frente, y le apartaba de
ella los cabellos húmedos.

Lucía arreglaba las almohadas de manera que Ana pudiera estar como
sentada. Sus amigas todas rodeaban la cama, y Ana, sin fuerzas aun para
hablar, les pagaba sus miradas de angustia con otras de reconocimiento.
Parecía que era dichosa. Sol quiso retirar la mano con que tenía asida
la de Ana; pero Ana la retuvo.

--¿Qué ha sido, eh, qué ha sido? Sentí como si todo un edificio se
hubiese derrumbado dentro de mí. Ya, ya pasó. Ya estoy bien. Y se le
cayó la cabeza al otro lado de las almohadas.

El médico la halló de esta manera, le puso el oído sobre el corazón,
abrió de par en par la ventana y las puertas, y aconsejó que solo
quedase junto a ella la persona que ella desease.

Ana, que parecía no oír, abrió los ojos, como si el aire le hubiese
hecho bien, y dijo:

--Juan ha llegado, Lucía.

--¿Cómo sabes?

--Vete con Juan, Lucía. Sol, tú te quedas.

Miró Sol a Lucía, como preguntándole; a Lucía, que estaba en pie al lado
de la cama, duros los labios y los brazos caídos.

Juan llamaba a la puerta en este instante, y el médico lo entró en el
cuarto, de la mano.

--Venga a decirme si no es locura pensar que corre riesgo esta linda
niña--y con los ojos, desdecía el médico sus palabras--. Pero es
indispensable que la enfermita vea el campo. Es indispensable. No me
pregunte usted qué remedio necesita--dijo el médico clavando los ojos en
Juan--. Mucho reposo, mucho aire limpio, mucho olor de árboles.
Llévenmela donde haya calor, estos tiempos húmedos pueden hacerle mucho
daño. Si mañana mismo pueden ustedes disponer el viaje, sea mañana
mismo. Pero, niña, no se me vaya a ir sola. Lleve gente que la quiera, y
que la arrope bien por las mañanitas y por las tardes. ¿Y esta
señorita?--añadió volviéndose a Sol--. Y creo que usted se me pone buena
si lleva consigo a esta señorita.

--Oh, sí, Sol va conmigo; ¿no, Juan?

--Por supuesto--dijo Juan vivamente, pensando con placer en que así se
regocijaría Ana, cuya afición a Sol le era ya conocida, y se daría una
prueba de estimación a la pobre viuda--: por supuesto que la llevamos. Va
a ser una gala de los ojos ver ir por un caminito de rosales que yo me
sé, cogidas del brazo, a Sol, Ana y Lucía. Lucía, mañana nos vamos. Sol,
voy ahora a su casa a pedirle permiso a doña Andrea. ¿Te parece, Lucía
que invitemos a Adela y a Pedro Real? ¡Upa, Ana, upa! Allá tengo unos
inditos en el pueblo que te van a dar asunto para un cuadro delicioso.
¿Vamos, doctor?--acarició Juan una mano de Ana, besó la de Lucía, con un
beso que la regañaba dulcemente y salió al corredor, hablando como muy
contento, con el médico.

Ana llamó a Lucía con una mirada, y así que la tuvo cerca de sí, sin
decir palabra, y sonriendo felizmente, trajo sobre su seno con un
esfuerzo las manos de Lucía y de Sol, que estaban cada una a un lado de
ella, y paseando sus ojos por sobre sus cabezas, como conversándoles,
retuvo largo tiempo unidas las manos de ambas niñas bajo las suyas.

Y Sol miró a Lucía de tan linda manera, que no bien Ana se quedó como
dormida, se acercó Lucía a Sol, la tomó por el talle cariñosamente, y
una vez en su cuarto, empezó a vaciar con ademanes casi febriles sus
cajas y gavetas.

--Todo, todo, todo es para ti--y Sol quería hablar, y ella no la dejaba--.
Mira, pruébate este sombrero. Yo nunca me lo he puesto. Pruébatelo,
pruébatelo. Y este, y este otro. Esos tres son tuyos. Sí, sí, no me
digas que no. Mira, trajes: uno, dos, tres. Este es el más bonito para
ti. ¿Oyes? Yo quiero mucho a Pedro Real. Yo quiero que tú quieras a
Pedro Real. Que te vea muy bonita. Que te vean siempre más bonita que
yo. Pero óyeme, a Juan no me lo quieras. Tú déjame a Juan para mí sola.
Enójalo. Trátalo mal. Yo no quiero que tú seas su amiga. ¡No, no me
digas nada! sí, es chanza, sí, es chanza. ¿Ves? Este vestido malva sí te
va a estar bien. A ver, qué bien hace con tu pelo castaño. ¿Ves? Es muy
nuevo. Tiene el corpiño como un cáliz de flor, un poco recto; no como
esos de ahora, que parecen una copa de champaña: muy delgados en la
cintura, y muy anchos en los hombros. La saya es lisa; no tiene
tableados ni pliegues; cae con el peso de la seda hasta los pies. ¿Ves?
a mí me está muy corta. A ti te estará bien. Es un poco ancha, a lo
Watteau. ¡Mi pastorcita! ¡mi pastorcita! Yo nunca me la he puesto. ¿Tú
sabes? A mí no me gustan los colores claros. ¡Ah! mira: aquí tienes--y
escondía algo con las dos manos cerradas detrás de su espalda--, aquí
tienes, y no te lo vas a quitar nunca, aunque se nos enoje doña Andrea.
Cierra los ojos.

Los cerró Sol venturosa de verse tan querida por su amiga, y cuando los
abrió, se vio en el brazo, e hizo por quitarse con un gesto que Lucía le
detuvo, un brazalete de cuatro aros de perlas margaritas.

--Sí, sí, es muy rico; pero yo quiero que tú lo tengas. No: nada, nada
que me digas: ¿ves? yo tengo aquí otro, de perlas negras. ¡Y nunca,
nunca te lo quites! Yo quiero ser muy buena--y la tomó de las dos manos,
y la besó en las dos mejillas apasionadamente--. ¡Ven, vamos a ver a Ana!

Y salieron del cuarto, cogidas del talle.

¡Al campo, al campo! Doña Andrea no sabe que va Pedro Real; que si lo
supiese, no dejaría ir a Sol: aunque a Juan ¿qué le negaría ella? ¡A
Juan! Ese, ese era el que ella hubiera querido para Sol. «Bueno, Juan:
que no salga al sol mucho». Juan preguntó en vano por la hermana mayor,
por Hermanita. Ella estaba en la casa cuando entró él; pero ahora no:
estará en casa de alguna vecina. ¡No, Hermanita estaba allí; estaba en
el comedor, detrás de las persianas! Ella veía a quien no la veía.
«¡Cierra los ojos, Hermanita, no veas a lo que no debes ver!». Y cuando
Juan salió, las persianas se entornaron, como unos ojos que se cierran.

¡Al campo, al campo! Cuatro mulas tiran del carruaje, con collares de
plata y cencerro, porque Ana vaya alegre: y las mulas llevan atadas en
el anca izquierda unas grandes moñas rojas, que lucen bien sobre su piel
negra. El cochero es Pedro Real, que lleva al lado a Adela, en la
imperial, Juan y Lucía, adentro, con la gente mayor, que es muy
respetable, pero no nos hace falta para el curso de la novela, Ana
sentada entre almohadas, muy mejor con el gozo del viaje, con su
cuaderno de apuntes en la falda, para copiar lo que le guste del camino,
que ya le perece que está buena, y Sol a su lado, con un vestido de
sedilla color de ópalo, tranquila y resplandeciente como una estrella.

