Amigos de José Martí
CÓMO NACIÓ NUESTRA AMISTAD por Fermín Valdés Domíguez
cadena en el presidio como compañero de los jóvenes estudiantes asesinados el 27 de Noviembre de 1871- allá me mandaron las cobardes autoridades españolas de La Habana que temerosas de los voluntarios, dejaron incumplidas las órdenes de las Cámaras españolas y del Rey Don Amadeo de Saboya.
Martí estaba muy enfermo. Dos veces lo habían operado de una sarcoceles producida por un golpe del grillo en las crueles faena de la Cantera.
Nunca se curó de esta, que fue para él terrible dolencia, por las operaciones hechas a destiempo y en muy malas condiciones, y que tantas veces le obligó a guardar cama y le impedía andar.
¡Oh! Pena grande fue la mía al encontrarlo en España enfermo y pobre, viviendo en una buhardilla y comiendo gracias a unas clases que daba en casa de Don Leandro Alvarez Torrijos y de la Señora viuda del General Ravenet. Ocultando él como siempre, sus necesidades, nada decía de sus penas a nadie, y menos a su generoso y leal amigo el español Señor Torrijos ni a la cubana y noble Generala. Delgado, sombrío el semblante, era un condenado a muerte por la enfermedad.
Nuestra primera entrevista fue tristísima. El me veía enfermo y yo lo creía incurable.
… Pero había llegado yo, y ya él no se moriría, y él a su vez, pensaba que con sus cuidados, yo me curaría.
Pronto cambió de aspecto mi hermano. Ya no me pesaban las onzas que mi madre había puesto en mi cinto y recordaba con placer que mi padre dejó en mi cartera una letra para los tres: mis hermanos Eusebio y Martí y yo.
Ya en las habitaciones amplias y hasta elegantes, con buena mesa y buen sastre, y médico acreditado, había elementos para hacerle la guerra a la muerte… y vencerla.
Los doctores Candelas y Gómez Pamo nos atendían. Eran éstos, prácticos notabilísimos que después fueron sabios maestros míos.
Acordaron operar de nuevo a Martí, y en aquella difícil intervención quirúrgica, se vieron los defectos, ya irremediables, de las anteriores. No quedó curado Martí, pero decidimos seguir nuestras carreras, ya que sólo eso podíamos hacer, dado nuestro estado físico.
Al dejar Martí a Cuba, no había terminado sus estudios.
(faltan las cuartillas 34 y 35)
En el año de 1872 –a los diez y nueve de edad, pues ambos nacimos en 1853- renaudamos nuestros estudios en Madrid, y después, en Zaragoza; lugares en donde siempre fue Martí mi hermano y mi compañero en dolores y fugaces alegrías.
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
