Historia
Conflicto entre José Marti y Enrique Collazo-Introducción
CARTA DE JOSÉ MARTIÍ AL COMANDANTE ENRIQUE COLLAZO
New York, 12 de enero de 1892
Sr. Enrique Collazo
Señor:
Amargo es el deber de censurar públicamente a quien desalienta a su
pueblo en la hora en que parece que van a serle muy necesarios los alientos;
más amarga me es, por mirar yo a todo cubano como a hermano mío,
la obligación de contestar la infortunada carta que con fecha 6 de
enero se sirvió Ud. dirigirme, y me causó más pena que
enojo, porque en ella revela Ud. la capacidad de ofender sin razón,
y muestra su desconocimiento lamentable de la obra de generosidad y de prudencia
con que la emigración, aleccionada por los sucesos anteriores y posteriores
a la guerra, se dispone a no recaer en el divorcio y abandono que Ud. y el
autor de A pie y descalzo censuran con justicia, mas no con la viveza y tesón
con que los censuro yo desde hace 12 años, ni con el empeño
que desde entonces pongo en evitar que la guerra nueva fracase y se desvíe
por el culpable desacuerdo entre el país que ha de combatir y la emigración
que ha de ayudarlo. ?Y qué hace Ud., señor Collazo, desde hace
doce años, para salvar a su patria de los peligros en que la dejó
una guerra personal y descompuesta; para desentrañar y publicar sus
errores, a fin de no caer de nuevo en ellos; para disponer con lo viejo y
lo nuevo una guerra honrada y de bien público, que no nos traiga más
males de los que se lleve; para juntar sin cobardía ni gazmoñería
los elementos indispensables al triunfo duradero de una guerra que no es lícito
desear, ni posible impedir? ?O pudo descuidarse, cuando se preveía
la ineficacia de los remedios de la paz arrodillada, el deber de preparar,
con respeto al voto del país y al decoro de los cubanos, la guerra
que habría de suceder a aquellas tentativas inútiles? ?O se
cumple este deber en la silla, singularmente segura, del empleado de gobierno;
la silla que ha de quemar a quien peleó contra él,-o narrando
en un libro sombrío, a las puertas mismas de la guerra inevitable,
todo lo que la pueda hacer temible, con silencio astuto y riguroso sobre los
recursos con que habría de contar, y las causas por que la guerra anterior
vino a caer, y la grandeza que hace adorable y útil el sacrificio,
y da majestad imperecedera a los sacrificados?
Este es el párrafo mismo que dio motivo a la carta de Ud.: ??O nos
ha de echar atrás el miedo a las tribulaciones de la guerra, azuzado
por gente impura que está a paga del gobierno español; el miedo
a andar descalzo, que es un modo de andar ya muy común en Cuba, porque
entre los ladrones y los que los ayudan, ya no tienen en Cuba zapatos sino
los cómplices y los ladrones? ?Pues como yo sé que el mismo
que escribe un libro para atizar el miedo a la guerra dijo en versos, muy
buenos por cierto, que la jutía basta a todas las necesidades del campo
en Cuba, y sé que Cuba está otra vez llena de jutías
, me vuelvo a los que nos quieren asustar con el sacrificio mismo que apetecemos,
y les digo ?mienten!?
Yo no hablo en este párrafo, Sr. Collazo, como pretende Ud. hacer creer,
de ?los que militaron en la Revolución y viven ahora en Cuba?. Vivan
o no en Cuba, los que militaron en la revolución son para mí
los hombres de quienes dije hace dos años: ?Sí; se nos salta
el corazón, de celos y de gratitud, cuando oímos la historia
de aquellos hechos de indecible bravura que ha de poner en lo más alto
del firmamento la admiración del hombre; de aquellos hechos que no
se pueden oír sin que se llene como de luz toda nuestra carne mortal,
o sin sentir como que la mar se hace puente, y nos vamos detrás del
ejemplo ilustre, adonde la tierra nos llama?. Vivan o no en Cuba, los que
militaron en la revolución son los hombres de quienes dije hace tres
meses: ?Y es lo primero este año, porque ha pasado por el aire una
que otra ave de noche, proclamar que nunca fue tan vehemente ni tan tierno
en nuestras almas el culto de la revolución. Aquellos padres de casa,
servidos desde la cuna por esclavos, que decidieron servir a los esclavos
con su sangre, y se trocaron en padres de pueblo; aquellos propietarios regalones,
que en la casa tenían su recién nacido y su mujer, y en una
hora de transfiguración sublime, se echaron selva adentro, con la estrella
en la frente; aquellos letrados entumidos que al resplandor del primer rayo
saltaron de la toga tentadora al caballo de pelear; aquellos jóvenes
angélicos que del altar de sus bodas o del festín de la fortuna
salieron, arrebatados de júbilo celeste, a sangrar y morir, sin agua
y sin almohada, por nuestro decoro de hombres; aquellos son carne nuestra,
y entrañas y orgullos nuestros, y raíces de nuestra libertad,
y padres de nuestro corazón, y soles de nuestro cielo, y del cielo
de la justicia, y sombras que nadie ha de tocar sino con reverencia y ternura.
¡Y todo el que sirvió es sagrado! El que puso el pie en la guerra;
el que armó un cubano de su bolsa; el que quiso la Revolución
de buena fe, y le sacrificó su porvenir y su fortuna, ya lleva un sello
sobre el rostro, y un centelleo en los ojos que ni su misma ignominia le pudiera
borrar luego>>. El que peleó en la Revolución es santo
para mí, Sr. Collazo. El que hace industria de haber peleado en la
Revolución, o goza después de ella entre sus enemigos de un
influjo superior al que tuvo entre sus compatriotas, o usa de su influencia
para aflojar la virtud renaciente de un país que necesita de toda su
virtud, ése bajará ante mí los ojos, Sr. Collazo, aunque
haya militado en la Revolución; y los bajará ante todo hombre
honrado.
No sé yo con qué especial derecho se dirige Ud. a mí,
y con Ud. sus compañeros; cuanto yo dije de <<paga del Gobierno
español>>, se refiere a la <<gente impura que azuza el
miedo a las tribulaciones de la Guerra>>; a no ser que Ud. y sus compañeros
deseen contarse entre los que azuzan el miedo, que es de quien dije lo de
la paga. Y ni de Ud. ni de ellos lo creo, Sr. Collazo. Ud. ha firmado la carta
del día 6, por ignorancia increíble de la labor revolucionaria
de estos doce años, y por el mal consejo de iras viejas contra la emigración,
y en otro tiempo justas. Un solo punto habría habido a lo sumo que
levantar en el párrafo mío que Ud. cita, pasando por alto la
consideración piadosa con que puse en una parte general lo de la paga,
para que tocara el blanco sin herir, y en otra lo especial y directo sobre
el libro. ¿Está o no al servicio del Gobierno español
el revolucionario que publica un libro precipitado en que se acumulan los
horrores de la guerra, y se narran sus obstáculos sin narrar sus recursos,
y se enumeran los elementos hostiles sin enumerar los amigos, en los instantes
en que parece volver a pensar en la guerra el país? Si está
al servicio del Gobierno español, no tiene derecho a que se considere
desinteresado un libro que favorece indirectamente al Gobierno a quien sirve.
Esto he dicho, y no más. Levántese el punto.
¡Qué dolor éste de añadir pena, por culpa de Ud.,
a la que tendrá de seguro, y más si erró sin voluntad,
el autor de un libro considerado por cuantos cubanos conozco, sin una sola
excepción, -por cuantos hombres de la guerra conozco, y tengo entre
ellos amigos muy amados, -como una falta grave contra la verdad y la patria,
como una obra culpable de la astucia o del despecho! Mucho pudiera decir,
y no lo digo: a mí me duele mucho, Sr. Collazo, todo error cubano;
con mi sangre lo quisiera borrar, en vez de publicarlo con mi pluma. Pero
diré, por culpa de Ud., que si es noble decir la verdad, lo noble es
decirla toda. Ocultar la verdad es delito; ocultar parte de ella, la que impele
y anima, es delito: ocultar lo que no conviene al adversario, y decir lo que
le conviene, es delito. Cuando es constante el riesgo de que, por falta de
solución tan inmediata como los males que piden remedio, acude el país
a la guerra de la desesperación, -peca grandemente contra su deber
quien contribuye a propagar la creencia en la inutilidad del sacrificio indispensable.