Pedro Real se mordió el bigote rizado cuando vio que no iba a ser Sol su
compañera en el pescante. Y con Adela iba muy cortés. Pero ¿Ana no
necesitaría nada? Juan, ¿irá Ana bien? Deberíamos bajar. ¡Voy a bajar un
momento, a ver si Ana va bien! Bajó muchos momentos. Y las mulas, aunque
diestras, más de una vez se iban un poco del camino, como si no
estuviese bastante puesto en ellas el pensamiento del cochero.

Era como de seis leguas el camino, y todo él a un lado y otro de tan
frondosa vegetación que no había manera de tener los ojos sino en
constante regalo y movimiento. Porque allá al fondo era un bosque de
cocoteros, o una hilera de palmas lejanas que iba a dar en la garganta
de dos montes; ya era, al borde mismo del camino, una pendiente llena de
flores azules y amarillas que remataba en un río de espumas blancas,
nutrido con las aguas de la sierra, o eran ya a la distancia, imponentes
como dos mensajes de la tierra al cielo, dos volcanes dormidos, a cuya
falda serpeada por arroyuelos de agua blanca viva y traviesa, se
recogían, como siervos azotados a los pies de sus dueños, las ciudades
antiguas, desdentadas y rotas, en cuyos balcones de hierro labrado,
mantenidos como por milagro sin paredes que los sustentasen sobre las
puertas de piedra, crecían en hilos que llegaban hasta el suelo copiosas
enredaderas de ipomea. De una iglesia que tuvo los techos pintados, y
dorados de oro fino de lo más viejo de América los capiteles de los
pilares, quedaba en pie, como una concha clavada en tierra por el borde,
el fondo del altar mayor, cobijado por una media bóveda: un bosquecillo
había crecido al amor del altar; la pared interior, cubierta de musgo,
le daba desde lejos apariencia de cueva formidable; y era cosa común y
sumamente grata ver salir de entre los pedruscos florecidos, al menor
ruido de gente o de carruajes, una bandada de palomas. Otra iglesia, de
que no había quedado en pie más que el crucero, tenía el domo
completamente verde, y las paredes de un lado rosadas y negras, como los
bordes de una herida. Y por el suelo no podía ponerse el pie sin que
saltase un arroyo.

Llegaron a los volcanes; pasaron por las ciudades antiguas: más allá
iban; y no se detuvieron. Lucía, a la sombra de su quitasol rojo, se
sentía como la señora de toda aquella natural grandeza, y como si el
mundo entero, de que tenía a los ojos hermosa pintura, no hubiera sido
fabricado más que para cantar con sus múltiples lenguas los amores de
Lucía Jerez y de su primo. Y se veía ella misma lo interior del cráneo
como si estuviese lleno de todas aquellas flores: lo que le sucedía
siempre que estaba sola, con Juan Jerez al lado. Adela y Pedro hablaban
de formalísimos sucesos, que tenían la virtud de poner a Adela
contemplativa y silenciosa, dando a Pedro ocasión para ir callado buena
parte del camino, lo cual aprovechaba él en celebrar consigo mismo
animados coloquios: y a cada instante era aquello de: «Juan, ¿cómo
estará Ana? Bajaré un instante, a ver si se le ofrece algo a Ana». Y
Lucía reía, y daba por cosa cierta que, aunque Sol era niña recatada, ya
le había dicho que Pedro Real le parecía muy bien, y se la veía que le
llevaba en el alma: lo que a Juan no parecía un feliz suceso, aunque
prudentemente lo callaba. Adentro del carruaje, la dichosa Sol era toda
exclamaciones: jamás, jamás, en su vida de huérfana pobre, había visto
Sol correr los ríos, vestirse a los bosques fuertes de campanillas
moradas y azules, y verdear y florecer los campos. De un color de rosa
de coral se le teñían las mejillas, y el ónix de México no tuvo nunca
mayor transparencia que la tez fina de Sol, en aquella mañana de ventura
en la naturaleza. ¡Ay! la buena Ana sonreía mucho, pero había olvidado
levantar de su falda el cuaderno de notas.

* * * * *

Y de pronto sonaron unas músicas; se oscureció el camino como por una
sombra grata, y refrenaron las mulas el paso, con gran ruido de hebillas
y cencerros. De un salto estaba Pedro a la portezuela del carruaje, al
lado de Sol, preguntándole a Ana qué se le ofrecía. Pero aquí bajaron
todos, y Sol misma, que se volvió pronto al carruaje, para acompañar a
Ana, y animarla a tomar del breve almuerzo que los demás, sentados en
torno de una mesa rústica, gustaban con vehemente apetito, sazonado por
chistes que el piadoso Juan encabezaba y atraía, porque los oyese Ana
desde su asiento en el coche, traído a este propósito cerca de la mesa.

Allí, en las tazas de güiro posadas en trípodes de bejuco recién cortado
de las cercanías, hervía la leche que, a juzgar por lo fragante y
espumosa, acababa de salir de la vaca de Durham que asomó su cabeza
pacífica por uno de los claros de la enredadera. Porque era aquel lugar
un lindo parador, techado y emparrado de verdura, puesto allí por los
dueños de la finca, para que los visitantes hiciesen de veras, al llegar
de la ciudad, su almuerzo a la manera campesina. Allí el queso, que
manaba la leche al ser cortado, y sabía ricamente con las tortas de maíz
humeantes que servía la indita de saya azul, envueltas en paños blancos.
Allí unos huevos duros, o blanquillos, que venían recostados, cada uno
en su taza de güiro, sobre unas yerbas de grata fragancia, que olían
como flores. Allí, en la cáscara misma del coco recién partido en dos,
la leche de la fruta, con una cucharilla de coco labrado que la
desprendía de sus tazas naturales. Y mientras duraba el almuerzo, unos
indios, descalzos y en sus trajes de lona, puestos en tierra sus
sombreros de palma, tocaban, bajo otro paradorcillo más lejano,
dispuesto para ellos, unos aires muy suaves de música de cuerda, que
blandamente templada por el aire matinal y la enredadera espesa, llegaba
a nuestros alegres caminantes como una caricia. Adela solo reía
forzadamente. Violencia tenía que hacerse Sol para no palmotear en el
carruaje. Muy feamente arrugó el ceño Lucía una vez que se acercó Juan a
la portezuela del lado de Ana, y habló con ella, haciéndola reír, unos
minutos: y en cuanto oyó reír a Sol, dejó Lucía su asiento, y se fue
ella también a la portezuela. ¡Ea! ¡Ea! ya tocan diana, que es el toque
de bienvenida y adiós, los indios habilidosos. La indita de saya azul da
a gustar a la vaca mirona una de las tazas de coco abandonadas. Al
pescante van Pedro y Adela: Lucía, menos contenta, a la imperial con
Juan. Ya la casa de la finca, toda blanca, de techo encarnado, se ve a
poca distancia. Ana ya va muy pálida; y las mulas, al olor del pesebre,
vuelan camino arriba, bajo la bóveda de espesos almendros que llenan la
avenida con sus hojas redondas y sus verdes frutas.

