El Epistolario Martiano
Cartas a Doña Leonor, (cont.)

Por Hildelisa Velázquez Pratts y María Rodríguez Peña.

Viaje del que no regresó físicamente. Al conocer de su muerte, ¡ cuánto dolería esa expresión, bella en apariencia, a la madre sufrida! Y aún le dice más en nota aparte: “No padezca”. Esto era imposible para aquel mártir corazón.
 
A una de sus cartas esta “tierna opositora”, al decir de Guillermo Cabrera Álvarez, contesta y explica: “Mucho me ha afligido tu carta, hijo mío, pero por lo mismo que sé cómo está tu alma, es por lo que no vivo cuando faltan tus cartas. Si tu vida fuera alegre y desahogada no las desearía tanto”.
 
Martí era un espíritu melancólico, un alma triste. El discurso con el que inaugura su ciclo revolucionario, “Con todos y para el bien de todos”, es un ejemplo de la tristeza de su naturaleza. En cada discurso surgía aquel presentimiento de morir en los campos de Cuba; puede decirse que desde el primer instante firmó el pacto de caer combatiendo por el ideal que predicaba. Ya en la tierra que había abonado la generación del 68, entregaría su vida con el fin de que las generaciones posteriores tuvieran un ideal por qué luchar. Máximo Gómez trató de impedir a toda costa que el mártir de Dos Ríos lo acompañara a la Isla; en esta lo relegó a un lugar donde no arriesgara su preciosa vida. Sin embargo, Martí no podía estar en la retaguardia cuando su pueblo, convocado por él, peleaba por la liberación nacional. El arrojado combatiente, desobedeciendo las órdenes de Gómez, carga contra el español y, como había anhelada, riega su sangre en el campo insurrecto. Allí mató su tristeza callada.
 
Este presentimiento o decisión de morir está presente ya en su segunda carta. Desde Hanábana escribe a su madre: “mi vida, que auguro que ha de ser corta (...). La amiga de Martí –Blanchie Zacharie de Baralt- ha narrado: “(...) contaba mi marido que una noche que Martí durmió en su cuarto, lo despertaron unos suspiros profundos y unos quejidos lastimeros. ¿Qué le pasa, Martí? Le preguntó Luis, alarmado. Aquel, abriendo los ojos, exclamó: ¡Ay, las madres, las madres, cuánta sangre y cuántas lágrimas van a correr en esta revolución a que voy a lanzar a mi país!”.(12)
 
En esa respuesta estaba el recuerdo de su madre. Esta digna señora del silencio en los años que siguieron a la muerte de Martí ha descansado más en el olvido que en el recuerdo de los cubanos. En 1898, ciega y pobre, fue rescatada del abandono absoluto por el Delegado del PRC _Tomás Estrada Palma- a petición de Carmen Miyares, desde Nueva York.
 
Por esta vía doña Leonor viaja a los Estados Unidos acompañada de su hija Leonor (Chata) y dos nietos. Allí recibió afecto de los emigrados de Tampa y Cayo Hueso; aun cuando sabemos que su dolor no desaparecería, al menos el cariño y las atenciones de los que amaron y respetaron a su hijo la ayudaron material, física y espiritualmente. El 4 de marzo de 1898 le había escrito a Carmita Miyares: “(...) no sé para qué Dios no me llevó a mí primero que a él pues no puedo ni tener el consuelo de ver su retrato, ni sus letras. “Doña Leonor estaba rebosante de salud”(13) - contaba días después Lorenzo del Portillo, corresponsal de Patria- pero estaba ciega.

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