
Lic. Norma Normand Cabrera
Las primeras sesiones del Seminario Martiano las dedicaba Quesada a repasar los datos biográficos de José Martí. Digo repasar porque eran los muy conocidos: origen de los padres, lugar y fecha de nacimiento, primeros años…
Le resultaba notable 1860, cuando Pepe comenzó a estudiar en el colegio de San Anacleto, dirigido por el destacado pedagogo cubano Rafael Sixto Casado y Alayeto, pues en esta escuela conoció a Fermín Valdés Domínguez, compañero de aula devenido cómplice-amigo entrañable, y quisiera comentar al respecto algo curioso acotado por Quesada: lo diferentes que eran Martí y Fermín, en el carácter, en el temperamento, hasta en las aficiones. A juicio de mi maestro, la clave de aquella amistad se encontraba en el contraste entre el modo de ser de Fermín, relajado y bromista, y la seriedad y el empaque del amigo, porque cada uno encontraba en el otro la parte que faltaba de sí mismo. Contaba que el amigo común, Gonzalo de Quesada y Aróstegui, fue testigo en muchas ocasiones de cómo solamente Fermín lograba contagiarle a Pepe la alegría que necesitaba para mitigar una contrariedad o un disgusto.
A esta altura de mi relato debo explicar que en el Seminario todos éramos libres de preguntar lo que deseáramos, nuestro viejo maestro nos lo había autorizado desde la primera clase, pero él retenía la libertad de responder lo que quisiera, como quisiera y cuando quisiera. De esas reglas del juego, la principal era que sólo admitía preguntas sobre hechos ocurridos hasta el entorno de 1902, y jamás de sucesos que involucraran a personajes contemporáneos.
Un alumno del curso le preguntó a Quesada si Martí y Fermín eran de la misma estatura, a lo que el aludido contestó, sin inmutarse, con aquella manera suya de mirar fijo, primero al que preguntaba, después a todo el auditorio y de nuevo al interlocutor:
“Mire, joven, sé que hasta han buscado fotos en que aparecen juntos para tratar de medirlos, lo cual me parece una tontería, porque en algunas están sentados, y si están de pie no se sabe si estaban en el mismo plano, o uno más para atrás y otro más hacia delante, pero como ellos eran amigos, no boxeadores, a mí nunca me interesó preguntarle eso a mi padre, así es que siento no poder responder su pregunta”.
No había arrogancia en sus respuestas, estaba muy acostumbrado a oír cualquier cosa, consideraba natural que algunos tuvieran curiosidad por conocer detalles y hasta banalidades, si se quiere, de la figura del Apóstol, en tanto fuese sin asomo de burla y con el debido respeto a su memoria.
En 1865, don Francisco Arazoza, compadre de la familia Martí-Pérez, asumió los gastos de José Julián en la Escuela Superior Municipal de Varones.
Para la mayoría de los alumnos del Seminario resultó novedosa la revelación de Quesada acerca de que, en parte por la pobreza del hogar, en parte por desconocimiento de la potencialidad de aquella criatura, a don Mariano Martí le interesaba que el hijo aprendiera en la escuela lo elemental para comenzar a abrirse paso en la vida, mismo propósito que lo llevó a pagarle clases de inglés desde muy temprana edad: su aspiración era verlo detrás de un mostrador, o repartiendo mandados, cuando más en una oficina, y mientras más pronto, mejor: había en casa muchos por mantener y muy poco dinero para hacerlo. Siendo casi un niño contribuía Pepe al sustento familiar, ya fuera como dependiente de una bodega, o para “llevar” los libros, y a fines de 1866 prestó servicios de mensajero a un peluquero de actores, labor que realizaba muy a gusto, pues le daba derecho de acceso a los teatros por la puerta trasera. Las representaciones teatrales lo confortaban un poco de su jornada como bodeguero, sin importar que las viese tras bambalinas.
Por la insistencia de Rafael María de Mendive, director de la Escuela y maestro del adolescente, comprometido a correr con los gastos de sus estudios hasta terminar el Bachillerato, aceptó el valenciano cambiar el rumbo de sus aspiraciones respecto a su único hijo varón. Mendive había descubierto en él una natural inteligencia y una vocación de recta conducta, así es que se esmeró en formarlo dentro de las más nobles cualidades, no sólo desde el punto de vista intelectual, sino también, y sobre todo, en el aspecto cívico y, muy particularmente, en el del patriotismo.
José Martí ingresó en septiembre de 1867 al colegio San Pablo, así llamado por Mendive en clara alusión al “apóstol de las gentes”, el que con mayor tesón continuó las enseñanzas de Jesús, y como homenaje y continuidad a El Salvador, fundado por José de la Luz y Caballero, de quien había sido discípulo.
En octubre del mismo año el colegio se incorporó al Instituto
de Segunda Enseñanza de La Habana, centro donde recibió clases
de Anselmo Suárez Romero, José Ignacio Rodríguez y Antonio
Zambrana Vázquez, entre otras luminarias de la docencia y la cultura
nacional.
Inmerso en sus estudios de Bachillerato, evaluado con las más altas
calificaciones en asignaturas tan diversas como Geometría y Geografía,
Gramática Castellana y Gramática Latina, multipremiado por el
desarrollo de “La teoría de los quebrados”, por su disertación
acerca de la tesis “El verbo sum nos da la teoría de la conjugación
de todos los verbos latinos”, por el análisis de la proposición
“Teoría y clasificación de las figuras de dicción.
Si son necesarias y en caso de serlo determinar cuáles son esos casos”,
así como su intento por traducir del inglés al español
la obra Hamlet, o su fugaz paso por la Escuela San Alejandro, donde tomó
algunas clases de dibujo, lo sorprendió el levantamiento de Carlos
Manuel de Céspedes en La Demajagua.
Nunca le pesó a don Mariano, insistía Quesada, el haber depositado en Rafael María de Mendive la confianza de educar a su hijo, pero a partir del 10 de octubre de 1868 vislumbró con claridad que, si bien el muchacho se había encaminado a nutrirse de un caudal de los más exquisitos conocimientos académicos, también, y con mayor intensidad, se había abocado a un hervidero político, donde Cuba era mucho más que el país adonde llegaron sus progenitores, españoles inmigrantes, y mucho más que la tierra que lo vio nacer. Porque fue precisamente en el aula y en las tertulias en la casa de su mentor, donde descubrió José Martí a Cuba como la PATRIA, y donde se comprometió a luchar por su libertad por encima de cualquier obstáculo.
Pronto su presentimiento de padre se haría realidad: días antes de cumplir los dieciséis años, ya estaba el primogénito rebelde involucrado en “asuntos revoltosos”… pero a evocar esa parte de la historia me dedicaré en próximas páginas.
Lic. Norma Normand Cabrera
9 de octubre de 2009
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
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