
Prof. Egberto Almenas
Al umbral del siglo veinte Brasil aún luchaba por integrarse de cara a los últimos avances de la era moderna. “¡Qué el brasileño sea cien por cien brasileño!”, fustigaba Mário de Andrade, entonces la voz más influyente de la palestra modernista allí. —“¡Nacionalicemos una nación que aún carece de características nacionales!” Parecería lógico que los llamados a semejante redondeo acudieran a la obra de José Martí, uno de los forjadores y teóricos más portentosos de la unión y la modernidad en Nuestra América. ¿Pero acaso el Héroe de Dos Ríos, en la ocasión más oportuna, no se había pronunciado con cierta cautela en torno a los destinos del brasileño?
Rodolfo Sarracino atribuye el retraimiento martiano respecto a Brasil a una discreción diplomática.(1) Los brasileños al mando dictatorial de Floriano Peixoto, “el Mariscal de Hierro”, se hallaban a la sazón enfrascados con la ayuda aviesa de los estadounidenses en una disputa territorial contra los argentinos. Como delegado por el Uruguay en la Conferencia Monetaria Internacional celebrada en Washington en 1891, Martí debía asegurarse “la confianza y el apoyo de Argentina sin suscitar el antagonismo de Brasil” justo en el momento de las preparaciones para la Guerra de Independencia de Cuba y Puerto Rico —guerra perentoria por cuanto afianzaría también el “equilibrio universal”.(2)
Pero en aquella guerra cayó Martí, y se impuso el desequilibrio que aún acrece contra la unidad y modernización del pueblo entero comprendido desde el Bravo hasta la Patagonia. Si bien el revolucionario antillano había logrado desenmarañar en un plan de conjunto las “condiciones múltiples y confusas” de las cuales todavía se ceban los ganadores, faltaba para sortearlas una mejor esencia constitutiva en las municiones de los que perdieron. ¿Cómo podrían entonces esencializarse en la concepción martiana los “alardes y vagidos” donde además confluían en borboteo varias tradiciones desencontradas?(3) ¿Qué magnetismo de fuerza nunca antes ejercida podría imantar el hemisferio suramericano contra una desunión, ya inminente, que lo alejaba aún más de sí y de lo moderno?
La respuesta martiana consistió en prever el apremio de un crecimiento modular, desde adentro hacia fuera, en el que la modernización de la Patria Grande, a fin de ser verdaderamente útil y libertadora, debía asumirse con “antejuicio suficiente” a modo de un contrapeso definitorio. La idea fraterniza con lo que José Ortega y Gasset llamaba “estímulos funcionales”: la nación requiere, “para no debilitarse, de la fuerza contraria, de la dispersión, del impulso centrífugo, perviviente en los grupos. Sin este estimulante, la cohesión se atrofia, la unidad nacional se disuelve, las partes se despegan, flotan aisladas y tienen que volver a vivir cada una como un todo independiente”.(4) “El apego hidalgo a lo pasado”, advertía por su parte Martí, “cierra el paso al anhelo apostólico de lo porvenir”.
Nuestra América salva hoy los elementos desheredados por las antiguas metrópolis sin menoscabar o rendirse por entero a los más selectos de todo el mundo. “Yo no mudo el alma”, decía asimismo Martí, “sino que la voy enriqueciendo con cuanto veo de grande y hermoso, y cuanto obliga mi gratitud”.(5) Lo que la crítica posmoderna descubre a medio ganchete y con más de un siglo de retraso es el mecanismo de contrapeso que agilizaba Martí. Bien que los brasileños en específico debieron crear en las intersecciones conflictivas de su cultura un espacio intermedio, o un “entre-lugar” casi imperceptible(6), pero de ahí han seguido innovando una articulación según los “estímulos funcionales” más adecuados a su sentido de unidad. Por ello la histórica celebración en São Paolo de la Semana del Arte Moderno en 1922, cuya experimentación vanguardista se inspiraba en la europea, se hizo coincidir con las fiestas del centenario de la independencia patria.
Con todo, todavía urge conquistar la “segunda independencia”(7) por la cual en verdad murió Martí en la manigua. Para él todos los patriotas debían abocarse a convertir a la Humanidad en la Patria única, la cual trajinará siempre fragmentada en tanto quede una al dominio de otra(8). “¡Qué el ser humano sea cien por cien humano!”, ha de ser el grito de guerra. —“¡Humanicemos a una humanidad que aún carece de características humanas!”
No fueron los posmodernos los primeros en desvirtuar el humanismo. En los Estados Unidos ya se recodificaba formalmente el término en 1877 para difamar en público a Félix Adler, el corajudo fundador en Nueva York de la Sociedad de Cultura Ética y del primer kindergarten allí para los niños pobres. Por su “actitud peligrosa” el reformador social y aliado “del valor supremo de la persona” debió abandonar su plaza como profesor en la universidad de Cornell. Después de restituir su cátedra en la de Columbia, decía como si se retratase él mismo que pocos amurallados en los apacibles recintos del saber estaban dispuestos a salir y batallarse contra las mentes más hostiles. Aunque desistió emplear un concepto de acción civil ya envenenado de mala fe, esgrimió razones radicalmente “humanas” al oponerse contra el expansionismo tras el cual Estados Unidos les arrebataría la independencia a Cuba y a Puerto Rico en 1898. “Ningún grupo por sí solo”, sostuvo, “puede reclamar superioridad institucional y de estilo de vida sobre otro.”(9)
Hoy la globalización neoliberal auspicia y se sirve de la relatividad infecunda en que se hunden las pompas académicas con el fin de inclinar a su favor el platillo de las ganancias. Mientras recobran vuelo las “condiciones múltiples y confusas” de la llamada nueva era posmoderna, es ya de conocimiento común que sólo en Brasil cerca de la mitad de su población vivía hasta poco sumida en la pobreza. Con ser una de las naciones más grandes e industrializadas, y una de las más ricas en la inmensa variedad de sus recursos naturales, desde 1990 su índice de malnutrición infantil se redoblaba con celeridad alarmante. Tras las más recientes mejoras y promesas de desarrollo con la colaboración de países “no tradicionales”, el imperio “tradicional” del capital, con los pelos erizados, se enmascara de bienhechor y pretende mitigarle de tal suerte los resguardos humanísticos de la verdadera independencia, “de la humanidad más cercana a nosotros”. Ahora falta que toda Nuestra América sea, con “antejuicio suficiente”, el cien por cien humana. No mudar el alma en el intento, pero sí enriquecerla a contrapeso hasta la infinidad con cuanto nos agrande, nos hermosee y nos libere de veras.
Notas
1. Sarracino, Rodolfo. <http:// www. casadelasamericas. com/publicaciones/ revistacasa/229/sarracino.htm> [“Martí, el equilibrio universal y la unidad latinoamericana”, Casa de las Américas, 229 (octubre 2002) : 44-57.]
2. Véase además, Julio Le Riverend, “El historicismo martiano en la idea del equilibrio del mundo”, en José Martí: pensamiento y acción. La Habana: Editorial Política, 1982, pp. 97-122.
3. Todas las citas de Martí hasta aquí provienen de sus Obras completas. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1975, t. 21, pp. 163-64.
4. José Ortega y Gasset, España invertebrada: Bosquejo de algunos pensamientos históricos [1921]. Madrid: Espasa-Calpe, Colección Austral, 1972, p. 37.
5. José Martí, Obras completas, op. cit., t. 3, p. 210.
6. Véase el tomo de Silviano Santiago editado por Ana Lúcia Gazzola, The Space In-Between: Essays on Latin American Culture. Trad. de Tom Burns, Ana Lúcia Gazzola, y Gareth Williams. Durham: Duke University Press, 2002.
7. José Martí, Obras completas, op. cit., t. 6, p. 46.
8. Cintio Vitier aclara: “La concepción martiana de que la patria es humanidad debe tratarse en toda su extensión y magnitud. La patria no es toda la humanidad, sino la parte de la humanidad más cercana a nosotros […]. Es un sentimiento universal porque toda la humanidad así lo desea.” Citado por Randy Saborit Mora, en“El ‘último enero’ de Martí”, <http://mesadetrabajo.blogia.com/2007/061803-el-ultimo-enero-de-marti.php.>
9. He refundido aquí datos de varias fuentes pasivas tomadas del Internet acerca de la obra de Félix Adler.
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
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