Historia

Fusilamiento de Los Estudiantes de Medicina, (cont.)

CARA A CARA

Fue una escena dramática aquella en que Valdés Domínguez, indiferente al peligro que su acción podía acarrearle, avanzó, trémulo de emoción, hacia el féretro de Castañón, cuyo hijo, acompañado por sus amigos, hacía extraer de su bóveda temporal para ser trasladado a su definitivo lugar de reposo en España y, levantando su mano sobre el sarcófago intacto, conjuró solemnemente al hijo, un joven de veinte años, a que declarara que los restos de su padre no habían sido profanados por los estudiantes. El hijo de Castañón declaró públicamente que ninguna mano impía había tocado los restos de su padre. Al propio Domínguez le fue permitido abrir el sarcófago en que yacía el hombre que causó, esta vez inconscientemente, tantas muertes.

El joven Castañón confirmó en una carta digna su declaración. Todos los interesados dieron permiso a Valdés Domínguez para recuperar, si ello fuera posible, los restos de los estudiantes del apartado lugar en que habían sido enterrados y, después de trabajar incesantemente durante dos días con sus propias manos, ayudado por un amigo y por los negros sepultureros, descubrió al fin todo lo que quedaba en la tierra de sus amigos muertos-ocho esqueletos tendidos uno junto a otro, los cráneos y las costillas quebradas por los proyectiles del pelotón de fusilamiento. Una corbata de seda, algunos botones de cuello y unas hebillas de plata fue todo lo que pudo encontrar para identificar las víctimas de este crimen histórico.

Estas patéticas escenas y su influencia en los asuntos del país ocupan actualmente la atención pública en la isla de Cuba. La alegría de los cubanos por esta vindicación triunfante de los estudiantes no ha sido ensombrecida por ningún exceso de su parte o por alguna irreverencia de aquellos que en días más oscuros fueron los autores del nefando hecho. Palabras de paz son pronunciadas sobre los restos de quienes cayeron víctimas de las furias de la guera, y el justo reconocimiento de la inculpabilidad de los inocentes es probable que contribuya más al bien general que el mismo castigo de los culpables.

José Martí, The New York Herald, Nueva York, 9 de abril de 1887, OBRAS COMPLETAS, Tomo 28, La Habana: Instituto Cubano del Libro, Editorial de Ciencias Sociales, 1973, p. 54.

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