Para llegar al Ismaelillo, (cont.)
Ismaelillo es, efectivamente, una fiesta de los sentidos. Desde las percepciones más sencillas que nos llegan a través de formas y colores, hasta las más complicadas, que se desdoblan entre las imágenes poéticas atrevidas, el libro nos llena de un mundo rico en vivencias sensoriales. Sus dos ojos parecen/ Estrellas negras/ Vuelan, brillan, palpitan, / relampaguean/. ¡Cuánto se ha dicho en esas solas palabras, que nos hacen ver, sentir el movimiento de los ojos! Pero la imagen no se queda en la percepción sensorial; más allá nos aguardan los estremecimientos humanos que se materializan en los efectivos verbos martianos, puestos a formar símiles donde la naturaleza (que vuela en las aves, que palpita en el corazón, que relampaguea en el cielo lluvioso) es convocada para nombrar el espacio de los sentimientos humanos, para comunicarnos la interrelación entre el padre desdoblado en sujeto lírico y el niño.
Se ha escrito, con razón, que Ismaelillo está situado ya en el momento de maduración del quehacer literario martiano. En efecto, en él encontramos todo lo que caracteriza el estilo del poeta, ya anunciado en algunas peculiaridades de sus versos tempranos, y desarrollado con creces en su obra poética mayor: la profundidad de pensamiento que abarca no sólo las preocupaciones sentimentales más íntimas, sino inquietudes en los terrenos social, filosófico y estético; los vínculos con cierta zona de la sensibilidad romántica, y al mismo tiempo, la imposición conciente de una manera nueva de entender las relaciones entre el artista, su obra y la realidad, trazada en una poética que recorre toda su obra; la renovación de las formas tradicionales de la métrica española.
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
