Martí en Nueva York por el Dr. Eduardo Lolo, (cont.)
Martí siempre intentó mantenerse en contacto con los cubanos residentes en los lugares en que vivió, y fundar o apoyar muchos de sus esfuerzos. Es más, al cabo de los años se convertiría en la figura fundamental del sueño cubano, aunando bríos, recursos y voluntades a su alrededor. Mas ello no le impidió vivir plenamente en el país en que se encontrase mientras sangraba el dejado atrapado en el adiós a la familia. Soñaba en Cuba, pero vivía en los EE.UU. Todos destacan su labor editorial al frente de Patria (el periódico encaminado a promover la independencia de Cuba), pero a veces subestiman su trabajo como cronista en inglés en The Sun o el carácter panamericano de La Edad de Oro. Su vivir, plenamente, en Nueva York puede comprobarse incluso en sus escritos en español. En efecto, una lectura atenta de las muchas crónicas que escribió para los mejores periódicos hispanoamericanos de entonces permite hacer un seguimiento de su estancia en la gran ciudad y el monumental país donde estaba enclavada. Así, es posible ver a Martí en la inauguración de los más importantes monumentos concluidos en el período tales como la Estatua de la Libertad y el Puente Brooklyn, asistir a exposiciones de pinturas, espectáculos teatrales, recitales, conferencias, etc. que nada tenían que ver con la colonia cubana en particular o la hispana en general. De la mano de su pluma lo vemos observar con ojo analítico el panorama político local y nacional, sus asuntos religiosos, laborales, etc. Martí describe a Nueva York ‘desde dentro’, con pleno dominio de sus muchas complejidades; algo no muy común ni siquiera en la prensa anglosajona de la época, enfrascada en un duelo de sensacionalismo. Porque es el caso que Martí sí vivió en el país donde residía, y enteramente.
Lo precedente no implica que Martí haya utilizado ese alto grado de incorporación a manera de evasión de la Cuba que le sangraba en el pecho. Su caso demuestra que todo emigrante puede sumarse al nuevo medio sin pretender ser algo diferente de lo que en realidad es. Martí nunca intentó pasar por quien no era ni podía ser. Se comporta como norteamericano sin dejar de ser cubano con la misma facilidad con que antes había procedido como venezolano o guatemalteco sin menoscabo alguno de su cubanía. En el centro de su anexión había una vocación de servicio por el sitio y el pueblo que lo acogía, no una huida de sus raíces. Era su método incorporarse con su Cuba en progreso al nuevo medio y, consecuentemente, agregar lo mejor de ese medio a la progresión de la cubanía. José Martí no fue nunca un hombre de gheto cultural, quien sabe si por haber alcanzado esa difícil dualidad de ser en Cuba y estar en otro lugar a la vez, ambos a plenitud.
Durante esos quince años el hombre se integra a la ciudad y la ciudad se funde al hombre. Nada escapa a los ojos del joven hispano en tránsito hacia la historia: tanto lo bueno como lo malo, lo encomiable y lo repudiable, hallan espacio en la pluma martiana. Y de la ciudad adquiere el hombre el ritmo rápido, la fiebre en sobresalto, la respiración entrecortada, el vivir siempre a prisa, los relojes asaltados: precisamente lo que hizo tan productivos esos 15 años.
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©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera

