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Evocación del Doctor Gonzalo de Quesada y Miranda #1

Lic. Norma Normand Cabrera

“… mira que si muriendo tu voz escucho,
puede después de muerto que te responda,
puede después de muerto que te responda…”
RECLAMO MÍSTICO, Miguel Matamoros.

Tal vez por la cercanía del 10 de Octubre, fecha que los cubanos escribimos con mayúscula, pues mayúsculo es su significado, o porque por estos días releo La Edad de Oro después de concluir Enfermedades de José Martí, del Dr. Ricardo Hodelín Tablada, ocurre que mi pensamiento escapa tras la sombra de otro maestro, el mío, el Doctor Gonzalo de Quesada y Miranda, hijo de Gonzalo de Quesada y Aróstegui, el amigo, el colaborador, el albacea literario…, o mejor: el discípulo predilecto de José Martí, como él siempre prefería llamar a su padre.

Llegué al Doctor Quesada, al que en lo adelante, para abreviar, me referiré como Quesada, prescindiendo del título -lo que nunca hice en mi trato hacia él, aun con la confianza y empatía que llegamos a tenernos-, por una convocatoria para el Seminario Martiano, curso libre que dictaba una vez a la semana, y durante varios meses, en la Fragua Martiana, erigida en el cruce de las calles Príncipe y Hospital, sobre los restos de la cantera de San Lázaro del Presidio Departamental de La Habana, donde fue recluido Martí, recién cumplidos los diecisiete años, bajo la acusación de infidencia.

Era a mediados de 1973, yo ejercía como profesora de Historia en un Instituto de Idiomas, mas mi asignatura era poco favorecida, pues era parte de las casi huérfanas “materias relacionadas”, hecho hasta cierto punto comprensible si se tiene en cuenta las horas que los estudiantes debían (y tenían) que dedicar al aprendizaje de un idioma extranjero, y con la intensidad y profundidad que allí se hacía. Pero para nada me quejo: mis alumnos, la mayoría contemporáneos conmigo, se interesaban por mis clases, rendían muy buenos exámenes, en fin, no me sentí nunca marginada ni menospreciada por ellos, muy por el contrario, con el paso de los años me los encuentro, donde quiera que estén, y sentimos de manera recíproca el afecto y el cariño que juntos labramos. En aquel entonces, como la superación profesional no estaba en los planes, sino que era de libre arbitrio, y como yo tampoco había terminado mi carrera universitaria (eso tuvo que esperar varios años, por razones personales, muy vinculadas a mi condición de esposa y madre), pero no quería quedarme atrás en mis estudios, acudí a la matrícula del Seminario Martiano: con ello también me acercaría más a esa persona querida y entrañable para mí, y para casi todos los niños de mi generación, el Apóstol José Martí, al que empezamos a conocer en los actos cívicos de la escuela primaria, donde cada viernes, sin fallar, se recitaba alguna de sus poesías (yo misma recité muchas, me las sabía todas de memoria). A medida que fuimos creciendo, supimos más sobre ese hombre, enlutado perenne por Cuba, profundizamos en su pensamiento y en su empeño por legarnos una Patria libre, y entonces lo amamos con mayor devoción todavía.

¡Qué bueno para mí, qué oportunidad la de recibir de primera mano, de una autoridad como Quesada, enseñanzas sobre el Maestro! En esos momentos mi único propósito era asistir al curso para aprender de la Vida y Obra de José Martí, que así se llamaba, si no recuerdo mal.

¡Cuántas sorpresas me esperaban, sin embargo, cuántos descubrimientos! Con razón presagia un proverbio chino: “Nadie sabe el pasado que le espera”.

Hoy, bajo el influjo del 10 de Octubre, mi mente canturrea desde temprano Reclamo Místico, una de mis canciones preferidas, y siento, por esas cosas inexplicables de la vida, que mi viejo maestro Quesada reclama mis recuerdos, me pide que cuente algunas de sus historias, relatadas más en privado que en las propias clases, aunque en ellas contaba y decía mucho, muchísimo, acerca del patriota, del humano, del genuino José Martí. Porque Quesada era un investigador empedernido de la obra martiana, sí, pero sabía por su padre esas otras anécdotas que se quedan en el entorno familiar, como las preferencias de Martí, sus tribulaciones cotidianas, y hasta los avatares de su vida íntima, pasando por la sospecha de terceros acerca de si María Mantilla sería su hija, sospecha que dejó de serlo para Quesada en 1953, cuando María vino a Cuba y le contó la verdad.

Y ese estribillo, “...mira que si muriendo tu voz escucho, puede después de muerto que te responda”, me da por pensar que me lo repite, porque le debo a su memoria, a su afecto, a su confianza, hacer públicas estas conversaciones, que parecían siempre no tener para cuándo acabar, y que él estaría dispuesto, estoy segura, a compartir con todos: así los traeré de vuelta a ambos...

Lic. Norma Normand Cabrera
9 de octubre de 2009

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