Amigos de José Martí

CÓMO NACIÓ NUESTRA AMISTAD por Fermín Valdés Domíguez

estudiante concienzudo; Camilo Marín, el letrado elegante, Nicolás Marín, el luchador contra aquel su célebre aforismo: “La noche se ha hecho para dormir y el día para descansar”. Pedro Torres, mi compañero en el presidio, espanto de las mamás en la coronada villa, y mi amigo fiel, Trino Márquez, el dandy; Gabriel Zéndegui, el actor inédito y fumador a la usanza oriental; José Inés Ruiz, el guajiro siempre en su bohío; los estudiantes Juan Manuel, Miguel y Tomás Sánchez Toledo, mi buen hermano –el Bachiller- Doctor Eusebio Valdés Domínguez; Eligio Callejas, homeópota, orador republicano, y gran maestro de acordeón; Pedro Córdova, sabio astrólogo; Pruna, farmacéutico por combinaciones con el Municipio de Sancti-Spíritus… y otros más.

Con ansiedad que fortificaba nuestras almas, todos estábamos allí pensando en nuestra patria. Todos esperábamos anhelantes el momento en que se leyera la carta de Cuba –que luego pasaba de mano en mano- que nos escribía por todos los correos españoles que salían de Cuba el valiente patriota estudioso hermano nuestro, Eduardo F. Plá. El nos mandaba recortes de periódicos y detalles importantísimos de cuanto pasaba en Cuba, que le servían a Martí para escribir en “El Jurado” y en “El Americano” de París, y a José Manuel Pascual para deslizar algo en las columnas de “La Discusión”, diario en cuya redacción trabajaba.

Al releer aquellas cartas en las que Plá nos hacía ver nuestro hogar triste, en donde la enfermedad amenazaba la angustiosa vida de la madre siempre llorosa y siempre de rodillas… ¡Oh!, como maldecíamos nuestras enfermedades y nos entristecía la impotencia física que ya quitaba vida a nuestros cerebros enfermos.

Martí y muchos de aquellos estudiantes, han muerto, tócame a mí –y a los que han sobrevivido- honrar hoy a nuestro corresponsal de entonces, al Doctor y Director del Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana, Eduerdo F. Plá, al leal amigo que –siempre cubano- no ha transigido nunca con el deshonor y que al cabo ha podido ver cumplidas de algún modo sus esperanzas, las que lo han hecho –entonces y siempre- trabajar por la libertad y gloria de la patria.

Mi grave enfermedad del estómago, que en ningún clima encontraba alivio, y por lo tanto no me dejaba pensar en una pronta curación, nos hizo ir a Zaraagoza. ¡Y allá llegué con mi enojosa dolencia! ¡Triste y fatal recuerdo de las canteras de San Lázaro y de mis trabajos como presidiario en la Quinta de los Molinos!

Pero en Zaragoza como en Madrid seguimos, muriéndonos, nuestros estudios.

Martí no olvidó nunca nuestros meses pasados en Aragón, ni yo podré borrarlos jamás de mi memoria.

Era la Universidad para nosotros, nuestra casa, nuestro ateneo y lugar de gratísimas emociones. ¿Cómo olvidar pues, ni dejar de querer a aquellos cariñosos catedráticos que gozaban con nuestros éxitos y que tenían a Martí por amigo y compañero más que discípulo?

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