Juicios sobre José Martí

José Martí porJuan Gualberto Gómez, cont.

Era la única persona que representaba la revolución naciente; los demás eran instrumentos que él movía; Benjamín Guerra era la caja; Gonzalo de Quesada era parte de su cerebro y de su corazón; pero en realidad era su discípulo. Martí lo era todo, y ese fue su error, pues por más que se multiplicaba era imposible que lo hiciera todo él solo. Dormía poco, comía menos y se movía mucho; y sin embargo, el tiempo le era corto. Se puede concretar diciendo que el Partido Revolucionario era Martí.

Collazo, según sus instrucciones, debía seguir a Santo Domingo para ponerse al habla con el general Gómez; pero se esperaba en esos días un mensajero que enviaba el General desde Santo Domingo. A su tiempo llegó éste con poderes amplios del general Gómez. Era el brigadier José María Rodríguez. Con él vino la seguridad de que, a pesar de la llegada de Alejandro Rodríguez, comisionado de Camagüey, el General estaba dispuesto a la revolución, y que José María Rodríguez estaba autorizado para determinar y representarlo en todo.

A la salida de Collazo de Cuba, se convino que por conducto de Juan Gualberto Gómez, con quien estaba en relación directa Martí, se comunicarían José María Aguirre y Julio Sanguily, a quien últimamente se le había indicado el estado de la revolución, y a quien el general Gómez había mandado el nombramiento de Jefe de Occidente, debiendo ponerse al frente del movimiento en Matanzas. A la llegada de Rodríguez y Collazo a New York, nada pudieron averiguar del estado real de la conspiración, pues se concretaron a oír lo que Martí les quiso decir, que fue bien poco o nada. Respecto del dinero, menos aún; pues la caja revolucionaria era un pozo donde caía el dinero, sin que, fuera Benjamín Guerra; nadie haya sabido el montante de lo ingresado ni de lo que se gastaba.

En los meses de diciembre y enero se movió Martí con rapidez inusitada. De noche no dormía, sino viajaba. De Cuba las correspondencias, cada día más exigentes, apremiaban el movimiento y pedíanse recursos; especialmente las cartas de Julio Sanguily, que parecían escritas por un loco cuyas correspondencias no podían armonizarse con las noticias de Aguire y Juan Gualberto Gómez, sensatas y claras.

Aislados y casi siempre escondidos, Rodríguez y Collazo permanecían en New York, sin saber una palabra de lo que ocurría fuera, pues Martí, aunque cada día se movía más, cada día se mostraba menos comunicativo.

Dispuestos como si fuéramos a salir de un momento a otro, acudíamos, sin resultado, a frecuentes citas que se nos daba, siempre esperando el día de la partida, que no acababa de llegar.

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