Para llegar al Ismaelillo, (cont.)
En Venezuela renacieron planes que Martí no dejaría nunca de alimentar. Pero ya el creador de la Revista Venezolana, de la cual solamente salieron dos números, había sufrido muchos golpes. Tenía Martí solamente 28 años cuando comenzó sus proyectos en la tierra de Bolívar, y la experiencia, sin embargo, de quien ha vivido mucho y duramente. La sociedad, en los diversos países conocidos hasta el momento, le había enseñado ya muchas cosas buenas, y muchas cosas terribles a las que tendría que enfrentarse más de una vez.
Así le sucedió en Venezuela, donde un texto sobre Cecilio Acosta (1818-1881), trajo para él la amarga consecuencia de verse prácticamente “echado” del país. El trabajo de Martí, una de sus mejores semblanzas de hombres ilustres de la época, no era un texto de contenido político. Sin embargo, Cecilio Acosta, que además de su importante pensamiento pedagógico, se atrevió al ejercicio del criterio sobre los problemas políticos de su época y país en medio de un gobierno autoritario – tan característico en la historia latinoamericana-, era una figura que gozaba de escasas simpatías en los medios oficiales. A pesar de ser un intelectual ilustre, y lo mejor, un hombre frecuentado por una zona de la juventud ansiosa de escuchar su palabra, su obra era prácticamente silenciada, ignorada. Martí, ya se sabe, no era un hombre de medias tintas. Incapaz de cambiar la pureza de su conciencia por una “estabilidad económica o familiar”, no vaciló en incluir en el segundo número de su Revista Venezolana, y a propósito de la muerte de Cecilio Acosta, un texto que no puede calificarse de otro modo que impresionante, no solamente por su evidente intención de reivindicar la imagen de un gran hombre ignorado por los medios poderosos, sino también por su belleza misma como hecho literario. Entendida la simpatía martiana por Cecilio Acosta, como un gesto político -sin dudas lo era, con independencia del contenido del texto -, el final no podía ser otro.
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
