Ismaelillo: naturaleza, poesía y lenguaje, (cont.)
Por otra parte, la naturaleza no es sólo paisaje, no es sólo
fuente de referencias sensoriales o espejo del mundo interior, sentimental
o ideológico del poeta; su presencia se expresa conforme a cualidades
objetivas, tangibles, propias, no únicamente o absolutamente resultantes
de un proceso de subjetivación. Aun cuando el poeta no puede sustraerse
a ese proceso, sus convicciones filosófico-religiosas ---en las que
la naturaleza es primaria, creadora, fuente, guía y no mero espejo---,
le dan un fuerte sustrato a su poesía, marcado por esa tendencia a
la comprensión del mundo natural en una objetividad -de ahí
la fuerza, la vitalidad, la verosimilitud de sus visiones-, que, por supuesto,
dados los presupuestos, van más allá de la existencia puramente
material, para devenir propopopeya filosófica mediante el acto de animación
que da, al universo creador, el papel conductor, rector, en el más
amplio sentido; la presencia de la naturaleza se perfila, entonces, conforme
a la concepción martiana del mundo. La imagen poética martiana,
nutrida de un universo así concebido, adquiere una vitalidad, una autonomía,
una fuerza expresiva en sí misma, esa misma connotación de lo
primigenio donde radica, estoy segura, una de las explicaciones para entender
su permanencia en el tiempo y la memoria, su perdurabilidad, su inagotabilidad,
más allá del momento histórico en que fue concebida.
Al mismo tiempo, ese lenguaje poético, además de recurso expresivo,
se ve acentuado en su papel de instrumento cognoscitivo que viabiliza, en
este caso, la posibilidad de expresar, mediante la palabra, una visión
de la realidad en que late esa comunión espiritual, humana, social,
con la naturaleza, en la batalla muy concreta por la vida, sin sentido de
evasión, sin idealización.
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
