Juicios sobre José Martí
José Martí por Máximo Gómez[1], cont.
Después de eso vi a Martí resuelto y entero, cuando no contento el destino con la desgracia con la cual acababa de fustigarnos, dispuso fuésemos traicionados y abandonados en el mar por los mismos que se habían comprometido, mediante una retribución adelantada, a conducirnos a la sierra armada.
Momentos angustiosos fueron aquellos, capaces de meter miedo a los espíritus más fuertes y mejor templados y a los hombres como Martí no acostumbrados a los azares de la guerra. Extraño contraste, habíamos principiado con la más horrenda derrota, para obtener después, como se ha visto, la más expléndida victoria. Así ha sido Cuba y seguirá siéndolo.
Al fin vencimos de tantos trastornos y de tantas infamias y a costa de sacrificios sin cuento, y yo vi entonces también a Martí, atravesando las abruptas montañas de Baracoa con un rifle al hombro y una mochila a la espalda, sin quejarse ni doblarse, al igual de un viejo soldado batallador, acostumbrado a marcha tan dura a través de aquella naturaleza salvaje, sin más amparo que Dios. Después de todo este martirizante calvario y cuando el sol que alumbraba las victorias principió a iluminar nuestro camino, yo vi a José Martí, ¡ah, qué día aquél!, erguido y hermoso en su caballo de batalla, en Boca de Dos Ríos. Como un venado jinete, rodeado de aquellos diestros soldados, que nos recuerda la historia, cubiertos de gloria en las pampas de Venezuela.
Allí, en Boca de Dos Ríos, y de esa manera gloriosa, murió José Martí. A esa gran altura se elevó para no descender jamás, porque su memoria está santificada por la Historia y por el amor, no solamente de sus concuidadanos, sino de la América toda también.
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