Y no es que nos infunda por acá temor, como Ud. dice, la pintura del
sacrificio que nos enamora, ni que hablemos acá para quitarnos el miedo
de unas cuantas hojas de papel. Aquí hablamos para que se oiga allá
lo que allá no se puede decir; para levantar la piel podrida; para
sacar la sangre al rostro de los cansados y los olvidadizos; para provocar
cartas como la de Ud., en que el ataque injusto a un hombre que no ha manchado
su mano con el salario que le pagan sus enemigos, sea al menos ocasión
de enseñar cuánta virtud patriótica subsiste en los que
vivieron demasiado en ella para que pudieran olvidarla. Hablamos para que
se sepa que los cubanos que vivimos en el extranjero no vivimos enconados
contra el cubano de la Isla, ni echándole en cara una situación
de la que no se puede desembarazar; sino ardiendo en amor por él, y
en deseo de juntar con él los brazos. Echemos atrás, Sr. Collazo,
las guerras de personas, o de corrillo imperial y desdeñoso, o de casta
cegata y empedernida; y echemos, Sr. Collazo, adelante las guerras públicas
y generosas. ¡Pues si para algo vivo es para impedir, caso de que tal
peligro hubiese, que cayera sobre Cuba una guerra que no fuere, desde su raíz
hasta su fin, y en métodos como en propósitos, para el bien
igual y durable de todos los cubanos! ?¿Y no ha oído estos días
a miles de hijos de Cuba proclamar, sin una sola voz de disentimiento, ni
de rico ni de pobre, ni de negro ni de blanco, ni de patriota de ayer ni de
patriota de hoy, ni de hombre de guerra ni de hombre de paz, que <<El
Partido Revolucionario Cubano no tiene por objeto llevar a Cuba una agrupación
victoriosa que considere la Isla como su presa y dominio, sino preparar, con
cuantos medios eficaces le permita la libertad del extranjero, la guerra que
se ha de hacer para el decoro y bien de todos los cubanos, y entregar al país
la patria libre?>>.
No hablamos aquí, Sr. Collazo, para caer en aquel triste estado de
antes, cuando los héroes, abandonados por la guía incapaz de
las emigraciones, tuvieron tiempo para gangrenarse de manera que a alguno
le ha llegado acaso la gangrena al corazón; sino para impedir, como
decía ayer un cubano en Cayo Hueso, que <<vuelvan a ir por vías
opuestas, según fueron, la revolución magnífica y conmovedora,
la revolución radical y reconstructora de dentro de la Isla, y aquella
de miedos y melindres, de formas y reservas, de corbatín y puño
de oro, de lo que en algunos instantes parecieron más deseosos de entregar
la patria al extranjero que de auxiliar su independencia>>. No hablamos
aquí para rechazar fuerza alguna, de ayer o de hoy, que coadyuve al
bien de la patria; ni para repeler, so pretexto de haberla servido, a los
que quieran servirla. Pues, ¿qué suerte guardan, Ud. y sus tres
compañeros, a los cubanos que por causas notorias no pudieron tomar
parte de soldado en la guerra anterior; porque no vivían en Cuba al
pie de su caballo; porque los sacaba la policía del barrio glorioso;
porque salieron del banco de la escuela al banco de la prisión; porque
la cárcel o la enfermedad o la pobreza los tuvo lejos de los embarcaderos
de la guerra en los primeros años de las expediciones; porque luego
no hubieran tenido más modo de ir al campo que echarse a nado al mar?
¿De modo que, para Ud. y sus tres compañeros, los que no pudimos
servir a la patria con las armas llevaremos perennemente el marchamo de cobardes,
y estamos incapacitados de servirla, o la hemos de servir como réprobos
mal admitidos en la iglesia, aun cuando hayamos alzado del polvo la bandera
de la Revolución en los instantes en que los que acababan de abandonarla
se sentaban a la mesa del Gobierno español? ¡Pues vale más
haber recogido del polvo la bandera, que servir al interés del enemigo,
hiriendo por el costado a quien la lleva, en el instante en que se le ponen
alrededor las fuerzas necesarias para la batalla!
