Martí: identidad lingüística, cont.
Por M SC Hidelisa Velázquez Pratts
Prof. Tit. Arcenio Velázquez Pratts
Asimismo Félix Varela argumentaba la importancia de la lengua materna en cuanto vehículo académico, la cual debía cumplir una misión socializadora, nacionalizadora y a través de ella debía enseñarse la filosofía. El Padre Varela dedicó tiempo a la renovación de los métodos de enseñanza, a enseñar nuevas ideas y a desplazar el escolasticismo de la mentalidad de sus alumnos. El escolasticismo recibió un duro golpe con las enseñanzas del maestro al dictar las clases en español y no en latín. Con esa lengua llamada entonces “vulgar” enseñó a pensar a los cubanos y les permitió sentirse identificados con la tierra natal.
Como se puede ver, ambos Padres, Caballero y Varela, comprendieron tempranamente el valor identitario de la lengua y sus fuertes ligaduras con la formación de un pensamiento propio, nacional. Como dice el lingüista sierraleonés Clifford N. Fyle, “cuando uno dice soy italiano, yoruba o indio, se identifica como miembro de un grupo cultural determinado que habla y se comunica en una lengua determinada”. (El Correo de la UNESCO, 1983: 50).
La implicación de una nueva intelectualidad que piensa, actúa y defiende lo propio, se concreta con la gesta independentista cubana de fines del siglo XIX, cuyo máximo exponente fue José Martí, figura que abordaremos en lo adelante.
Enseñar sus referencias lingüísticas ha sido el propósito de la búsqueda esmerada de Marlen Aurora Domínguez (1988). De ella nos limitamos a parafrasear, a manera de ejemplos, algunas observaciones harto esclarecedoras: las mismas no excusan la lectura íntegra del artículo si se desea entender con profundidad hasta qué punto el máximo portavoz de nuestra identidad cultural concedió profunda reflexión a los problemas políticos que animaban su época de ideales y diatribas lingüísticas.
Sostiene Domínguez que uno de los primeros síntomas de identidad lingüística se revela en Martí a través de su poco aprecio por la gramática que se enseñaba en las escuelas y la crítica que se reducía a “débiles exigencias de gramática”. Para el maestro, la función de la Academia no debe limitarse a recomponer el pasado para salvaguardar la pureza idiomática; más que esto, el académico debe hablar “puramente cosas nuevas”. Y a estas ideas se parangonan otras políticas lingüísticas cuando Martí compara lo que en este orden sucede en Francia y en España. Sostiene que en el país galo los académicos son talentos originales, en tanto que la Metrópolis se entra en la docta institución por razones políticas y al tenor de la influencia de sectores como la iglesia.
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
