José Martí: un pobre de la tierra, (cont.)
Amó a España, ya dije, pero se vio envuelto en la disyuntiva de elegir entre madre y amante: o Cuba o España, y los españoles no le dejaron otra opción que salir pluma en ristre, a la defensa de la madre patria, que con el tiempo, sus deseos y sueños de promisión, llegó a ocupar toda la parte sur del continente que él llamó, cariñosamente, Nuestra América.
La primera estancia española de Martí, fue de 1857-1859. De esta época se conservan muy pocos datos. Se sabe que su familia viaja a la península, porque como el propio Martí dice “eran muy pobres”, y al Don Mariano, su padre, quedarse sin empleo y teniendo otras bocas más que alimentar, alega estar enfermo y quiere ponerle remedios a sus males fuera de la Isla. Parece ser que acá las cosas no les fueron mejores, por lo que retornan de nuevo a La Habana. Para entonces el niño ha cumplido seis años. Con esa edad ya tiene que ayudar en los quehaceres de casa.
La estreches económica y el poco interés que ponía su padre para que su hijo estudiara, no fueron óbices para que este saliera hacia delante. Martí, era un superdotado; algo así como un genio. Su inteligencia, su poder de organización y análisis lo convierten en un ser especial. Fue un iluminador iluminado, de ahí que haya pasado a la historia, no sólo de Cuba y de América, sino de todo el mundo como: héroe, maestro, apóstol, redentor, santo y otros calificativos que hablan de quien fue y aún sigue siendo, un ejemplo a imitar entre los grandes hombres que ha dado la humanidad. Brillo en todo lo que hizo y pensó y ese brillo ha quedado como corolario, en las innumerables páginas de su obra.
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
