Al encuentro de José Martí

José Francisco Vales Bermúdez

No creo que lo que hoy les narro me haya ocurrido solamente a mí. Mi encuentro con José Martí se produjo de forma muy diferente en varias etapas de mi existencia. A finales de 1940, que fue la década en que me tocó nacer, los bustos y estatuas de Martí eran ya omnipresentes. En casi todas las ciudades de Cuba, por no decir que en todas, también había avenidas y calles que llevaban el nombre del Maestro. Hoy esa situación no ha cambiado, pero no siempre fue así. Poco después de la proclamación oficial de la República de Cuba en 1902, Martí era casi un desconocido para muchos cubanos en la Isla. Esto lo reconoce el gran Máximo Gómez en una carta fechada en 1902:

“Fue José Martí muy poco conocido de sus compatriotas, los cubanos, en el verdadero, esplendoroso apogeo de su gloria. La verdad sea dicha: yo no he conocido otro igual en más de treinta años que me encuentro al lado de los cubanos en su lucha por la independencia de la Patria.”(1)

Entre los círculos de cubanos más informados y de antiguos patriotas, no todos compartían la misma opinión acerca del cometido que Martí había desempeñado en la organización de la guerra de independencia de Cuba. Tuvieron que transcurrir varios años para que los cubanos conociéramos todo lo que realmente Martí nos había legado.

Mis primeros contactos con la figura y la obra de José Martí se remontan a los primeros años de mi vida. Cuando tenía cuatro años de edad, mis padres alquilaron un apartamento en la calle Hospital, muy cerca de la Fragua Martiana(2). Desde el pequeño balcón de ese apartamento podía divisar las multitudes de personas, en su mayoría niños vestidos con uniformes escolares, que día a día visitaban el lugar para rendirle homenaje al ilustre cubano. A esa corta edad me resultaba imposible comprender el fervor de aquellos visitantes. Luego, durante mis años iniciales de escolarización en La Habana, poco aprendí de su vida y obra: Martí era entonces para mí un gran patriota, pero sobre todo, un excelente poeta. Mis primeros contactos con Martí como autor fueron “Los zapaticos de rosa” y “La niña de Guatemala” y como editor, “La Edad de Oro”. Cierto es que me hablaron de su labor patriótica, pero el énfasis de las enseñanzas sobre Martí en esas escuelas privadas en las que aprendí las primeras letras siempre recaía en su labor literaria.

Gran parte de mi infancia la pasé en Nueva York, la ciudad que Martí más conoció y posiblemente de la cual más escribió en sus artículos para periódicos y revistas latinoamericanos. Sus “Cartas desde Nueva York” y muchos otros trabajos son una especie de cronología histórica del desarrollo de esta gran ciudad. Es lamentable que muchos de esos artículos solamente se puedan consultar en español y que sigan siendo desconocidos hasta para los propios historiadores de la ciudad de Nueva York. Seguro estoy de que en estos artículos encontrarían muchos datos de gran utilidad para sus investigaciones, porque todo lo que escribía Martí, además de haber sido escrito con ese talento inigualable y lenguaje exquisito, fue fruto de minuciosa búsqueda informativa. Por supuesto que en las décadas del 50 y 60, Martí aún era un personaje poco conocido en Estados Unidos. De ahí que mi estancia en Nueva York poco o nada contribuyó a conocer mejor a nuestro Apóstol.

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(1) Máximo Gómez, “Carta a Francisco María González”, publicada en Bohemia el 25 de enero de 1963.
(2)Para una breve historia de cómo surgió y se desarrolló la Fragua Martiana, véase: http://www.trabajadores.co.cu/marti/fragua/home.htm

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