Y ahora, Sr. Collazo, ?qué le diré de mi persona? Si mi vida
me defiende, nada puedo alegar que me ampare más que ella. Y si mi
vida me acusa, nada podré decir que la abone. Defiéndame mi
vida. Sé que ha sido útil y meritoria, y lo puedo afirmar sin
arrogancia, porque es deber de todo hombre trabajar porque su vida lo sea:
responder a Ud. sería enumerar los que considero yo mis méritos.
Jamás, Sr. Collazo, fuí el hombre que Ud. pinta. Jamás
preferí mi bienestar a mi obligación. Jamás dejé
de cumplir en la primera guerra, niño y pobre y enfermo, todo el deber
patriótico que a mi mano estuvo, y fue a veces deber muy activo. Queme
Ud. la lengua, Sr. Collazo, a quien le haya dicho que serví yo ?a la
madre patria?. Queme Ud. la lengua a quien le haya dicho que serví
en algún modo, o pedí puesto alguno, al Partido Liberal, o que,
en eso de la Diputación hice más que oír al capitulado
que me vino a tentar inútilmente, no sé en servicio de quién,
la vanidad oratoria, y escribir, en respuesta a un ilustre santiaguero , la
carta, tomada por la policía al portador, en la que dije que, caso
de venirme diputación semejante, se entendiera que la aceptaba para
defender en el Parlamento español lo único que a mi juicio puede
defender allí, para bien de la Isla y de España, un cubano sensato:
la independencia de Cuba. ?Y con el pie en el barco de la guerra estaré,
y si me encargasen que tentara la independencia por la paz, haría esperar
el barco y la tentaría! Y en cuanto a lo de arrancar a los emigrados
sus ahorros, ?no han contestado a Ud. en juntas populares de indignación,
los emigrados de Tampa y de Cayo Hueso? ?No le han dicho que en Cayo Hueso
me regalaron las trabajadoras cubanas una cruz? Creo, Sr. Collazo, que he
dado a mi tierra, desde que conocí la dulzura de su amor, cuanto hombre
puede dar. Creo que he puesto a sus pies muchas veces fortuna y honores. Creo
que no me falta el valor necesario para morir en su defensa.
Y aquí cumple, Sr. Collazo, que aluda a lo que se sirve Ud. decirme
sobre ?darnos las manos en la manigua?. Puede ser que el espíritu patriótico
que resplandece en su carta, y la consagración de que a mis ojos gozan
cuantos pelearon por la libertad, me permitieran olvidar, al darle la mía,
que la mano de Ud. es la de un hombre que ha calumniado a otro. Vivo tristemente
de un trbajo oscuro, porque renuncié hace poco, en obsequio de mi patria,
a mi mayor bienestar . Y es frío este rincón y poco propicio
para visitas. Pero no habrá que esperar a la manigua, Sr. Collazo,
para darnos las manos; sino que tendré vivo placer en recibir de Ud.
una visita inmediata, en el plazo y país que le parezcan convenientes.
Queda sirviéndole su compatriota,
José Martí.
1. Discurso pronunciado por José Martí en Tampa, el 26 de noviembre de 1891.
2. Carta del Comandante Enrique Collazo a José Martí, desde La Habana, el 6 de enero de 1892.
3. Carta del CLUB MARTIR DE SAN LORENZO a José Martí, desde Cayo Hueso, el 10 de enero de 1892.
4. Carta de José Martí a Enrique Collazo, desde Nueva York, el 12 de enero de 1892.
5. Carta del Coronel Manuel Sanguily a José Martí, desde La Habana, el 21 de enero de 1892.
6. Carta del Comandante Enrique Collazo a José Martí, desde La Habana, el 24 de enero de 1892.
7. Carta de José Martí a Fernando Figueredo, desde Nueva York, el 9 de febrero de 1892.
8. Carta de José Martí al General Enrique Collazo desde New
York, 8 de mayo de 1894.
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
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