Juicios sobre José Martí
José Martí porJuan Gualberto Gómez, cont.
A la vista de Mayía, que entraba en la habitación con el rostro alterado y duro, Martí corrió hacia él y se echó en sus brazos. Aquel dolor tan profundamente retratado en su fisonomía, desarmó a los que, momentos antes, querían exigirle explicaciones claras y concretas de su conducta. Todos comprendieron que algo muy grave había ocurrido, y que aquel fracaso, de que se había hablado hacía un instante, era desgraciadamente cierto.
Sin pretender averiguar nada, Mayía y Collazo se limitaron a tranquilizar a Martí, asegurándole su más completa adhesión. No había que perder la esperanza. Por rudo que fuera el golpe sufrido, era preciso seguir adelante y sin desmayar ni decaer un momento. Algo más tranquilo Martí con aquellas muestras de simpatía y respeto que de todos los presentes recibía, declaró que aun cuando todo se había perdido, aun cuando no había un real para continuar los trabajos revolucionarios, no era posible abandonar la empresa acometida con tanta decisión y entusiasmo.
Horacio Rubens, el buen amigo de los cubanos, y Gonzalo de Quesada, que llegaron en aquellos momentos, contribuyeron con su presencia a reanimar los abatidos espíritus. Quesada, en nombre de su señora madre política ofreció dar todas las finanzas que se necesitasen. Rubens puso a disposición de Martí sus servicios como abogado.
Preocupaba también a Martí lo que el general Máximo Gómez pudiera pensar de lo ocurrido, y demostraba con frases llenas de sentimiento el temor que sentía de que el General se negara a ir a Cuba en circunstancias tan desfavorables.
Tanto Rodríguez como Collazo aseguraron a Martí que Gómez, a quien conocían muy bien, iría a Cuba cualesquiera que fuesen las condiciones en que lo hiciera. Era preciso pensar en buscar pronto remedio al daño sufrido, en vez de abatirse y desconfiar tan pronto del éxito de la empresa.
Todos los presentes hicieron a Martí ardientes promesas de su lealtad y adhesión incondicional.
No había transcurrido una hora desde la llegada de Rubens y Quesada, y el estado de los ánimos había cambiado por completo. Al abatimiento producido por el golpe del fracaso tremendo e inesperado, había sucedido la fe que conforta y la resolución enérgica de seguir luchando hasta conseguir el éxito.
No había dinero, pero Quesada confiaba obtenerlo de las emigraciones de Suramérica. Martí tenía seguridad de conseguirlo en México. Pero para ellos se necesitaban tres o cuatro meses, y los hombres de Cuba no querían o no podían esperar más tiempo, y por otra parte era imposible explicarles la verdadera situación del Partido Revolucionario, porque ello traería como consecuencia inevitable, la ruina total del proyecto.
Por lo pronto lo más preciso era burlar a la policía que olfateaba el rastro de los conspiradores; y más tarde, sacar a Manuel Mantilla y a Patricio Corona que estaban a bordo del Lagonda cuando fue sorprendido el barco, y a quienes Charles Hernández había escondido preventivamente en casa de un americano amigo suyo.
Entretanto la policía practicaba registros en algunas casas cubanas, más por fortuna nadie conocía en Jacksonville ni a Martí, ni a sus compañeros, que por otra parte figuraban con nombres supuestos en los libros de los hoteles.
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
