Artículos de Arte

La figura de José Martí en la plástica y la crítica de los años 80 y 90 en Cuba por Jorge Camacho, Universidad de Carolina del Sur, Columbia, SC. (cont.)

de esperpento, una imagen deformada que como en las figuras de Valle Inclán se asemeja a esos personajes de principios de siglo reflejados en un cristal cóncavo. Esta deformidad hace que el rostro del héroe tome una forma casi violenta, sugerido en las líneas de los ojos y en sus pupilas hechas con rasgos agresivos. Sin embargo, una segunda mirada al cuadro puede detectar un mapa sui-generis de obsesiones e ideologías y un intento de englobar a Martí dentro de un paisaje que trasciende la isla.

Cuba y América, la isla y el continente son dos obsesiones que aparecen de forma insistente en el discurso independentista de Martí y en la retórica revolucionaria y ambas aparecen reconciliadas en este cuadro. Cuba estaría representada por el ojo del héroe, alargado y cóncavo, formando junto con la nariz la parte más oriental de la isla. La isla está en el ojo rojo y negro, en lo que equivale a decir, en sus preocupaciones. De esta ubicación podemos seguir infiriendo que la marca que hace el cabello alrededor del rostro representa el Golfo de México, con la patilla, que no tenía Martí, representando la península de Yucatán. Casi en medio de la frente estaría la península de la Florida que por alguna razón la pintora ha achicado al extremo hasta hacerla casi desaparecer.

La alegoría del rostro del héroe se completa con la forma triangular de la cara, recurrente en algunos de sus autorretratos, en especial el que sirve de logotipo al Centro de Estudios Martianos. Esta forma triangular de la cabeza, con una base achicada en el mentón y amplia base en la frente, sirve de ejemplo también al cuadro de Sandra Ramos y de Reinerio, donde aparece un Martí abriéndose el vientre, enseñando las vísceras y el corazón de forma semejante a los cuadros del “sagrado corazón de Jesús” que todavía hay en algunas casas cubanas. El rostro, hecho así, aspira a representar a través de una posible asociación frenológica la inteligencia de Martí que sería proporcional al tamaño de su celebro. Este es un rasgo simbólico propio del siglo XIX y principios del XX que solo el culto a su figura ha perpetuado. En el caso de Ceballo esta forma triangular coincide además con la forma del continente suramericano al extremo que el mentón termina en punta como la tierra del fuego. De ahí que el título del cuadro sea tan significativo e intente abarcarlo todo. Este Martí intenta ser todo, un “absoluto”.

Su rostro queda entonces reconstruido partiendo de mapas tan imaginarios como simbólicos, que intentan reflejar su “latinoamericanismo” y convierten “nuestra América” en una especie de fisonomía imborrable. Con ello, la pintora continua una de las líneas de apropiación más significativas de la figura de Martí, tanto en la República como durante la revolución: la recepción política del héroe, el sueño bolivariano de una misma patria, y una misma ideología para todos.

No obstante, su matiz desacralizador es importante resaltarlo. Su cuadro muestra a través de la ficción un espacio de irreverencia según las formas tradicionales de representar al héroe, que lo hacen un personaje esperpéntico, deforme, y casi demoníaco. La representación queda construida pues sobre un doble código semiológico. Por un lado apela a un publico que buscan los códigos ideólogos tradicionales en su obra

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"Me duele Cuba", 1995
Por Reinerio Tamayo

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