El Epistolario Martiano
Cartas a Doña Leonor, (cont.)

Por Hildelisa Velázquez Pratts y María Rodríguez Peña.

En la primera fase de esta investigación –revisión bibliográfica- anotamos las respuestas de tres personalidades respetables al preguntarles cuáles cuestiones, según su juicio, deben investigarse en el futuro. Manuel Isidro Méndez, Manuel Pedro González y Juan Marinello coincidieron en que “el epistolario permanece huérfano todavía de un estudio que escudriñe y revele su belleza y su valía ética y cogitativo”(9).
 
De ese momento al presente -2004- no existen grandes diferencias. Muy poco hay en torno del estudio de las cartas martianas, a pesar de que dentro de la “pluralidad de expresiones literarias que Martí cultivó la epistolar es una de las más bellas que puedan encontrarse en lengua española.”(10)
 
En esta cuestión nos acercaremos de manera particular a la correspondencia familiar y de ellas, a la que mantuvo Martí con Doña Leonor Pérez, su madre.
 
Para muchos puede resultar sorprendente que de un hombre como nuestro Héroe Nacional, quien se multiplicaba haciendo cartas todos los días, transmitiendo aliento a tantos corazones y a la vez alimentando el suyo, solo encontramos en un número de cinco, las que dedicó a su madre. Varias podrían ser las razones: la primera, porque la situación política de Cuba llevó a muchos a eliminar gran parte del epistolario con el fin sano de garantizar su seguridad personal.
 
Doña Leonor le refiere a su hijo en carta fechada del 14 de octubre de 1881: “Es el caso que yo guardaba todas tus cartas con la esperanza de que algún día tendríamos tranquilidad para repasarlas juntos y reír o llorar con ellas, pero viendo que esto se alarga mucho, que yo puedo morir y ellas ir a parar a manos extrañas, determiné romperlas, pero no tuve valor sin darles otro repasón, y como algunas tienen ya la tinta apagada, he hecho mucho esfuerzo, pero ya se acabó la obra, y no me pesa pues raro era la que no tenía un ramalazo que no me hubiera gustado que otro las leyera”.
 
La segunda razón podría ser que a Martí le resultaba difícil enfrentar con frecuencia la contradicción constante de que eran portadoras los rasgos maternales, con las que conmina a la renuncia de sus ideales. Veamos sus justificaciones en carta a un amigo, Viniegras. “¿Cómo es que V. tan vivo en mis recuerdos, y tan especialmente estimado, ha venido a padecer la suerte que mi misma madre corre a veces, y que me hace pasar plaza de descortés y desamorado, a mí para quien la cortesía es una virtud, y la sobra de amor habitual estado? Perdóneme, mi noble amigo, que yo soy una tempestad en el seno de una nube azul. Es que tengo largos días de sombra, que suelen durar meses. Me falta en ellos fuerza para llevar a la mano los pensamientos”.
 
Esto no implica - vale la aclaración- que las cartas de doña Leonor estuvieran desprovistas del cariño maternal o de la ternura necesaria que la madre profesa al hijo. Es la anciana desengañada, enferma y triste que necesita mucho el afecto de su hijo y la tranquilidad familiar, en la que se educó. Y por otra parte, para Martí, el aliento de su progenitora fue muy importante. Siempre la añoró y tuvo presente. Así lo manifiesta en carta de 1895: “[...] conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre”.
 
Tercera razón por la que se puede inferir la ausencia de otras cartas está dada en las siguientes palabras del Maestro: [...] A esa tierra infeliz donde usted vive no le puedo escribir sin imprudencia, o sin mentira. Mi pluma corre de mi verdad: o digo lo está en mí, o no lo digo. Luego este hablar de sí tan feo y tan enojoso” (15 de mayo de 1894).

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