* * * * *

Mucha, mucha alegría. Lucía también estaba alegre, aunque no estaba Juan
allí. Porque no estaba Juan: el pleito de los indios, aunque aquellos
eran días de receso en tribunales como en escuelas, le había obligado a
volver al pueblecito, si no quería que un gamonal del lugar, que tenía
grandes amigos en el Gobierno, hurtase con una razón u otra a los indios
la tierra que la energía de Juan había logrado al fin les fuese punto
menos que reconocida en el pleito. Los indios habían salido de la
iglesia con su música, el domingo antes, apenas se supo que Juan no
esperaría el tren del día siguiente: y cuando le trajeron a Juan la
mula, vio que la habían adornado toda con estrellas y flores de palma, y
que todo el pueblo se venía tras él, y muchos querían acompañarle hasta
la ciudad. Una viejita, que venía apoyada en su palo, le trajo un
escapulario de la Virgen, y una guapa muchacha, con un hijo a la espalda
y otro en brazos, llegó con su marido, que era un bello mancebo, a la
cabeza de la mula, puso al indito en alto para que le diese la mano al
«caballero bueno»; y muchos venían con jarras de miel cubiertas con
estera bien atada, u otras ofrendas, como si pudiesen dar para tanto las
ancas de la caballería, muy oronda de toda aquella fiesta; y otro
viejito, el padre del lugar, mi señor don Mariano, que jamás había
bebido de licor alguno, aunque él mismo trabajaba el de sus plantíos
propios, llegó, apoyado en sus dos hijos, que eran también como
senadores del pueblo, y con los brazos en alto desde que pudo divisar a
Juan, y como si hubiera al cabo visto la luz que había esperado en vano
toda su vida: «Abrazarlo--decía--. ¡Déjenme abrazarlo! ¡Señor, todito este
pueblo lo quiere como a su hijo!». De modo que Juan, a quien había
conmovido aquellos cariños, dejó la finca, dos días después de haber
llegado a ella, no bien supo que los indios, a pesar de su esfuerzo,
corrían peligro de que se les quitase de las manos la posesión temporal
que, en espera de la definitiva, había Juan obtenido que el juez les
acordase--el juez, que había recibido el día anterior de regalo del
gamonal un caballo muy fino.

* * * * *

Mucha, mucha alegría. Lucía misma, que en los dos días que estuvo allí
Juan le dio ocasión de extrañeza con unos cambios bruscos de disposición
que él no podía explicarse, por ser mayores y menos racionales que los
que ya él le conocía, estaba ahora como quien vuelve de una enfermedad.

Era la casa toda de los visitantes, por no estar en ella entonces sus
dueños, que eran como de la familia de Juan Pedro, al anochecer, salía
de caza, porque era el tiempo de la de los conejos, por allí
abundantísimos. De los que traía muertos en el zurrón no hablaba nunca,
porque Ana no se lo había de perdonar, por haber todavía en este mundo
almas sencillas que no hallan placer en que se mate, a la entrada misma
de la cueva donde tiene a su compañera y a su prole, a los pobres
animales que han salido a descubrir, para mudarse de casa, algún rincón
del bosque rico en yerbas.

Pero los conejos, de puro astutos, suelen caer en las manos del cazador;
porque no bien sienten ruido, se hacen los muertos, como para que no los
delate el ruido de la fuga, y cierran los ojos, cual si con esto cerrase
el cazador los suyos, quien hace por su parte como que no ve, y echada
hacia la espalda la escopeta, por no alarmar al conejo que suele
conocerla, se va, mirando a otro lado, sobre la cama del conejo, hasta
que de un buen salto le pone el pie encima y así lo coge vivo: una vez
cogió tres, muy manso el uno, de un color de humo, que fue para Ana:
otro era blanco, al cual halló manera de atarle una cinta azul al
cuello, con que lo regaló a Sol; y a Lucía trajo otro, que parecía un
rey cautivo, de un castaño muy duro, y de unos ojos fieros que nunca se
cerraban, tanto que a los dos días, en que no quiso comer, bajó por
primera vez las orejas que había tenido enhiestas, mordió la cadenilla
que lo sujetaba, y con ella en los dientes quedó muerto.

* * * * *

Paseos, había pocos. Sin Ana, ¿quién había de hacerlos? Con ella no se
podía. Ni Sol dejaba a Ana de buena voluntad; ni Lucía hubiera salido a
goce alguno cuando no estaba Juan con ella. Adela, sí, había trabado
amistades con una gruesa india que tenía ciertos privilegios en la casa
de la finca, y vivía en otra cercana, donde pasaba Adela buena parte del
día, platicando de las costumbres de aquella gente con la resuelta
Petrona Revolorio: «y no crea la señorita que le converso por servicio,
sino porque le he cobrado afición». Era mujer robusta y de muy buen
andar, aunque esto lo hacía sobre unos pies tan pequeños que no había
modo de que Petrona llegara a ver a «sus niños» sin que le pidieran que
los enseñase, lo cual ella hacía como quien no lo quiere hacer, sobre
todo cuando estaba delante el niño Pedro. Las manos corrían parejas con
los pies, tanto que algunas veces las niñas se las pedían y acariciaban;
llevaba una simple saya de listado, y un camisolín de muselina
transparente, que le ceñía los hombros y le dejaba desnudos los hermosos
brazos y la alta garganta. Era el rostro de facciones graciosas y
menudas, de tal modo que la boca, medio abierta en el centro y recogida
en dos hoyuelos a los lados, no era en todo más grande que sus ojos. La
naricilla, corta y un tanto redonda y vuelta en el extremo, era una
picardía. Tenía la frente estrecha, y de ella hacia atrás, en dos bandas
no muy lisas, el cabello negro, que en dos trenzas copiosas, veteadas de
una cinta roja, llevaba recogida en cerquillo, como una corona, sobre lo
alto de la cabeza. Un chal de listado tenía siempre puesto y caído sobre
un hombro; y no había quien, cuando remataba una frase que le parecía
intencionada, se echase por la espalda con más brío el chal de listado.
Luego echaba a correr, riendo y hablando en una jerga que quería ser muy
culta y ciudadana; y se iba a preparar a la niña Ana, lo cual hacía muy
bien, unos tamales de dulce de coco y un chocolatillo claro, que era lo
que con más gusto tomaba, por lo limpio y lo nuevo, nuestra linda
enferma. Y mientras Ana los gustaba, Petrona Revolorio, con el chal
cruzado, se sentaba a sus pies «no por servicio, sino porque le había
cobrado afición» y le hacía cuentos.

