El Epistolario Martiano
Cartas a Doña Leonor, (cont.)

Por Hildelisa Velázquez Pratts y María Rodríguez Peña.

Aquí en “Abdala”, como en otros textos martianos, Martí eleva su concepto de madre. Una de sus manifestaciones es la reverencia ante ella. Obsérvese el encabezamiento de la primera carta: “A mi señora madre doña Leonor Pérez”. La escribe desde Hanábana el 23 de octubre de 1862, es decir, a tres meses de cumplir sus 10 años. Nótese el respeto que se infiere de mi señora madre. La distancia establecida se acorta con el saludo que ya nunca más veremos en las cartas conservadas: estimada madre. La comienza con este tradicional modo con el que aún algunos inician una carta: “Deseo antes de todo que Ud. Esté buena* , lo mismo que las niñas, Joaquina, Luisa y mamá Joaquina”.
 
Sus temas son narrativos: cuenta lo que hacen él y el padre, lo que acontece en aquel lugar y que constituyen novedades. Su despedida es también formal: “Y no teniendo otra cosa que decirle déle expresiones a mamá Joaquina [...] y Ud. Recíbalas de su obediente hijo que la quiere con delirio. J. Martí”. Este formato tradicional de iniciar y terminar una misiva no reaparecerá en las demás cartas de este singular, original y libérrimo epistológrafo.
 
Su firma –nombre y apellido- será lo común con cartas posteriores. En ocasiones alternan con Pepe y José.
 
El saludo más frecuente ha sido madre mía, presente en las cartas de 1869, 1892 y 1895. En la primera y la última mencionadas pide la bendición.
 
Los contenidos de las cuatro cartas siguientes podemos resumirlos así:
• Situación que rodea el momento de escribir.
• Necesidad que siente de su presencia: qué significa ella para la soledad y tristeza de él.
• Asunto que lo ocupa en esos momentos.
• Sus motivos de gozo y de dolor.
• La responsabilidad de los padres en el destino elegido por él.
• Asuntos familiares.
• Su más alto deber: la libertad de su pueblo.
 
Si singular es el formato - informato, pudiéramos decir- de estas epístolas, no dejan de serlo las sentencias utilizadas por este maestro de la palabra. Queremos citar algunas porque se han utilizado con frecuencia en diversos contextos sin que pierdan su sentido:
 
• ¡Dios quiera que en medio de mi felicidad pueda yo algún día contarle los tropiezos de mi vida! (1869)
• [...] los tiempos son malos, pero su hijo es bueno (1892)
• Usted lo sabe todo: esta palabra de hijo me quema. (1892)
• [...] mientras haya obra que hacer, un hombre entero no tiene derecho a reposar. (1894)
• Preste cada hombre, sin que nadie lo regañe el servicio que lleve en sí. Ibíd.
• ¿Y de quién aprendí yo mi entereza y mi rebeldía, o de quién pude heredarlas, sino de mi padre y de mi madre?
• Mi pluma corre de mi verdad: o digo lo que está en mí o no lo digo. Ibíd.
• Mi porvenir es como luz del carbón blanco, que se quema él, para iluminar alrededor.
• El deber de un hombre está allí donde es más útil. /1895)
• ¡Ojalá pueda algún día verlos todos a mi alrededor, contentos de mí! (1895)
• [...] jamás saldrá de mi corazón obra sin piedad y sin limpieza. Ibíd.
• No son inútiles la verdad y la ternura.

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