El Epistolario Martiano
Cartas a Doña Leonor, (cont.)
Por Hildelisa Velázquez Pratts y María Rodríguez Peña.
Puede observarse cómo esas expresiones de 1869 a 1895 han ido elevando
su carácter generalizador. Constituyen síntesis de su pensamiento
ético; asimismo puede evidenciarse que su primera carta carece de expresiones
muy abstractas, en correspondencia con su mente aún infantil.
No obstante, como apuntábamos antes, al no tener todas las cartas que
escribió el mártir de Dos Ríos a su progenitora, se rompe
la consecutividad real. Los cambios, por tanto, resultan pronunciados. Ese
estilo profético –más de Isaías que de Cicerón
–señaló Unamuno- no aparece en la carta de 1862. En esta
el lenguaje es más directo y cotidiano. Su última carta, la
más conocida entre los cubanos, resulta la más profunda y elaborada,
tanto desde el punto de vista de su contenido (pensamiento) como de la expresión
que encuentra el poeta para despedirse de su madre. No en balde don Miguel
de Unamuno la califica como “una de las más profundas y poéticas
oraciones”.
En estas cartas fluye –más que la palabra- su pensamiento, su
verdadero sentir. Dicho con sus palabras: “A otros puedo hablar de otras
cosas. Con Ud. Se me escapa el alma, aunque Ud. No apruebe con el cariño
que yo quisiera sus oficios” (1895).
Todas sus cartas a doña Leonor llevan pesar, tristeza. Como para que
ella llore sin freno. Es el hombre por dentro y sin límites de expresión.
Al fin y al cabo es ella quien lo entiende todo, lo perdona todo, lo arriesga
todo. Muchas frases deben haber causado hondo dolor a esa mujer que apenas
vivía por el sufrimiento de su hijo. Veamos algunas:
• Es verdad que usted padece mucho; - pero también lo es que
yo padezco más. (1869).
• En la cárcel no he escrito ni un verso.- En parte me alegra
porque ya usted debe saber cómo son y cómo serán los
versos que yo escriba. Ibíd.
• (...) tengo un corazón tan chico como herido. Ibíd.
• Caí unos días cuando la reforma fue muy grande; pero
me levanté. (1892).
• Mucho la necesito: mucho pienso en Ud. Nunca he pensado tanto en Ud.:
nunca he deseado tanto tenerla aquí. No puede ser. Pobreza, miedo al
frío. Pena del encierro en que la habría de tener (...) Ibíd.
• (...) los tiempos son malos, pero su hijo es bueno. Ibíd.
• Ud. No está aún buena* de sus ojos, y yo no me curo
de este silencio mío. (1894). *Nuevamente utiliza el adjetivo buena
por el adverbio bien.
• Ni nada, aún en lo egoísta, hubiera podido adormecer
mejor mi bárbara, mi inacabable pena. Muerde, muerde, no me lo puedo
arrancar del costado. (1894).
• Siento que jamás acabarán mis luchas. Ibíd.
• La muerte o el aislamiento serán mi premio único. (1894).
• Toda la verdad y la tristeza de su hijo (despedida de 1894).
• (...) conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía,
el recuerdo de mi madre. (1895).
• Hoy 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje (...) 1895.
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