¿El alba, sin que Petrona Revolorio estuviese a la puerta del cuarto de
la niña Ana con su cesta de flores, que ella misma quería ponerle en el
vaso y ver con sus propios ojos, cómo seguía la niña? «¡Mi niñita:
mírenla que galana está hoy!; se lo voy a decir al niño Pedro que nos dé
un baile de convite a las señoras, y vamos a sacarla a bailar con el
niño Pedro. ¡Y él sí que es galán también, el niño Pedro! Mire, mi
niñita: no le traigo de esos jazminotes blancos, porque los de acá
huelen muy fuerte; pero aquí le pongo, en este vaso azul, esos jazmines
de San Juan, que acá se dan todo el año y huelen muy bien de noche. Con
que, mi niñita, prepárese para el baile, y que le voy a prestar un chal
de seda encarnada que yo tengo, que me la va a poner más linda que la
misma niña Sol. ¡Cómo está que se muere el niño Pedro por la niña Sol!
Pero yo no sé qué tiene la niña Adela, que está como aburrida. ¿Quiere
mi niñita los tamales hoy de coco, o de carnecita fresca? Ayer maté un
cochito, que está de lo más blando: era el cochito rosado, ¡y la carne
está como merengue! ¡Jesús, mi niñita, no me diga eso! Si yo me muero
por servirla: mire que yo soy como las tacitas de coco, que dicen en
letras muy guapas: 'yo sirvo a mi dueña'. Voy a poner la puerta de mi
casa llena de tiestos de flores, y a alquilar a los músicos, el día que
mi niñita vaya a verme. ¡Y, eso que yo no se lo hago a nadie: porque no
lo hago por servicio, sino porque le he cobrado mucha afición!».

* * * * *

Y Pedro, como que con la ausencia de Juan venía a ser el caballero
servidor de las cuatro niñas, ¿qué había de hacer sino estarlas
sirviendo, y mucho mejor cuando no estaba cerca Adela, y mejor aun
cuando no estaba junto a Ana, que no ponía buenos ojos cuando miraba a
la vez a Sol y a Pedro, y mejor que nunca cuando por algún acaso Lucía y
Sol estaban solas? Y siempre entonces tenía Lucía algo que hacer, ir de
puntillas a ver si seguía durmiendo Ana, ver si habían puesto de beber a
los pajaritos azules, preguntar si habían traído la leche fresca que
debía tomar Ana al despertarse: siempre tenía Lucía, cuando Pedro y Sol
podían quedarse solos, alguna cosa que hacer.

Era el lugar de conversación un colgadizo espacioso, de tablilla bruñida
el pavimento: la baranda--como toda la casa, de madera--abierta en tres
lados para las tres escalerillas que llevaban al jardín que había al
frente de la casa. Estaba el colgadizo siempre en sombra, porque lo
vestía de verdor una enredadera copiosísima, esmaltada de trecho en
trecho por unos ramos de florecitas rojas. Colgaban del techo pintado el
fresco de unas caprichosas guirnaldas de hojas y flores como las de la
enredadera, unos cestos de alambre cubiertos de cera roja, que les hacía
parecer de coral, todos llenos de florecillas naturales, brillantes y
pequeñas, y a menudo adornados con las hebras de una parásita que crecía
sobre los árboles viejos de la finca, y era, por su verde blancuzco y
por crecer en hilos, como las canas de aquella arboleda. En los tramos
de pared, entre las ventanas interiores, realzadas con unas líneas de
vivo encarnado, había unos grandes estudios de flores en madera, pintada
con los colores naturales por los artistas del país, con propiedad muy
grande: dos de los cuadros eran de magnolia, la una casi abierta, y con
cierta hermosura de emperatriz; la otra aun cerrada en su propia rama: y
otros dos cuadros eran de las flores pomposas del marpacífico, con sus
hojas de rojo encendido, agrupadas de modo que realzase su natural
tamaño y hermosura.

Y allí, a la suave sombra, contaba Pedro maravillas y glorias europeas a
Ana, que le oía con cariño--a Adela, que hacía como si no le
interesasen--, a Lucía, que pensaba con amorosa cólera en Juan, en Juan,
que no debía venir, porque estaba allí Sol, en Juan, que debía venir
puesto que estaba Lucía--y a Sol contaba también aquellas historias,
quien sin desagrado ni emoción las escuchaba y con sus hábitos de niña
huérfana, azorada a veces de la súbita rudeza que templaba Lucía luego
con arrebatos afectuosos, solo se sentía dueña de sí cerca de quien la
necesitaba, y ni con Adela, que parecía esquivarla, ni con la misma
Lucía, aunque esto le pesaba mucho, tenía ya la naturalidad y abandono
que con Ana, con Ana a quien aquellos aires perfumados y calurosos
habían vuelto, si no el color al rostro, cierta facilidad a los
movimientos y unos como asomos de vida.

Hallaba Pedro con asombro que el atrevimiento desvergonzado y
celebración excesiva a que se reduce, casi siempre pagado deprisa y con
usura por las mujeres, todo el arte misterioso de los enamoradores, no
le eran posibles ante aquella niña recién salida del colegio, que con
franca sencillez, y mirándole en los ojos sin temor, decía en alto como
materia de general conversación lo que con más privado propósito dejaba
Pedro llegar discretamente a su oído. Era la niña de tal hermosura que
llevaba consigo, y de sí misma, la majestad que la defiende; y lo usual
iba siendo que cuando Lucía encontraba modo de ir a ver si los pajaritos
azules tenían agua, o si había llegado la leche fresca, no mudarse la
conversación entre Sol y Pedro, abierta por lo demás y no muy amena, del
asunto en que se estaba antes de que Lucía fuera a ver los pájaros. Ni
había cosa que a Lucía pusiese en mayor enojo que hallarlos conversando,
cuando volvía, de la caza de ayer, del jabalí en preparación, de las
fiestas de cacería en los castillos señoriales de Europa, de la pobre
Ana, de los tamales de Petrona Revolorio. Y Pedro, de otras mujeres tan
temido, era con la mayor tranquilidad puesto por Sol, ya a que le leyese
la _Amalia_ de Mármol o la _María_ de Jorge Isaacs, que de la ciudad les
habían enviado, ya, para unos cobertores de mesa que estaba bordando a
la directora, a que devanase el estambre.

* * * * *

--Sí, sí, hoy estaba muy hermosa. Dime, tú, espejo: ¿la querrá Juan? ¿la
querrá Juan? ¿Por qué no soy como ella? Me rasgaría las carnes: me
abriría con las uñas las mejillas. Cara imbécil, ¿por qué no soy como
ella? Hoy estaba muy hermosa. Se le veía la sangre y se le sentía el
perfume por debajo de la muselina blanca.

Y se sentaba Lucía, sola en su cuarto en una silla sin espaldar, sin
quitarse los vestidos, ya a más de medianoche, y a poco rato se
levantaba, se miraba otra vez al espejo, y se sentaba nuevamente, la
cara entre las manos, los codos en las rodillas. Luego rompía a
hablarse:

--Yo me veo, sí, yo me veo. ¿Qué es lo que tengo, que me parezco fea a mí
misma? Y yo no lo soy, pero lo estoy siendo. Juan lo ha de ver; Juan ha
de ver que estoy siendo fea. ¡Ay! ¡por qué tengo este miedo! ¿Quién es
mejor que Juan en todo el mundo? ¿Cómo no me ha de querer él a mí, si él
quiere a todo el que lo quiere? ¿quién, quién lo quiere a él más que yo?
Yo me echaría a sus pies. Yo le besaría siempre las manos. Yo le tendría
siempre la cabeza apretada sobre mi corazón. ¡Y esto ni se puede decir,
esto que yo quisiera hacer! Si yo pudiera hacer esto, él sentiría todo
lo que yo lo quiero, y no podría querer a más nadie. ¡Sol! ¡Sol! ¿quién
es Sol para quererlo como yo lo quiero? ¡Juan!... ¡Juan!...

