Juicios sobre José Martí

José Martí por Máximo Gómez[1], cont.

Aún siendo niño se encaró contra el poder usurpador de los derechos de su patria, y por eso vagó llevando un grillete al pie, pues buen cuidado había de tener la tiranía de apagar en Cuba toda lámpara que, como Plácido, pudiese dar algún destello de luz.

Siempre lo fue Martí, en suma: activo: rebelde, contra todas las tiranías y usurpaciones.

Enhorabuena, todo eso es espléndido y edificador, sublime si se quiere; pero Martí no debió tener necesidad de hacer grandes esfuerzos para llenar esa misión que él mismo se había impuesto. Para aquel cerebro dotado de sorprendentes recursos intelectuales y para aquel hombre de gran corazón, debemos presumir que no era una empresa que ofreciese grandes dificultades que vencer.

El atrevimiento era mesurado, se tenía que contar con el tiempo y esperar que la semilla fructificara, nuevamente después de tantos fracasos. La esperanza no había muerto en el corazón del pueblo, y Martí, hombre de penetración, comprendió eso y en esa grande y sólida base apoyó el extremo de su palanca.

Pero llegó un momento para Cuba en que Martí debía completarse y se completó, y he aquí desde donde yo lo he visto grande y hermoso, y donde muy pocos tuvieron la ocasión de contemplarlo, consumando el mayor de los sacrificios: franco, sencillo y resuelto, y sin que pudiese esperar, halagado, el aplauso: porque en la guerra todo es duro y escueto. Frente a la muerte no se puede mentir, hasta allí no se puede llegar sino desnudo de ficciones.

Yo vi a Martí entero y sin decaimiento cuando en el tremendo fracaso de La Fernandina, en donde lo perdimos todo, quedándonos sin recursos y sin crédito como premio doloroso de algunos años de ímprobo trabajo. ¡Qué días tan amargos aquellos que nos tenía preparado el destino! Al lado de la terrible contrariedad que sufrían unos hombres preparados con entusiasmo para una gloriosa empresa, ese fracaso no solamente dejaba comprometida aun la vía, sino algo también más grande, el honor. Preciso era en lance tan desesperado jugarse el todo por el todo, y vi entonces a Martí, sin miedo y resuelto a correr los azares de una suerte por demás incierta, cuando para cumplir la palabra empeñada con la propia conciencia y con la patria nos lanzamos a la mar en débil barquichuelo, llevándoles en vez del elemento de guerra a los compañeros combatientes ya, la dolorosa noticia del fracaso. Los hombres de honor que sepan apreciar aquella desairada situación nuestra, sobre todo para Martí, que era el director de las cosas de fuera, han de pensar, junto conmigo, que era preciso poseer una gran dosis de entereza para no sentirse desconcertado ante tamaño infortunio, y muy bien pudiera apreciarse de manera distinta para la vehemencia de la opinión pública, desesperada por ver realizada la empresa con tanta insistencia anunciada. El pueblo, u sobre todo los eternos enemigos de la revolución podrían decir con zobra de razón: “He aquí el parto de los montes”.

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