Martí: identidad lingüística, cont.
Por M SC Hidelisa Velázquez Pratts
Prof. Tit. Arcenio Velázquez Pratts
estudio lingüístico. Así convertido en elemento de identidad
cultural, el español de Cuba muy pronto reclamó una consideración
nacional-teórica.
Fue precisamente desde el ángulo del “ideal de lengua”,
por contraste resultante del “complejo lingüístico”
frente a España que --en una sistemática tradición folklórico-filológica--
se empezó a tomar conciencia, casi siempre de manera fragmentaria-,
de muchos problemas delatores del modo cubano de expresión.
De este modo, el término “lenguaje criollo” resulta polisémico en tanto recoge desde el habla esclava ininteligible hasta la expresión del criollo cubano; por corruptela del habla popular, se fue especificando en la medida que fue significando “cubana” en el orden social.
La atención dispersa a los problemas de la variación desde los ángulos de la influencia indígena, africana, asiática; o de la diversidad de los estilos culto, popular y familiar, cobra cierta cohesión en el siglo XIX cuando el ideal independentista corrobora la posibilidad de emancipación cultural y los patrones de España, en el plano lingüístico, comienzan a dejar de ser el modelo venerado, al menos en el plano intelectual, y la variante cubana es tenida en mejor estima por sus hablantes.
Sin dudas fue José Martí, quien desde el ejercicio de la docencia y el periodismo, o la crítica literaria, se pronuncia más radicalmente por una estrategia lingüística americana que sobrevierta el pretendido liderazgo español.
CONCLUSIONES
José Martí salió la primera vez de Cuba cuando tenía 17 años. Esto significa que no reúne condiciones para constituir un informante de lengua. A partir de 1871 vive en diferentes normas lingüísticas hispanas: española, mexicana, guatemalteca, venezolana, mexicana y luego se va a los Estados Unidos donde vive los últimos 15 años. Este hecho, junto a su ideología americanista, su concepto amplio de patria y nación, no le permiten sentirse identificado solamente como hablante cubano del español. Más que cubano, se siente americano. En su obra pueden observarse valoraciones acerca del habla de Bogotá, de Caracas, Venezuela (ambos por separado), México, Guatemala y otras. Aboga porque el ideal de lengua no puede ser España. En ello toma en cuenta que la mayoría de los hispanohablantes no vive en la península, sino en América. Por otro lado, observa la gran diferenciación, variabilidad y riqueza morfológica, fonética y léxica del español de América. Su identidad lingüística, que se manifiesta en sus valoraciones y defensa de una lengua “buena, que parece de academia”, responde a su americanismo y esto se puede comprobar en su variada obra escrita en los distintos momentos de su vida.
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