Y conteniendo la voz se iba hacia la ventana abierta, y tendía las manos
como sin querer, llamando a Juan a quien acababa de escribir sin decirle
que viniese.

Empujó violentamente las dos hojas de la ventana, y arrodillándose de
repente junto a ella, sacó afuera, como a que el aire se la humedeciese,
la cabeza; y la tuvo apoyada algún tiempo sobre el marco, sin que le
molestase aquella almohada de madera.

--¡No puede ser! ¡no puede ser!--dijo levantándose de pronto--: Juan va a
quererla. Lo conozco cada vez que la mira. Se sonríe, con un cariño que
me vuelve loca. Se le ve, se le ve que tiene placer en mirarla. Y luego
¡esa imbécil es tan buena! No es mentira, no: es buena. ¿Yo misma, yo
misma no la quiero? ¡Sí, la quiero, y la odio! ¿Qué sé yo qué es lo que
me pasa por la cabeza? ¡Juan, Juan, ven pronto; Juan, Juan, no vengas!

¿Cómo no ha de quererla Juan?--decía la infeliz, entre golpes de
lágrimas, a los pocos momentos, siendo aquel llanto de Lucía extraño,
porque no venía a raudal y de seguida, aliviando a la que lloraba, sino
a borbotones e intervalos, sofocándola y exaltándola, parecido al agua
que baja, tropezando entre peñas, por los torrentes--. ¿Cómo no ha de
quererla Juan, si no hay quien ame lo hermoso más que él, y la Virgen de
la Piedad no es tan hermosa como ella? Juan.... Juan...--decía en voz
baja, como para que Juan viniese sin que nadie lo viera--; ¡sin que Sol
lo viera!

Y si viene... y si la mira... ¡yo, no puedo soportar que la mire!... ¡ni
que la mire siquiera! Y si está aquí un mes, dos meses. Y si ella no
quiere a Pedro Real, porque no lo quiere, y Ana le dice que no lo
quiera. Y ella va a querer a Juan ¿cómo no va a quererlo? ¿Quién no lo
quiere desde que lo ve? Ana lo hubiera querido, si no supiese que ya él
me quería a mí; ¡porque Ana es buena! Adela lo quiso como una loca; yo
bien lo vi, pero él no puede querer a Adela. Y Sol ¿por qué no lo ha de
querer? Ella es pobre; él es muy rico. Ella verá que Juan la mira. ¿Qué
marido mejor puede tener ella que Juan? Y me lo quitará, me lo quitará
si quiere. Yo he visto que me lo quiere quitar. Yo veo como se queda
oyéndole cuando habla; así me quedaba yo oyéndole cuando era niña. Yo
veo que cuando él sale, ella alza la cabeza para seguirle viendo. ¡Y van
a estar aquí un mes, dos meses! ella siempre con Ana, todos con Ana
siempre. Él recreando los ojos en toda su hermosura. Yo, callada a su
lado, con los labios llenos de horrores que no digo, odiosa y fiera.
Esto no ha de ser, no ha de ser, no ha de ser. O Sol se va, o yo me iré.
Pero ¿cómo me he de ir yo?; ¡que me lo robe alguien si puede!--y abrió
los brazos en la mitad del cuarto, como desafiando, y le cayó por las
espaldas desatada la cabellera negra.

¡Que no se sienten juntos: que yo no lo vea!

Y con los labios apoyados sobre el puño cerrado, quedó dormida en un
sillón cerca de la ventana, sombreándole extrañamente el rostro, al
agitarse movida por el aire, la cabellera negra.

¿A quién vio la mañana siguiente Lucía, sentado en el colgadizo, con Sol
y con Ana? Venía con paso lento, y como si no hubiera querido venir.

--¡No le diga, no le diga!...--a Sol que se levantaba como para avisarle.

Venía Lucía con paso lento, y Ana y Sol, que conocían las habitaciones
de la casa, sabían que era ella quien venía. Volvió Sol a su asiento.
Juan hizo como que hablaba muy animadamente con Ana y con ella. Lucía
llegó a la puerta. Los vio sentados juntos, y como que no la veían.
Tembló toda. ¿Entra? ¿Sale? ¡Juan! ¡allí Juan! ¡Juan así! Se clavó los
dientes en el labio, y los dejó clavados en él. Volvió la espalda, se
entró por el corredor que iba a su habitación; a Sol que fue corriendo
detrás de ella: «¡Vete! ¡vete!», y entró en su cuarto, cerrando tras de
sí con llave la puerta.

¡A Juan que, suponiéndola apenada, no bien acabó con cuanta prisa pudo
su empeño en el pueblo de los indios volvió a la ciudad, y de allí,
aprovechando la noche por sorprender a Lucía con la luz de la mañana,
emprendió sin descansar el camino de la finca a caballo y de prisa! ¡A
Juan, que con amores muy altos en el alma, consentía, por aquella piedad
suya que era la mayor parte de su amor, en atar sus águilas al cabello
de aquella criatura, no tanto por lo que la amaba él, sin que por eso
dejase de amarla, sino por lo que lo amaba ella! ¡A Juan que, puestos en
las nubes del cielo y en los sacrificios de la tierra sus mejores
cariños, no dejaba, sin embargo, por aquella excelente condición suya,
de hacer, pensar u omitir cosa con que él pudiera creer que sería
agradable a su prima Lucía, aunque no tuviese él placer en ella! ¡A Juan
que, joven como era, sentía, por cierto anuncio del dolor que más parece
recuerdo de él, como si fuera ya persona muy trabajada y vivida, quienes
a las mujeres, sobre todo en la juventud, parecían encantadores
enfermos! ¡A Juan, que se sentía crecer bajo del pecho, a pesar de lo
mozo de sus años, unas como barbas blancas muy crecidas, y aquellos
cariños pacíficos y paternales que son los únicos que a las barbas
blancas convienen! ¡A Juan, que tenía de su virtud idea tan exaltada
como la mujer más pudorosa, y entendía que eran tan graves como las
culpas groseras los adulterios del pensamiento!

¡A Juan, porque, ya después de aquellas cartas extrañas que Lucía le
había escrito a la finca sin hablarle de su vuelta, recibirlo de aquel
modo, con aquella mirada, con aquella explosión de cólera, con aquel
desdén! ¿Pues cuándo había cesado de pensar Juan, cuándo, que aquel
cariño que con tanta ternura prodigaba, sin fatiga ni traición, sobre su
prima, era como una concesión de él, como un agradecimiento de él, como
una tentativa, a lo sumo, de asir en cuerpo y ver con los ojos de la
carne las ideas de rostro confuso y vestidura de perlas, que cogidas del
brazo y con las alas tendidas, le vagaban en giros majestuosos por los
espacios de su mente? Pues sin el alma tierna y fina que de propia
voluntad suya había supuesto, como natural esencia de un cuerpo de
mujer, en su prima Lucía, ¿qué venía a ser Lucía? ¿Qué hombre, que lo
sea, ama a una mujer más que por el espíritu puro que supone en ella, o
por el que cree ver en sus acciones, y con el que le alivia y levanta el
suyo de sus tropiezos y espantos en la vida? Pues una mujer sin ternura
¿qué es sino un vaso de carne, aunque lo hubiese moldeado Cellini,
repleto de veneno? Así, en un día, dejan de amar los hombres a la mujer
a quien quisieron entrañablemente, cuando un acto claro e inesperado les
revela que en aquella alma no existen la dulzura y superioridad con que
la invistió su fantasía.

