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Nuestra América por José Martí, (cont.)

No hay odio de razas, porque no hay razas. Los pensadores canijos, los pensadores de lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería(45), que el viajero justo y el observador cordial buscan en vano en la justicia de la Naturaleza, donde resalta en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre. El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color. Peca contra la Humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio de las razas. Pero en el amasijo de los pueblos se condensan, en la cercanía de otros pueblos diversos, caracteres peculiares y activos, de ideas y de hábitos, de ensanche y adquisición, de vanidad y de avaricia, que del estado latente de preocupaciones nacionales pudieran, en un período de desorden interno o de precipitación del carácter acumulado del país, trocarse en amenaza grave para las tierras vecinas, aisladas y débiles, que el país fuerte declara perecederas e inferiores. Pensar es servir. Ni ha de suponerse, por antipatía de aldea, una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del continente, porque no habla nuestro idioma, ni ve la casa como nosotros la vemos, ni se nos parece en sus lacras políticas, que son diferentes de las nuestras; ni tiene en mucho a los hombres biliosos y trigueños, ni mira caritativo, desde su eminencia aún mal segura, a los que, con menos favor de la Historia, suben a tramos heroicos la vía de las repúblicas; ni se han de esconder los datos patentes del problema que puede resolverse, para la paz de los siglos, con el estudio oportuno y la unión tácita y urgente del alma continental(46). ¡Porque ya suena el himno unánime; la generación actual(47) lleva a cuestas, por el camino abonado por los padres sublimes, la América trabajadora; del Bravo a Magallanes, sentado en el lomo del cóndor(48), regó el Gran Semí, por las naciones románticas del continente y por las islas dolorosas del mar, la semilla de la América nueva!

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El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891.

JOSÉ MARTÍ. Obras Completas. Tomo 6. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1975, pp. 15-23.|

Notas

Las notas #1 a la #48 se refieren a la información que sigue:

1. “Los gigantes que llevan siete leguas en las botas”. Alusión a un personaje fabuloso de cuentos para niños (como Pulgarcito, de Charles Perrault), utilizado aquí para simbolizar la desproporción y el peligro de los países más poderosos (cuyo desarrrollo es “siete veces” más rápido) en sus relaciones con los más pequeños y débiles. Ya en “Meñique”, en La edad de oro (julio de 1889), Martí había ilustrado para los niños de nuestra América, mediante el cuento de Laboulaye, la tesis de que “el saber vale más que la fuerza”. (Obras completas, La Habana, 1963-1973, t. 18, pp. 310-324. En lo adelante identificaremos esta edición con las siglas O.C.). En su última carta a Manuel A. Mercado (Campamento de Dos Ríos, 18 de mayo de 1895) consagrará políticamente, a partir del relato bíblico (1 Samuel 17), la imagen del pastorcillo David como vencedor del gigante Goliat. (O.C., t. 4, p. 168.)

2. “La pelea de los cometas en el cielo”: En su artículo “El hombre antiguo de América y sus artes primitivas” (La América, Nueva York, abril de 1884) Martí se refirió a una creencia indígena, la de “los cometas orgullosos, que paseaban por entre el sol dormido y la montaña inmóvil el espírito de las estrellas […]”. Según Arístides Rojas, gran amigo venezolano de Martí: “Los macusies, en la […] región del Orinoco, llaman al cometa “copeeseima” que quiere decir nube orgullosa; y también “wocinopsa”, que equivale a un sol castigando las luces que lo siguen”, mientras “el sol dormido”, entre otros idiomas americanos, según Humboldt, es la luna (“sol de noche”, “sol que duerme”), y “la montaña inmóvil” para los quechuas era Sirio, al que consideraban centro del Universo. (Cf. C. V.:”Una fuente venezolana de José Martí”, en Temas martianos. Segunda serie. Centro de Estudios Martianos y Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1892, pp. 138-139.) Toda la metáfora de los cometas que en su pelea “van por el aire dormidos [es decir, irresponsables] engullendo mundos”, debe relacionarse con el siguiente pasaje de la crónica titulada “Congreso Internacional de Washington”. (La Nación, Buenos Aires, 19 y 20 de diciembre de 1889.): “¿A qué ir de aliados, en lo mejor de la juventud, en la batalla que los Estados Unidos se preparan a librar con el resto del mundo? ¿Por qué han de pelear sobre las repúblicas de América sus batallas con Europa, y ensayar en pueblos libres su sistema de colonización?” (O.C., t. 6, p. 57.)

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“No hay odio de razas, porque no hay razas.”

“El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color. Peca contra la Humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio de las razas.”