Para llegar al Ismaelillo, (cont.)
No parece difícil explicarse el por qué de estas otras posibles asociaciones. Sara, como la figura que se impone ante el hijo natural Martí, obligándolo a vivir en el destierro-desierto, por la culpable inocencia de un nacimiento en tierra que no le pertenece, ya que su primogenitura ha sido mutilada a la sombra del destino colonial.
La sierva Agar, por su parte, tiene una proyección posible en la Cuba esclava confinada al destierro en su propio territorio; destierro de su libertad, de su autodeterminación, de su honra. Pero nos trae también la imagen de la madre que sufre en su carne el destierro del hijo varón.
Puestos a buscar asociaciones, podríamos entrar en un camino sin fin,
porque ello constituye parte no sólo de la poética martiana,
que como se ha señalado antes, está ya presente, de forma plena,
en el poemario, sino también de su esencia contemporánea.
Solamente conociendo estos antecedentes, podemos enfrentarnos, con las armas
necesarias, a un libro tan amoroso y a la vez tan complejo como Ismaelillo,
que ha de valorarse por la plenitud de su lenguaje poético, pero ha
de verse también como un reflejo de toda esa riqueza interior del poeta,
fraguada a saltos de la vida. No es un libro hecho jugando, sino sangrando;
y ahí está la explicación de la alegría y frescura
que nace de páginas tan hermosas cargadas, sin embargo, de una fuerza
casi misteriosa que nos arrastra, nos envuelve y nos deja, una vez apagada
la risa del jinetuelo de los pies pequeños que salta entre sus páginas,
cierto triste sabor en el corazón.
Otro asunto, no menos importante que este, es el relacionado con las circunstancias en torno a su condición de libro renovador de las letras hispanoamericanas. Cuando en 1888, Rubén Darío publicó el Azul, tuvo lugar una revolución dentro de las letras hispanas. No se trataba solamente de un nuevo lenguaje, que barría rotundamente con la ya desgastada retórica del Romanticismo decimonónico; se trataba de un espíritu que nacía en la cultura espiritual del Nuevo mundo, espíritu de expansión, ansias de romper ataduras regionales y volar, de hablar una lengua poética en que se vieran reflejadas no solamente las almas nacionales, sino todo el mundo.
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