--Estará enferma Lucía. Ana--dile que la saludaré luego--. Voy a ver a
Pedro Real. Sol, gracias por lo buena que es usted con Ana. Usted tiene
ya fama de hermosa, pero yo le voy a dar fama de buena.

Lucía oyó esto, que hizo que le zumbasen las sienes y le pareciese que
caía por tierra: Lucía, que sin ruido había abierto la puerta de su
cuarto, y había venido hasta la de la sala, para oír lo que hablaban, en
puntillas.

* * * * *

Violentos fueron, a partir de entonces, los días en la finca. Ni Ana
misma sabía, puesto que tenía a Sol constantemente a su lado, qué
causaba la ira de Lucía. Esta cesó cuando Juan, tomándola a la tarde de
la mano, la llevó, mientras que Pedro y Adela buscaban flores de saúco
para Ana, a la sombra de un camino de rosales que daba al saucal, y
donde había de trecho en trecho unos bancos de piedra, y al lado unos
atriles, de piedra también, como para poner un libro. En la mirada y en
la voz se conocía a Juan que algo se le había roto en lo interior, y le
causaba pena; pero con voz consoladora persuadía a Lucía quien, con
pretextos fútiles, que no acertaba Juan a entender ni excusar, ocultaba
la razón verdadera de su ira, que ella a la vez quería que Juan
adivinase y no supiese: «¡porque si no lo es, y se lo digo, tal vez sea!
Y no lo es, no, yo creo ahora que no lo es; pero si no sabe lo que es
¿cómo me va a perdonar?». Y airada ya contra Juan irrevocablemente, como
si las nubes que pasan por el cielo del amor fueran sus lienzos
funerarios, se levantaron como si hubieran hecho las paces, pero sin
alegría.

Pusiéronse en esto los días tan lluviosos, que ni Pedro iba a casa, ni
Adela a la de la Revolorio, ni podía Ana salir al colgadizo, ni Sol y
Lucía, sino estar cerca de ella; ni Juan, fuera de sus horas de leer,
que le fatigaban ahora que no estaba contento, tenía modo de estar
alejado de la casa. Ni había con justicia para Juan placer más grato,
ahora que en Lucía había entrevisto aquel espíritu seco y altanero, que
estar cerca de Ana, cuyo espíritu puro con la vecindad de la muerte se
esclarecía y afinaba. Y se asombraba Juan, con razón, de haber pasado,
libre aun, cerca de aquella criatura que se desvanecía, sin rendirle el
alma. Esta misma contemplación del espíritu de Ana, cuya cabalidad y
belleza entonces más que nunca le absorbían, le apartaron del riesgo, en
otra ocasión acaso inevitable, de observar en cuán grata manera iban
unidas en Sol, sin extraordinario vuelo de intelecto, la belleza y la
ternura.

Con Lucía, no había paces. Lo que no penetraba Ana, ¿cómo lo había de
entender Sol? En vano, Sol, aunque ya asustadiza, aprovechando los
momentos en que Ana estaba acompañada de Juan o de Pedro y Adela, se iba
en busca de Lucía, que hallaba ahora siempre modo de tener largos
quehaceres en su cuarto, en el que un día entró Sol casi a la fuerza, y
vio a Lucía tan descompuesta que no le pareció que era ella, sino otra
en su lugar: en el talle un jirón, los ojos como quemados y encendidos,
el rostro todo como de quien hubiese llorado.

Y ese día Lucía y Juan estaban en paz: ni permitía Juan, por parecerle
como indecoro suyo, aquel llevar y traer de cóleras, que le sacaban el
alma de la fecunda paz a que por la excelencia de su virtud tenía
derecho. Pero ese día, como que Ana se fatigase visiblemente de hablar,
y Adela y Pedro estuviesen ensayando al piano una pieza nueva para Ana,
Juan, un tanto airado con Lucía que se le mostraba dura, habló con Sol
muy largamente, y se animó en ello, al ver el interés con que la enferma
oía de labios de Juan la historia de Mignon, y a propósito de ella, la
vida de Goethe. No era esta para muy aplaudida, del lado de que Juan la
encaminaba entonces, y tan hermosas cosas fue diciendo, con aquel
arrebatado lenguaje suyo, que se le encendía y le rebosaba en cuanto
sentía cerca de sí almas puras, que Pedro y Adela, ya un tanto
reconciliados, vinieron discretamente a oír aquel nuevo género de
música, no señalada por el artificio de la composición ni pedantesca
pompa, sino que con los ricos colores de la naturaleza salía a caudales
de un espíritu ingenuo, a modo de confesiones oprimidas. Lucía se
levantaba, se mostraba muy solícita para Ana, interrumpía a Juan
melosamente. Salía como con despecho. Entraba como ya iracunda. Se
sentaba, como si quisiera domarse. «Sol, ¿habrán puesto agua a los
pájaros?». Y Sol fue, y habían puesto agua. «Sol, ¿habrán traído la
leche fresca para Ana?». Y Sol fue, y habían traído la leche fresca para
Ana. Hasta que, al fin, salió Lucía, y no volvió más: Sol la halló
luego, con los ojos secos y el talle desgarrado.

Y aquello crecía. Hoy era una dureza para Sol. Otra mañana. A la tarde
otra mayor. La niña, por Ana y por Juan, no las decía. Juan, apenas
bajaba. Lucía, con grandes esfuerzos, lograba apenas, convertido en odio
aparente todo el cariño que por Juan sentía, disimularlo de modo que no
fuese apercibido. ¿Quién había de achacar a Sol tanta mudanza, a Sol
cuya pacífica belleza en el campo se completaba y esparcía, pues era
como si la vertiese en torno suyo, y por donde ella anduviese fueran,
como sus sombras, la fuerza y la energía? ¿A Sol, que sobre todos
levantaba sus ojos limpios, grandes y sencillos, sin que en alguno se
detuviesen más que en otro; con Lucía, siempre tierna; para Ana, una
hermanita; con Pedro, jovial y buena; con Juan, como agradecida y
respetuosa? Pero ese era su pecado: sus ojos grandes, limpios y
sencillos, que cada vez que se levantaban, ya sobre Juan, ya sobre otros
donde Juan pudiese verlos, se entraban como garfios envenenados por el
corazón celoso de Lucía; y aquella hermosura suya, serena y decorosa,
que sin encanto no se podía ver, como la de una noche clara.

* * * * *

Hasta que una noche:

--No, Sol, no: quédate aquí.

--¿Ana, adónde vas? ¿Qué tienes, Ana? ¿Salir tú del cuarto a estas horas?
¡Ana! ¡Ana!

--Déjame, niña, déjame. Hoy, yo tengo fuerzas. Llévame hasta la mitad del
corredor.

--¿Del corredor?

--Sí: voy al cuarto de Lucía.

--Pues bueno, yo te llevo.

--No, mi niña, no--se sentó un momento, con Sol a sus pies, le abrazó la
cabeza, y la besó en la frente. Nada le dijo, porque nada debía decirle.
Y se levantó, del brazo de ella.

