Martí: identidad lingüística, cont.
Por M SC Hidelisa Velázquez Pratts
Prof. Tit. Arcenio Velázquez Pratts
le dijera frutto, fruto, fruit, pero que hoy sí lo permitiría. Pero modera su postura y destaca que no debe tomarse la actitud política como pretexto “para descuidar el cultivo de la lengua”.
En la teorización sobre la lengua, nuestro Héroe Nacional se adelantó a su tiempo. Si bien lo antecedió un enfoque academicista, normativo y poco realista para valorar la lengua americana o en su modo de decir “la lengua castellana de América”, no es menos cierto que recibe también magistral y creadoramente las concepciones filosóficas, pedagógicas y lingüísticas de hombres de ciencia y de pensamiento como José Agustín Caballero, José de la Luz y Caballero y Félix Varela.
El Padre Agustín Caballero animaba a la Sociedad Patriótica con la idea “de enseñar de modo cabal y potente nuestro idioma, empeñarse en limpiar, pulir y dar esplendor al instrumento nacional, para que alcanzara un grado de progreso análogo al que cobró a mediados del siglo XVIII” y preguntaba con énfasis y convencimiento de sabio: ¿Por qué vamos a desenterrar los huesos de la lengua hebrea, de la griega y de otras enteramente muertas, abandonando la de nuestra nación? (Papel Periódico, 1802:338).
Su posición revolucionaria se manifestó abiertamente en su campaña contra la Gramática latina de Antonio Nebrija, por no ser la más correcta para la enseñanza de esta lengua. Consideró que su defecto fatigaba a los jóvenes y atrasaba su pensamiento, pues en Cuba no se enseñó la gramática castellana hasta principios del siglo XIX; en España se había comenzado en las primeras letras por decreto de Real Cédula del 23 de junio de 1765 dispuesto por Carlos III.
El “Padre de los pobres”, como lo llamara Martí, abogó porque los preceptores fuesen comunicando a sus alumnos algunos rudimentos de lengua española por ser éste un vector en la formación de la conciencia nacional; aunque muchas instituciones se oponían a estas reformas como la Universidad de La Habana. En el Convento de San Agustín –por excepción- se enseñaba el idioma español una vez por semana, hecho que Caballero llama “la feliz y deseada revolución”.
El Padre Caballero insistía en que el estudio de la lengua propia enseña a todos “a pensar, a discurrir, a escribir, a hablar precisamente a base de un instrumento que tiene en sí los signos con que más comúnmente representamos nuestras ideas” (Agramonte: 41).
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
