Para llegar al Ismaelillo, (cont.)
Es así como este poeta sin miedo a la ternura, abre su pecho-senda-cueva para regalarnos una palabra virgen en la que, durante mucho tiempo, la crítica solamente subrayó algunos términos más o menos exóticos -carcaj, sílex, nácar- y donde, sin embargo, lo verdaderamente original está en esas imágenes sin límites, en esa capacidad propia de su pensamiento para establecer relaciones insospechadas entre los más diversos rincones de la realidad, a partir de un uso del lenguaje tropológico (símil, alegoría, símbolos, metáforas, sinestesias), con un sentido que puede entenderse como plenamente moderno. Lenguaje tropológico que no es, en Martí, adorno del que pueda prescindirse, sino instrumento expresivo, medio esencial para la comunicación de ideas y sentimientos.
Valga decir, en honor a la verdad, que Martí fue un iniciador en muchos sentidos, porque fue, ante todo, un agudo observador y asimilador de la época; y la suya fue, justamente, aquella en que comenzaba a nacer eso que ahora la crítica, ante la necesidad de fijar los límites de tiempo para indagar los orígenes de la tan traída y llevada Post-modernidad, llama Modernidad. Ese último cuarto del siglo XIX, con todos los fenómenos culturales que se suscitaron en el mundo, fue el preámbulo para el desarrollo de lo que hoy conocemos como el arte y la literatura modernos. Todo el cambio de sensibilidad de la cultura en el siglo XX, tiene su embrión en ese momento de la historia mundial. Y la cultura hispanoamericana tuvo, en hombres como José Martí, un espectador y protagonista lúcido y absolutamente consciente de todo ese proceso.
Entremos pues, en este libro-niño que nos abre sus versos-brazos cariñosos y profundos. El camino es firme bajo nuestros pies pero, como el poeta, sentiremos nacer, sobre nuestros hombros, alas.
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
