Martí en el horizonte, (cont.)
Alerta Martí, que destino le toca al hombre sumiso, al que, “hace de manso buey”. Este no evoluciona porque su servilismo, lo retrotrae de nuevo a su estado inicial. “Buey vuelve a ser”. Sin embargo, y en contra posición, el valiente, el que lucha y se sacrifica, es decir, el que “la estrella sin temor se ciñe/ como que crea crece”. Y nos dice también todos los riesgos y vicisitudes que le asisten al hombre que sale en busca de la luz. Incluso, huyen de él, como si fuera un “monstruo de crímenes cargados”. Y en un acto más que reflexivo, diría yo heroico, nos teje con sabia maestría, la escena del calvario y la crucifixión de Cristo, desde el Huerto hasta el Gólgota, cuando en estado contemplativo, evoca. “Todo el que lleva luz se queda sólo”. Pero esta soledad era también la suya, la que a duras penas iba arrastrando en su peregrinar, por las calles de algunos pueblos de España, o Nueva York, entre los hombres de la emigración y los agentes de espionajes norteamericanos y españoles, los cuales, apenas le dejaban tiempo para ver la luz.
El poema sigue entretejiendo y denunciando los horrores y las miserias humanas; empujadas por esos a los que él llamaba, “sietemesinos”; pero que como también formaban parte de los suyos, él no les dejaría solos perdidos en sus equivocaciones. Por eso hace esta magistral invocación que lo corona y lo convierte a un tiempo, en el genio que era. –“Dame el yugo, OH mi madre, de manera/Que puesto en él de pie, luzca en mi frente/ mejor la estrella que ilumina y mata”. Ante el desplante y las adversidades, el genio no se arredra, todo lo contrario, se crece.
Martí, que conocía profundamente el teatro y la distribución de los actos en la escena; actor él, en medio del drama, con las fuerzas quebradas, pero latentes y vivas, se asoma al proscenio y enfila hacia los espectadores. Luego, sin hacer mutis, se coloca entre las bambalinas. Tenía el mundo por telón y las circunstancias como espectadores. Sabía que la estrella del buen designio, no hay que buscarla en el cielo, sino en el corazón de cada hombre, desde allí, siempre estará brillando para premiar el sacrificio, cuando el precio es la libertad y la justicia.
Cambia de rumbo sin detenerse; no tenía tiempo que perder. Le buscaban aquí y allá, le perseguían. Su voz y sus cantos, livianos como el aire, se iban haciendo cargas. Y él, como en serio o jugando dejaba en claro quien era y cuales eran sus modos.
Yo vengo de todas partes
Y a hacia todas partes voy.
Artes soy entre las artes,
En los montes, monte soy.
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
