Juicios sobre José Martí
José Martí porJuan Gualberto Gómez, cont.
En Santiago de Cuba la espera era difícil, a pesar de la calma y aparente actitud de Moncada, que con astucia e inteligencia sobrellevaba con éxito la situación de Manzanillo. El apresuramiento de algunos a vender sus ganados había llamado la atención. Camagüey decía claramente que era reacio a la revolución; el gobierno realmente fiaba en él, creyéndolo la llave del movimiento; la única entidad revolucionaria allí era el marqués de Santa Lucía. Las Villas aparentemente en calma, pero resuelta; sostenido el espíritu allá por la presencia de Serafín Sánchez, Roloff y Carrillo. En Matanzas algunos alardes belicosos, aunque poca fuerza y entusiasmo reales. Vuelta Abajo en espera, y dispuesto para cooperar al movimiento.
Este era el estado real de la revolución a la salida de Collazo para los Estados Unidos. Este pasó por Key West y Tampa, encontrando a Martí en Filadelfia, donde había ido a esperar al comisionado de Cuba.
El estado de la revolución en el exterior revestía un carácter original y especial: nadie sabía nada, eran muy pocos los que creían en ella; pero la masa obrera daba, sin preguntar, su óbolo con absoluta confianza y con fanatismo ciego por su ídolo Martí.
Collazo no conocía a Martí; su entrevista en la estación de Filadelfia fue cordial, y un abrazo leal de ambos fue la línea de conducta para lo porvenir.
Martí era un hombre ardilla; quería andar tan de prisa como su pensamiento, lo que no era posible; pero cansaba a cualquiera. Subía y bajaba escaleras como quien no tiene pulmones. Vivía errante, sin casa, sin baúl y sin ropa; dormía en el hotel más cercano del punto donde lo cogía el sueño; comía donde fuera mejor y más barato; ordenaba una comida como nadie; comía poco o casi nada; días enteros se pasaba con vino Mariani; conocía a los Estados Unidos y a los americanos como ningún cubano; quería agradar a todos y aparecía con todos compasivo y benévolo; tenía la manía de hacer conversaciones, así es que no le faltaban sus desengaños.
Era un hombre de gran corazón que necesitaba un rincón donde querer y donde ser querido. Tratándole se le cobraba cariño, a pesar de ser extraordinariamente absorbente.
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
