El Epistolario Martiano
Cartas a Doña Leonor
Por Hildelisa Velázquez Pratts y María Rodríguez Peña.
No quedan dudas de la calidad de toda la obra escrita de José Martí.
Y mucho menos de lo que representa su amplio epistolario para la literatura
hispanoamericana. Al conocerlo, Rubén Darío aseguró:
“Tan solo su epistolario hubiese bastado para la segura inmortalidad”.(1)
Y cuando Darío se refiere a sus cartas nos dice que “fueron sencillamente
un libro”.(2)
Un libro: enseñanzas, instrucciones, sabiduría. Todo esto significa
un libro. ¡Cuántas riquezas pueden encontrarse en el epistolario
martiano! En cada carta está el hombre, el maestro, el libertador,
el padre, el hermano, el buen amigo, el amante del bien, el hijo, el poeta.
“Sus palabras parecen creaciones, actos. Están, desde luego,
escritas en una lengua conversacional, pero de uno que habla mucho consigo
mismo, son de estilo de monólogo ardoroso”.(3)
Opina Don Miguel de Unamuno que son verdaderas epístolas. Este admirador
del epistolario martiano escribiría una vez: “En cuanto a Martí
fuí [sic] de los primeros en hablar de él en España.
Lo que me lo reveló un hombre, todo un hombre, y un maravilloso escritor,
fueron sobre todo sus cartas”.(4)
Las mismas presentan un lenguaje embellecido por la frase imaginativa, el
adjetivo que nunca falta, la palabra tierna, la prosa elocuente. “A
dos categorías pertenecen sus cartas: las movidas del propósito
de captación política y las destinadas a la comunicación
entrañable con sus familiares y amigos mejores. En ambas direcciones
encauza Martí la fuerte tradición española del epistolario
sobrio, sentencioso y sensible”.(5)
Sus cartas, como todos sus escritos, están nutridas de poesía.
Por ello afirmó el guía de la Generación del 98 español.
“Son cartas de poeta, no de orador”.(6)
Martí logra con este género guiar, aconsejar, consolar, enseñar,
con la virtud de la comunicación respetuosa, tierna y afectiva. Su
intención no es conversar o hablar de sí mismo. Más que
nada, escribe para dar calor a las almas y buscarlo para la suya.
Como afirmara Manuel Pedro González: “Martí fue un epistológrafo
fecundísimo y proteico. Amaba la comunicación oral con seres
queridos y con intelectuales de rango. Era, según el testimonio de
cuantos lo conocieron, un conversador brillante y deleitoso. Sus cartas a
los amigos intelectuales ausentes no son más que la prolongación
del diálogo vivo por otro medio o conducto, que de auditivo se torna
visual. De ahí la naturalidad, la franqueza y el encanto insuperable
de sus cartas –principalmente las familiares y amistosas.”(7)
Las epístolas martianas constituyen joyas literarias e “integran
una de los epistolarios más valiosos de la lengua española”.8
Algunas muy citadas, y recitadas otras como si fueran poemas o trozos de ellos.
Sus cartas a Manuel Mercado, a María Mantilla, a Gonzalo de Quesada,
a su hermana Amelia, la escrita a su madre el 25 de marzo de 1895 lo ejemplifican.
Alcanzan lo clásico en nuestras letras bellas y prestigiadas por plumas
como la de nuestro Martí.
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