--Es que sé lo que tiene triste a Lucía. Déjame ir. De ningún modo vayas.
Es por el bien de todos.

Fue, tocó, entró.

--¡Ana!

Ana, casi lívida y tendiendo los brazos para no caer en tierra, estaba
de pie, en la puerta del cuarto oscuro, vestida de blanco.

--Cierra, cierra.

Se habló mucho, se oyeron gemidos, como de un pecho que se vacía, se
lloró mucho.

Allá a la madrugada, la puerta se abría, Lucía quería ir con Ana.

--No, no, quiero llevarte; ¿cómo has de ir sola si no puedes tenerte en
pie? Sol estará despierta todavía. Yo quiero ver a Sol ahora mismo.

--¡Loca! ¡Hasta cuándo eres buena, loca! A Juan, sí, en cuanto lo veas
mañana, que será delante de mí, bésale la mano a Juan. A Sol, que no
sepa nunca lo que te ha pasado por la mente. Vamos: acompáñame hasta la
mitad del corredor.

--¡Mi Ana, madrecita mía, mi madrecita!

Y lloró Lucía aquella mañana, como se llora cuando se es dichoso.

* * * * *

¡Fiesta, fiesta! El médico lo ha dicho; el médico, que vino desde la
ciudad a ver a la enferma, y halló que pensaba bien Petrona Revolorio.
¡Fiesta de flores para Ana!

¡Todos los músicos de las cercanías! ¡Telegramas a los sinsontes!
¡Recados a los amarillos! ¡Mensajeros por toda la comarca, a que venga
toda la canora pajarería! Ana, ya se sabe de Ana: ¡Aquí no está bien, y
debe ir adonde está bien! Pero es buena idea esa de Petrona Revolorio, y
la enferma quiere que se dé un baile que haga famosa la finca. Petrona,
por supuesto, no estará en la sala, ni ese es el baile que debía dar el
niño Pedro Real; pero ella estará donde la pueda ver su niñita Ana, y
mandarle todo lo que necesite, porque «ella baila con ver bailar, y lo
que hace no lo hace por servicio, sino porque ha cobrado mucha afición».
Ya está tan contenta como si fuese la señora. Tiene un jarrón de China,
que hubo quién sabe en qué lances, y ya lo trajo, para que adorne la
fiesta; pero quiere que esté donde lo vea la niña Ana.

¡Ahora sí que ha empezado la temporada en la finca! Andar, bien, andar,
Ana no puede; pero Petrona la acompaña mucho y Sol, siempre que van Juan
y Lucía a pasear por la hacienda, porque entonces ¡qué casualidad!
entonces siempre necesita Ana de Sol.

El médico vino, después de aquella noche. El baile lo quiere Ana para
sacudir los espíritus, para expulsar de las almas suspicaces la pena
pasada, para que con el roce solitario no se enconen heridas aun
abiertas, para que viendo a Lucía tierna y afable, torne de nuevo la
seguridad en el alma de Juan alarmado, para que Lucía vea frente a
frente a Sol en la hora de un triunfo, y como Ana le hablará antes a
Juan, Lucía no tiemble. ¡Ana se va, y ya lo sabe!: ella no quiere el
baile para sí, sino para otros.

* * * * *

¡Qué semana, la semana del baile! Pedro ha ido a la ciudad. Lucía quiso
por un momento que fuera Juan, hasta que la miró Ana.

--¡Oh, no, Juan! tú no te vayas.

Una tristeza había en los ojos de Juan Jerez, que acaso ya nada haría
desaparecer: la tristeza de cuando en lo interior hay algo roto, alguna
creencia muerta, alguna visión ausente, algún ala caída. Mas se notó en
los ojos de Juan una dulce mirada, y no como de que se alegraba él por
sí, sino por placer de ver tierna a Lucía. ¡Son tan desventurados los
que no son tiernos!

De la ciudad vendría lo mejor; para eso iba Pedro. ¿Quién no quería
alegrar a Ana? Y ver a Sol del Valle, que estaba ahora más hermosa que
nunca ¿quién no querría? Carruajes, los tenían casi todos los amigos de
la casa. El camino, salvo el tramo de las ciudades antiguas, era llano.
Allí habría caballerías para ayuda o repuesto. Cerca de la casa, como a
dos cuadras de ella, aderezaron para caballerizas dos grandes caserones
de madera, construidos años atrás para experimentos de una industria que
al fin no dio fruto. Pedro, antes de salir, había encargado que por
todas las calles del jardín que había frente a la casa, pusieran unas
columnas, como media vara más altas que un hombre, que habían de estar
todas forradas de aquella parásita del bosque, sembrada acá y allá de
flores azules; y sobre los capiteles, se pondrían unos elegantes cestos,
vestidos de guías de enredadera y llenos de rosas. Las luces vendrían de
donde no se viesen, ya en el jardín, ya en la casa; y estaba en camino
Mr. Sherman, el americano de la luz eléctrica, para que la hubiese bien
viva y abundante: los globos se esconderían entre cestos de rosas. De
jazmines, margaritas y lirios iban a vestirle a Ana, sin que ella lo
supiese, el sillón en que debía sentarse en la fiesta. Con una hoja de
palma, puesta a un lado de los marcos y encorvada en ondulación graciosa
por la punta en el otro, vistieron los indios todas las puertas y
ventanas, y hubo modo de añadir a las enredaderas del colgadizo, otras
parecidas por un buen trecho a ambos lados de las tres entradas, en cada
uno de cuyos peldaños, como por toda esquina visible del colgadizo o de
las salas, pusieron grandes vasos japoneses y chinos con plantas
americanas. En las paredes del salón como desusada maravilla, colgó Juan
cuatro platos castellanos, de los que los conquistadores españoles
embutían en las torres. Era por dentro la casa blanca, como por fuera, y
toda ella, salvo el colgadizo, tenía el piso cubierto por una alfombra
espesa como de un negro dorado, que no llegaba nunca a negro, con
dibujos menudos y fantásticos, de los que el del ancho borde no era el
menos rico, rescatando la gravedad y monotonía que le hubiera venido sin
ellos de aquella masa de color oscuro.

* * * * *

¡Gentes, carruajes, caballos! Pedro y Juan jinetean sin cesar toda la
tarde, de la casa al parador, y de este a aquella. En las ciudades
antiguas donde aun hay alegres posadas, y cierto indio que sabe francés,
han comido casi todos los invitados. A las ocho de la noche empieza el
baile. Toda la noche ha de durar. Al alba, el desayuno va a ser en el
parador. ¡Oh qué tamales, de las especies más diversas, tiene dispuestos
Petrona Revolorio! esta tarde, cuando los hizo, se puso el chal de seda.
Ana no ha visto su sillón de flores. ¿Adónde ha de estar Adela, sino por
el jardín correteando, enseñando cuanto sabe, a la cabeza de un tropel
de flores, de flores de ojos negros?

