Impresión de José Martí
Por Rubén Darío
Concluido
el discurso, salimos a la calle. No bien habíamos andado algunos pasos
cuando oí que alguien le llamaba “¡Don José! ¡Don
José!” Era un negro obrero que se le acercaba humilde y cariñoso.
“Aquí le traigo este recuerdito”, le dijo. Y le entregó
una lapicera de plata. “Vea usted, me observó Martí, el
cariño de esos pobres negros cigarreros. Ellos se dan cuenta de lo
que sufro y lucho por la libertad de nuestra pobre patria”. Luego fuimos
a tomar el té a casa de una amiga suya, dama inteligente y afectuosa,
que le ayudaba mucho en sus trabajos de revolucionario.
Allí escuché por largo tiempo su conversación. Nunca
he encontrado, ni en Castelar mismo, un conversador tan admirable. Era armonioso
y familiar, dotado de una prodigiosa memoria, y ágil y pronto para
la cita, para la reminiscencia, para el dato, para la imagen. Pasé
con él momentos inolvidables, luego me despedía. El tenía
que partir esta misma noche para Tampa, con objeto de arreglar no sé
qué preciosas disposiciones de organización. No le volví
a ver más.
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©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera