Artículos de Arte

La figura de José Martí en la plástica y la crítica de los años 80 y 90 en Cuba por Jorge Camacho, Universidad de Carolina del Sur, Columbia, SC. . (cont.)

y por otro lado, busca desacralizar su figura dejando entrever la distorsión mediática que ha sufrido su imagen. En resumen, la pintura se abre a la poliglosia y multiplicidad del mercado, donde siempre hay algo para todo el mundo.

Una foto de Martí parecería servirle de referencia al su cuadro. Esta aparece en su iconografía, y es muy diferente a las otras fotos que se conocen de él. En esta, Martí sostiene a su hijo en los brazos, y la cámara descubre un rostro risueño y casi de pícaro.

La deformación de la imagen y la simultaneidad van a ser pues dos códigos semiológicos importantes a la hora de leer las representaciones de Martí en la joven plástica cubana. El primero aparece en retratos donde el rostro es casi irreconocible. Además del de Sandra Ceballos están dentro de esta categoría los de Rubén Rodríguez El maestro y Ezequiel Suárez sin título ambos de 1995. El otro grupo como en el caso de Aguilera superpone dos espacios simbólicos con un fin desestabilizador. El primero cuestiona la esencia de la representación mientras que el segundo abre la imagen a diferentes lecturas contextuales. El primero abunda en los retratos mientras que el otro prevalece en la unión de dos o más figuras en el mismo contexto. Tres ejemplos de estos últimos son el cuadro de Sandra Ramos mi ángel (1995), el de Aimé García sin título (1995) y No tiene el leopardo su abrigo de Maria Antonia Riera. En ellos al código de la simultaneidad se suma el código simbólico, que ha sido la forma tradicional en que se ha representado el héroe desde su muerte.

En el primero Martí se le aparece en forma de ángel a una pionera que lo saluda patrióticamente. La pionera es presumiblemente la propia pintora, de ahí que la representación asuma un significado personal: “mi ángel”. La aparición etérea del héroe durante la noche parece casi una obsesión. Es significativo la monumentalidad de esta imagen con relación a la de la niña, lo cual despoja al héroe de su naturaleza humana para dotarlo de las cualidades de “superhombre”. En el cuadro de Sandra Ramos aparece pues no Martí sino su espíritu que ha encarnado en otros símbolos bien reconocibles para el infante: la patria y la bandera nacional. La pionera saluda al ángel y a Martí a un mismo tiempo. Rinde tributo a la bandera y al héroe con la misma forma marcial de los juramentos.

Pero si las representaciones de Aguilar, Ceballos y Ramos se fundamentan sobre la imagen política, la figura de Martí que retrata Aimé García va a ser muy diferente. Esta artista se lanzará a una búsqueda simbólica del escritor que entra de lleno en las ficciones historiográficas del XIX. Su pintura pone a dialogar dos emblemas, Martí y la esfinge, cara a cara, ambos inmóviles y atentos en un gesto donde uno más que preguntar o responderle al otro parece ser un reflejo del otro, y ambos un enigma para el espectador.

La representación está ubicada en un cuarto, ambientado según la estética fin de siglo; la misma que aparece en los prerrafaelitas, los decadentistas y los simbolistas franceses. En ellos abundan las grandes cortinas, y los manteles de una tela rica y fina. Resulta curioso observar que en la extensa iconografía de Martí solo existe un cuadro similar a este, que sin embargo,

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Martí y su hijo Pepito,
1879

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"Mi Ángel" , 1995 por Sandra Ramos
“Mi Ángel”, 1995
por Sandra Ramos

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