¿Y Lucía? Lucía está en el cuarto de Ana, vistiendo ella misma a Sol.
Ella, se vestirá luego. ¡A Sol, primero! Mírala, Ana, mírala. Yo me
muero de celos. ¿Ves? el brazo en encajes. Tomo; ¡te lo beso! ¡Qué bueno
es querer! Dime, Ana, aquí está el brazo, y aquí está la pulsera de
perlas: ¿cuáles son las perlas? Y ¿de qué iba vestida Sol? De muselina;
de una muselina de un blanco un poco oscuro y transparente, el seno
abierto apenas, dejando ver la garganta sin adorno; y la falda casi
oculta por unos encajes muy finos de Malines que de su madre tenía Ana.

--Y la cabeza ¿cómo te vas a peinar por fin? Yo misma quiero peinarte.

--No, Lucía, yo no quiero. No vas a tener tiempo. Ahora voy a ayudarte
yo. Yo no voy a peinarme. Mira; me recojo el cabello, así como lo tengo
siempre, y me pongo ¿te acuerdas? como en el día de la procesión, me
pongo una camelia.

Y Lucía, como alocada, hacía que no la oía. Le deshacía el peinado, le
recogía el cabello a la manera que decía. «¿Así? ¿No? Un poco más alto,
que no te cubra el cuello. ¡Ah! ¿y las camelias?... ¿Esas son? ¡Qué
lindas son! ¡qué lindas son!». Y la segunda vez dijo esto más despacio y
lentamente como si las fuerzas le faltaran y se le fuera el alma en
ello.

--¿De veras que te gustan tanto? ¿Qué flores te vas a poner tú?

Lucía, como confusa:

--Tú sabes: yo nunca me pongo flores.

--Bueno: pues si es verdad que ya no estás enojada conmigo, ¿qué te hice
yo para que te pusieras enojada? si es verdad que ya no estas enojada,
ponte hoy mis camelias.

--¡Yo, camelias!

--Sí, mis camelias. Mira, aquí están; yo misma te las llevo a tu cuarto.
¿Quieres?

¡Oh! si se pusiera toda aquella hermosura de Sol la que se pusiese tus
camelias. ¿Quién, quién llegaría nunca a ser tan hermosa como Sol? ¡Qué
lindas, qué lindas, son esas camelias! «Pero tú, ¿qué flores te vas a
poner?».

--Yo, mira: Petrona me trajo unas margaritas esta mañana, estas
margaritas.

* * * * *

¡Gentes, caballos, carruajes! Las cinco, las seis, las siete. Ya está
lleno de gente el colgadizo.

Caballeros y niñas vienen ya del brazo, de las habitaciones interiores.
Carruajes y caballos se detienen a la puerta del fondo, de la que por un
corredor alfombrado, con grabados sencillos adornadas las paredes, se va
a la vez a los cuartos interiores que abren a un lado y a otro, y a la
sala. Ya desde él, al apearse del carruaje, se ve a la entrada de la
sala, donde hay un doble recodo para poner dos otomanas, como si hubiese
allí ahora un bosquecillo de palmas y flores. En un cuarto dejan las
señoras sus abrigos y enseres, y pasan a otro a reparar del viaje sus
vestidos o a cambiarlos algunas por los que han enviado de antemano. A
otro cuarto entran a aliñarse y dejar sus armas los que han venido a
caballo. Una panoplia de armas indias, clavada a un lado de la puerta de
los caballeros, les indica su cuarto. Un gran lazo de cintas de colores
y un abanico de plumas medio abierto sobre la pared, revelan a las
señoras los suyos.

Ya suenan gratas músicas, que los indios de aquellas cercanías,
colocados en los extremos del colgadizo, arrancan a sus instrumentos de
cuerdas. Del jardín vienen los concurrentes; del cuarto de las señoras
salen; Ana llega del brazo de Juan. «Juan, ¿quién ha sido? ¿para mí ese
sillón de flores?». No la rodean mucho; se sabe que no deben hablarle. Y
¿Lucía que no viene? Ella vendrá enseguida. ¿Y Sol? ¿Dónde está Sol?
Dicen que llega. Los jóvenes se precipitan a la puerta. No viene aun. Se
está inquieto. Se valsa. Sol viene al fin: viene, sin haberla visto, de
llamar al cuarto de Lucía. «¡Voy! ¡Ya estoy!». Así responde Lucía de
adentro con una voz ahogada. No oye Sol los cumplimientos que le dicen:
no ve la sala que se encorva a su paso; no sabe que la escultura no dio
mejor modelo que su cabeza adornada de margaritas, no nota que, sin ser
alta, todas parecen bajas cerca de ella. Camina como quien va lanzando
claridades, hacia Juan camina:

--Juan ¡Lucía no quiere abrirme! Yo creo que le pasa algo. La criada me
dice que se ha vestido tres o cuatro veces, y ha vuelto a desvestirse, y
a despeinarse, y se ha echado sobre la cama, desesperada, lastimándose
la cara y llorando. Después despidió a la criada, y se quedó vistiéndose
sola. ¡Juan! ¡vaya a ver qué tiene!

En este instante, estaban Juan y Sol, de pie en medio de la sala, y
otras parejas, pasando, en espera de que rompiese el baile, alrededor de
ellos.

--¡Allí viene! ¡allí viene!--dijo Juan, que tenía a Sol del brazo,
señalando hacia el fondo del corredor, por donde a lo lejos venía al fin
Lucía. Lucía, todo de negro. A punto que pasaba por frente a la puerta
del cuarto de vestir, interrumpiendo el paso a un indio, que sacaba en
las manos cuidadosamente, por orden que le había dado Juan, una cesta
cargada de armas, vio, viniendo hacia ella del brazo, solos, en pleno
luz de plata, en mitad del bosquecillo de flores que había a la entrada
de la sala, a Juan y a Sol, a la hermosísima pareja. Se afirmó sobre sus
pies como si se clavase en el piso. «¡Espera! ¡Espera!», dijo al indio.
Dejó a Juan y a Sol adelantarse un poco por el corredor estrecho, y cuando les tenía como a unos doce pasos de distancia, de una terrible sacudida de la cabeza desató sobre su espalda la cabellera: «¡Cállate, cállate!», le dijo al indio, mientras haciendo como que miraba adentro, ponía la mano tremenda en la cesta; y cuando Sol se desprendía del brazo de Juan y venía a ella con los brazos abiertos....

¡Fuego! Y con un tiro en la mitad del pecho, vaciló Sol, palpando el aire con las manos, como una paloma que aletea, y a los pies de Juan horrorizado, cayó muerta.

--¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!--y retorciéndose y desgarrándose los vestidos, Lucía se echó en el suelo, y se arrastró hasta Sol de rodillas, y se mesaba los cabellos con las manos quemadas, y besaba a Juan los pies; a Juan, a quien Pedro Real, para que no cayese, sostenía en su brazo. ¡Para Sol, para Sol, aun después de muerta, todos los cuidados! ¡Todos sobre ella! ¡Todos queriendo darle su vida! ¡El corredor lleno de mujeres que lloraban! ¡A ella, nadie se acercaba a ella!

--¡Jesús, Jesús!--entró Lucía por la puerta del cuarto de vestir de las señoras, huyendo, hasta que dio en la sala, por donde Ana cruzaba medio muerta, de los brazos de Adela y de Petrona Revolorio, y exhalando un alarido, cayó, sintiendo un beso, entre los brazos de Ana.

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Introducción
J. Martí por Miguel Tedín
J. Martí por Román Vélez
Martí. Discurso de José A. González Lanuza. 19/05/1910
Lucía Jerez